| Mi padre murió el día
que yo cumplí siete años y medio. Estaba sentado junto
a mí en el salón repasando las esquelas del periódico.
Le gustaba hacerlo después de comer, mientras yo leía
la sección de deportes sentado a sus pies. Era verano, una
de esas tardes de mierda en mitad de agosto, en Madrid. En el edificio
no había nadie, todos se habían ido de vacaciones
a la playa o al pueblo. Nosotros no teníamos dinero y toda
mi familia era de Madrid, así que bajábamos la persiana
y nos quedábamos en casa todas las vacaciones. Para mí,
aquellas semanas encerrado, en penumbra, aislado del resto del mundo,
era una suerte de espionaje que aportaba misterio a cada rincón
de la casa. No debía pensar lo mismo mi padre que leyó:
- Ceferino Menéndez Apio. Cuarenta y cuatro años.
Hay que joderse. Mi edad.
- Por desgracia no eras tú – mi madre estaba sentada
en el taburete blanco de la cocina, descansando después de
haber fregado los platos de la comida. Allí le gustaba relajarse
con unos tragos de aguardiente. A veces, esos tragos se prolongaban
hasta la noche y, entonces, mi padre decía:
- Hoy cenamos fruta.
Cuando escuchó las palabras de mi madre, vocales arrastradas,
consonantes derribadas, mi padre dejó caer el periódico,
se levantó, me dio un beso en la frente y se fue.
No volvimos a verle.
Durante el resto de la semana, yo cené fruta y mi madre aguardiente.
A los diez días, sonó el timbre. Era Mariflor, la
vecina del quinto, para preguntarnos qué tal lo habíamos
pasado en las vacaciones y contarnos lo que habían hecho
ellos en Torrevieja.
-No ha estado mal, hip – dijo mi madre – aunque Julián
ha muerto.
- ¿Cómo dices?
- Sí, se lo llevó una ola, en Torremolinos. Pero lo
superaremos, ¿verdad cariño?
Mi madre me dio un beso en la frente. Un beso arrastrado y derribado.
Aquel día cenamos tortilla de patata.
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