| Hace un año tuve una de esas
fiebres primaverales que te doblegan durante una tarde, te aíslan
del mundo, te rompen.
Cuando desperté, al día siguiente, la fiebre se había
disipado como un sueño pero dejó algo en mi interior:
una historia.
Esa misma noche comencé a escribir de manera compulsiva y
así estuve durante varios meses hasta que, un buen día,
la inspiración murió.
Me quedé seco y tuve que dejarlo. Comencé otra novela
que ya he terminado y tengo ahora en el cajón, recién
hecha, preparada para vagar por los departamentos de lectura de
algunas editoriales.
Así pues, la semana pasada volví a retomar la historia
concebida aquella noche febril de hace un año, pero no he
conseguido escribir ni una sola letra más.
Aquí me he quedado:
“El número doce de la calle Laight era un edificio
de piedra roja garabateado de grietas verticales y que rodeaban
dos solares con carteles en los que se anunciaba la puesta en marcha
de nuevas construcciones. Era una isla de amplios ventanales con
moldes blancos, cinco pisos de altura y un cierto aire de desubicación
en el tiempo, entre la majestuosidad y la decadencia. Preston llamó
al timbre de uno de esos apartamentos y una voz atiplada de hombre
masculló una pregunta al otro lado, seguramente con la boca
llena de comida o torpeza. Preguntó por Marianne Clarke y
el interlocutor terminó de masticar antes de decir:
- Ahora mismo.
Unos segundos después una voz grave de mujer, que también
batía la mandíbula y cuya boca albergaba algo más
que aire y palabras, le hizo tres o cuatro preguntas que Preston
contestó con la misma pereza que se rellena un formulario.
Finalmente, tras un par de bocados, se decidió a abrir la
puerta. “
Hasta ahí he llegado.
¿Qué dices?
¿Puedes ayudarme?”
|