| A pesar de su puesto como viceconsejero
económico de aquella (esa/esta) empresa de telecomunicaciones,
Óscar sigue recordando cada vez que se asoma al ventanal
de su despacho aquella tarde de verano a mitad de primavera en un
parque hace años sepultado por aquel (ese/este) edificio
de oficinas cuando tuvo la oportunidad de conseguir las caderas
de Sole, aquella tarde de primavera en mitad de verano (ya no lo
recuerda muy bien) que entre los dos bancos forrados de cáscaras
de pipas y envoltorios de chicles disputaba uno de esos partidos
de fútbol que parecían, como esta frase, no acabar
nunca porque, aunque el sol se postrara tras los edificios de ladrillo
cara vista, cemento y suspiros, surgía entonces la luz pálida
de unas farolas interminables que alumbraban las copas de los árboles
mecidas al viento seco de aquella noche de otoño con cara
de primavera y también el balón desvencijado, los
jirones esféricos de sueños pateados y el pecho volcánico
de Sole que masticaba tres Boomer a la vez mientras observaba como
los muchachos del barrio se desesperaban por llamar su atención
tal y como consiguió El Vasco cuando, de tacón, coló
el balón de cuero ya sin piel entre las piernas de Óscar
y las patas del banco ante la sonrisa de Sole que escupió
la última pipa y con los labios arrugados por la sal y el
frío de aquella noche de otoño en mitad del invierno
besó los labios euskaldunes para que Óscar comprendiera
cómo ya nada volvería a ser lo mismo y que, como esta
frase, aquel primer punto de inflexión de su vida era ya,
en realidad, un punto y aparte.
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