| Cualquier excusa sirve para postergar
el sueño: una visita al baño, al grifo o la nevera,
un ronquido de Juan, el ruido del camión de la basura. Son
las siete y media y el murmullo de la ducha en la que su marido
se limpia las pesadillas le recuerda su infancia en Oviedo. La lluvia
espejando la ciudad, las huellas de la prisa en las aceras. Piensa
que su ángel no se asomará nunca a una de esas ventanas
de la casa de sus padres, una casa que ya no existe, una ciudad
que ya no le pertenece.
Cesa el rumor del agua y el silencio la asusta. Se levanta y se
asoma a la cuna donde su ángel duerme sueños que no
recordará. Han pasado ya treinta días pero Marta siente
que aún está dentro de ella, que el lazo umbilical
aún les mantiene unidos. Posa la mano sobre el pecho suave:
desde el primer día teme esa muerte súbita de la que
tanto ha leído en "Padres de hoy".
Juan entra en la habitación, ya con el traje impecable, la
piel del cuello irritada por el afeitado y la sonrisa fresca de
esta mañana de primavera. La besa y besa a su ángel
que abre la mano como si tratara de asir al padre que se escapa.
Marta oye la puerta cerrarse y se recuesta en la silla tapada por
una manta de cuadros, al lado de su ángel. El calor la adormece
en el instante en que su ángel se mueve levemente bajo la
ropa de cama, lo justo para que su carita azulee y vuelva al lugar
en el que todos estuvimos una vez antes de nacer.
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