| EL
TELEMOMENTAZO |
| Uno que no hemos podido
ver, por desgracia. Pero que ya es más que
un rumor: Gabilondo entrando en
el despacho de los directivos de Cuatro con este
ultimátum: “O sube la audiencia de
mi informativo o me voy. Yo ya no estoy para hacer
ridículos profesionales”. Y no deben
de tener muy claro en la cadena de Prisa que puedan
superar el 5% de media porque, a juzgar por los
confidenciales de Internet, ya tendrían sustituta:
Àngels Barceló. |
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Hace mucho tiempo, en una televisión muy, muy lejana,
ya se hablaba de la lucha entre el Imperio y la República.
Esa dialéctica que ha marcado la cultura de masas de una manera
sólo comparable a la de la resistencia frente al nazismo no
es nueva. No llega con Star Wars. Se fragua en el Imperio
Romano hace más de dos mil años, y Yo Claudio -la
serie que produjo la británica BBC a finales de los años
setenta- es la crónica fiel de esa transición, del momento
en el que Roma decide confiar su suerte a un Imperio autoritario pero
capaz de ofrecer mayor seguridad que una República menos personalista
pero también más débil e inestable.
Ya ven, veinte siglos de Historia y seguimos en las mismas... Es
una de las lecciones de esta serie que, para mí, supone una
especie de viaje a la semilla. Me explico. El primer recuerdo que
tengo de la televisión es un sonido de gritos aterradores
que llegaba hasta mi habitación en penumbra desde el salón
de la casa de mis padres. Eran los gritos que profería Drusila,
la esposa de Calígula –al tiempo que
su hermana- cuando el monstruoso emperador asesinaba al niño
que esperaban abriéndole la barriga con un cuchillo. Imaginen
mi cara de terror en ese momento. Ni el cartel censurado de Holocausto
caníbal me produjo tanto escalofrío durante mi infancia.
Mi madre me había prohibido ver esos capítulos porque
“hijo, lo que hace Calígula es sólo para mayores”,
me dijo. Y, la verdad, con esas palabras y con esos alaridos yo
ya no necesité nunca más al hombre del saco ni al
monstruo de las galletas ni a Jiménez Losantos para morirme
de miedo… Después he vuelto a ver Yo Claudio varias
veces y siempre, cuando llegan los episodios de Calígula,
siento una especie de terror visceral arraigado en el subconsciente.
Por eso y por muchas otras cosas adoro esta serie. También
el libro en el que se basa, de Robert Graves, que
tiene una primera frase tan brillante como el “¿Encontraría
a la Maga?” de Rayuela: “Augusto dominaba el mundo pero
Livia dominaba a Augusto”. ¿Se puede comenzar mejor
una historia?
Puede que algunos modernos digan que no es más que teatro
en televisión realizado con oficio. O que ha envejecido mal.
Sí y no. Claro que es teatro televisado, pero si eso es un
defecto en este caso se convierte en virtud. Primero, porque ayuda
a subrayar lo más notable del producto: el texto y las interpretaciones
de los actores. Y, segundo, porque, es de una modernidad insólita
confiar todo el peso expresivo de la historia a los actores, al
texto y al vestuario. Coppola, por cierto, ya lo
quiso hacer con su Drácula y no le dejaron.
Si quieren ver a la mejor generación inglesa de actores
en acción, con Derek Jacobi a la cabeza;
si desean aprender inglés con el acento británico
de más alcurnia; si les apetece averiguar cómo serían
Las amistades peligrosas con el trasfondo de la Roma imperial y
con una Livia que hace parecer al vizconde de Valmont
un lindo gatito, entonces vean Yo Claudio. Está
en oferta en todas las grandes superficies. Cuesta menos que El
último samurai y no produce úlcera de estómago.
Así que… Salud y República.
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