Madrid, miércoles 30 de noviembre de 2005

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Flores de otra época: Yo, Claudio
EL TELEMOMENTAZO
Uno que no hemos podido ver, por desgracia. Pero que ya es más que un rumor: Gabilondo entrando en el despacho de los directivos de Cuatro con este ultimátum: “O sube la audiencia de mi informativo o me voy. Yo ya no estoy para hacer ridículos profesionales”. Y no deben de tener muy claro en la cadena de Prisa que puedan superar el 5% de media porque, a juzgar por los confidenciales de Internet, ya tendrían sustituta: Àngels Barceló.
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Hace mucho tiempo, en una televisión muy, muy lejana, ya se hablaba de la lucha entre el Imperio y la República. Esa dialéctica que ha marcado la cultura de masas de una manera sólo comparable a la de la resistencia frente al nazismo no es nueva. No llega con Star Wars. Se fragua en el Imperio Romano hace más de dos mil años, y Yo Claudio -la serie que produjo la británica BBC a finales de los años setenta- es la crónica fiel de esa transición, del momento en el que Roma decide confiar su suerte a un Imperio autoritario pero capaz de ofrecer mayor seguridad que una República menos personalista pero también más débil e inestable.

Ya ven, veinte siglos de Historia y seguimos en las mismas... Es una de las lecciones de esta serie que, para mí, supone una especie de viaje a la semilla. Me explico. El primer recuerdo que tengo de la televisión es un sonido de gritos aterradores que llegaba hasta mi habitación en penumbra desde el salón de la casa de mis padres. Eran los gritos que profería Drusila, la esposa de Calígula –al tiempo que su hermana- cuando el monstruoso emperador asesinaba al niño que esperaban abriéndole la barriga con un cuchillo. Imaginen mi cara de terror en ese momento. Ni el cartel censurado de Holocausto caníbal me produjo tanto escalofrío durante mi infancia.

Mi madre me había prohibido ver esos capítulos porque “hijo, lo que hace Calígula es sólo para mayores”, me dijo. Y, la verdad, con esas palabras y con esos alaridos yo ya no necesité nunca más al hombre del saco ni al monstruo de las galletas ni a Jiménez Losantos para morirme de miedo… Después he vuelto a ver Yo Claudio varias veces y siempre, cuando llegan los episodios de Calígula, siento una especie de terror visceral arraigado en el subconsciente. Por eso y por muchas otras cosas adoro esta serie. También el libro en el que se basa, de Robert Graves, que tiene una primera frase tan brillante como el “¿Encontraría a la Maga?” de Rayuela: “Augusto dominaba el mundo pero Livia dominaba a Augusto”. ¿Se puede comenzar mejor una historia?

Puede que algunos modernos digan que no es más que teatro en televisión realizado con oficio. O que ha envejecido mal. Sí y no. Claro que es teatro televisado, pero si eso es un defecto en este caso se convierte en virtud. Primero, porque ayuda a subrayar lo más notable del producto: el texto y las interpretaciones de los actores. Y, segundo, porque, es de una modernidad insólita confiar todo el peso expresivo de la historia a los actores, al texto y al vestuario. Coppola, por cierto, ya lo quiso hacer con su Drácula y no le dejaron.

Si quieren ver a la mejor generación inglesa de actores en acción, con Derek Jacobi a la cabeza; si desean aprender inglés con el acento británico de más alcurnia; si les apetece averiguar cómo serían Las amistades peligrosas con el trasfondo de la Roma imperial y con una Livia que hace parecer al vizconde de Valmont un lindo gatito, entonces vean Yo Claudio. Está en oferta en todas las grandes superficies. Cuesta menos que El último samurai y no produce úlcera de estómago. Así que… Salud y República.

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