Enciendo la televisión y veo a un presidente de los Estados
Unidos culto, amante de los libros antiguos y que trabaja de sol a
sol; a un jefe del Estado Mayor que apuesta por la moderación
y por las respuestas proporcionadas ante las agresiones externas;
a un jefe de personal y principal asesor del presidente, una especie
de Karl Rove en sus mejores tiempos, que le espeta
textualmente: “Si quiere imponer sus ideas por la fuerza en
el planeta, puede hacerlo. Tiene la fuerza necesaria. Pero tendrá
que matar a todo el mundo”. Sigo sin pestañear las andanzas
de un equipo que compensa su falta de experiencia con ilusión
y con ganas de cambiar las cosas. Aquí el vicepresidente recibe
órdenes del presidente; las petroleras y la Asociación
Nacional del Rifle sufren las decisiones del gobierno, no las dictan;
no aparecen perros por ningún lado y la Primera Dama es una
mujer hermosa, elegante y con una sonrisa de lo más natural.
En definitiva, El ala oeste de la Casa Blanca es, a día
de hoy, la mejor serie de ciencia ficción que se emite.
Y, sin embargo, me la creo toda. La historia que cuenta no es cierta,
por desgracia, pero podría serlo. Es verosímil, hay
algo en ella que nos hace pensar que realmente nos hemos metido
en la cocina del Imperio. Vaya, como si de repente hubiéramos
llegado a uno de esos universos paralelos de la teoría de
fractales. El responsable se llama Aaron Sorkin,
un guionista joven que, antes de esta serie, había dado muestras
de académica corrección en Algunos hombres buenos,
pero también de sentimentalismo ñoño en El
presidente y Miss Wade. Él firma todos y cada uno de
los capítulos de las tres primeras temporadas, las más
brillantes sin duda. Si no leyéramos su biografía,
creeríamos que ha trabajado en la Casa Blanca o que, como
mínimo, ha sido corresponsal político de The Washington
Post o de The New York Times. Pero no. Sorkin siempre
se ha movido en el teatro, en el cine o en la televisión.
Su serie, sin embargo, entusiasma precisamente a estos dos colectivos
sobre todo: a los políticos y a los periodistas. Entre los
primeros, han manifestado públicamente su admiración
desde los conservadores Luis Herrero, del PP, o
el flamante líder de los tories, David Cameron,
hasta el mismísimo equipo de Moncloa, que, en un arrebato
de deliro tan entrañable como patético, confesó
a varios periodistas sentirse el alter ego de CJ, Sam y compañía.
En cuanto a los plumillas –como nos llaman “cariñosamente”
los técnicos-, El ala oeste de la Casa Blanca ha
llenado páginas más allá de la sección
de televisión, lo que ya tiene mérito. Casi todos
los amigos que tengo licenciados en periodismo la siguen con adicción.
Y creo que es esa mezcla de recreación creíble a la
vez que idealizada de la política y del periodismo –además,
por supuesto, de las fantásticas interpretaciones de todo
el reparto- lo que ha hecho de esta serie una de las más
premiadas, prestigiosas y populares de los últimos tiempos.
Va a resultar que sí, que otro mundo es posible, al menos
en televisión… |