Madrid, miércoles 11 de enero de 2006

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El ala oeste del Edén
Ay, si este equipo pilotara el Imperio… La tercera temporada de El ala oeste de la Casa Blanca se emite en AXN, los sábados a las 19:45 horas.
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Enciendo la televisión y veo a un presidente de los Estados Unidos culto, amante de los libros antiguos y que trabaja de sol a sol; a un jefe del Estado Mayor que apuesta por la moderación y por las respuestas proporcionadas ante las agresiones externas; a un jefe de personal y principal asesor del presidente, una especie de Karl Rove en sus mejores tiempos, que le espeta textualmente: “Si quiere imponer sus ideas por la fuerza en el planeta, puede hacerlo. Tiene la fuerza necesaria. Pero tendrá que matar a todo el mundo”. Sigo sin pestañear las andanzas de un equipo que compensa su falta de experiencia con ilusión y con ganas de cambiar las cosas. Aquí el vicepresidente recibe órdenes del presidente; las petroleras y la Asociación Nacional del Rifle sufren las decisiones del gobierno, no las dictan; no aparecen perros por ningún lado y la Primera Dama es una mujer hermosa, elegante y con una sonrisa de lo más natural. En definitiva, El ala oeste de la Casa Blanca es, a día de hoy, la mejor serie de ciencia ficción que se emite.

Y, sin embargo, me la creo toda. La historia que cuenta no es cierta, por desgracia, pero podría serlo. Es verosímil, hay algo en ella que nos hace pensar que realmente nos hemos metido en la cocina del Imperio. Vaya, como si de repente hubiéramos llegado a uno de esos universos paralelos de la teoría de fractales. El responsable se llama Aaron Sorkin, un guionista joven que, antes de esta serie, había dado muestras de académica corrección en Algunos hombres buenos, pero también de sentimentalismo ñoño en El presidente y Miss Wade. Él firma todos y cada uno de los capítulos de las tres primeras temporadas, las más brillantes sin duda. Si no leyéramos su biografía, creeríamos que ha trabajado en la Casa Blanca o que, como mínimo, ha sido corresponsal político de The Washington Post o de The New York Times. Pero no. Sorkin siempre se ha movido en el teatro, en el cine o en la televisión.

Su serie, sin embargo, entusiasma precisamente a estos dos colectivos sobre todo: a los políticos y a los periodistas. Entre los primeros, han manifestado públicamente su admiración desde los conservadores Luis Herrero, del PP, o el flamante líder de los tories, David Cameron, hasta el mismísimo equipo de Moncloa, que, en un arrebato de deliro tan entrañable como patético, confesó a varios periodistas sentirse el alter ego de CJ, Sam y compañía. En cuanto a los plumillas –como nos llaman “cariñosamente” los técnicos-, El ala oeste de la Casa Blanca ha llenado páginas más allá de la sección de televisión, lo que ya tiene mérito. Casi todos los amigos que tengo licenciados en periodismo la siguen con adicción. Y creo que es esa mezcla de recreación creíble a la vez que idealizada de la política y del periodismo –además, por supuesto, de las fantásticas interpretaciones de todo el reparto- lo que ha hecho de esta serie una de las más premiadas, prestigiosas y populares de los últimos tiempos. Va a resultar que sí, que otro mundo es posible, al menos en televisión…

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