A ver si me explico. Porque, desde lo de las viñetas de Mahoma,
hablar de humor se ha vuelto algo demasiado serio. Por partes. Me
encantan los chistes burros, ácidos, vitriólicos…
Creo que aplicar la corrección política al humor es
un error que puede conducir a la censura y que a veces conviene reírse
no sólo con la gente sino de la gente, porque si esperamos
a que determinadas personas acepten reírse de sí mismas
podemos morirnos en el intento. No debe, ni mucho menos, haber temas
tabúes en el humor, y desde luego podemos permitirnos licencias
en este terreno que en cualquier otro resultarían abusivas
y de mal gusto. Estoy convencido de que el nivel de tolerancia de
una sociedad hacia lo que se puede hacer y decir en el humor es el
mejor termómetro de su salud democrática. Bien. Todo
esto es cierto. Pero, dicho lo cual… Maldita la gracia que tienen
algunos chistes que he oído últimamente en televisión.
Vamos a verlo con ejemplos. Siete vidas, una serie ejemplar,
modélica en su manera de tratar el humor corrosivo puede
clavar un chiste bestia -Eso es destrozar un papel y no lo de Liberto
Rabal, le dice Sergio a Diana al verla romper un folio- o cruzar
la raya que separa la burrada del mal gusto –Cambiar de sexo
no basta para mejorar como actriz, si no que se lo digan a Antonia
San Juan, le espeta Sole a Diana-. También Vaya
semanita, el programa de humor de la ETB, puede salirse con
su parodia musical de las conversaciones entre ETA y el PSOE –más
que un etarra, eres un vasco diferente… canta el dirigente
socialista con los acordes del Juntos de Paloma San Basilio-
o ser bastante grosero con un sketch en el que la familia postiza
de un enfermo terminal celebra con una cuenta atrás sus últimos
cinco minutos de vida.
Otros programas son, directamente, especialistas en mal gusto.
Homo zapping suele recurrir a los defectos físicos
para hacer burla de las personas. El cuello de Pedro Erquicia,
por ejemplo, le sirve para reírse no sólo de él,
sino por extensión de todos los cuellicortos. Puede uno meterse
con Erquicia, claro que sí. Está en un lugar público
y expuesto por tanto a la crítica o a la parodia despiadada.
Pero no está en su sueldo la obligación de que se
haga mofa de algo de lo que no es responsable. Lo del Tomate y sus
concursos para elegir miss y mister feo no tiene nombre. Y la defensa
de su mal gusto produce más sonrojo todavía. ¿Cómo
que los concursantes saben a lo que se exponen cuando participan
en un concurso de belleza? ¿Desde cuándo existe el
derecho a insultar a alguien? Porque ridiculizar a una persona resaltando
sus atributos físicos deformes o sus rasgos faciales supuestamente
poco agraciados no es humor. Es desfachatez, matonismo de la peor
calaña… y se huele a la legua.
La prueba del algodón es muy sencilla. La detección
del mal gusto salta enseguida porque desde niños nuestras
madres nos han metido en la cabeza que no está bien reírse
de la gente porque lleve gafas, porque esté gorda o porque
tenga granos. Y, desde luego, tampoco hacer burla de aquellos rasgos
de su personalidad por los que sufra marginación o desprecio.
Riámonos si queremos de un negro, de un judío, de
un musulmán… Pero no de los negros, de los judíos
o de los musulmanes. Porque al reírnos de ellos, en el fondo,
estamos llorando por nosotros.
|