Madrid, miércoles 19 de abril de 2006

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Maldita la gracia


Humor bestia con gracia… y sin ella.
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A ver si me explico. Porque, desde lo de las viñetas de Mahoma, hablar de humor se ha vuelto algo demasiado serio. Por partes. Me encantan los chistes burros, ácidos, vitriólicos… Creo que aplicar la corrección política al humor es un error que puede conducir a la censura y que a veces conviene reírse no sólo con la gente sino de la gente, porque si esperamos a que determinadas personas acepten reírse de sí mismas podemos morirnos en el intento. No debe, ni mucho menos, haber temas tabúes en el humor, y desde luego podemos permitirnos licencias en este terreno que en cualquier otro resultarían abusivas y de mal gusto. Estoy convencido de que el nivel de tolerancia de una sociedad hacia lo que se puede hacer y decir en el humor es el mejor termómetro de su salud democrática. Bien. Todo esto es cierto. Pero, dicho lo cual… Maldita la gracia que tienen algunos chistes que he oído últimamente en televisión.

Vamos a verlo con ejemplos. Siete vidas, una serie ejemplar, modélica en su manera de tratar el humor corrosivo puede clavar un chiste bestia -Eso es destrozar un papel y no lo de Liberto Rabal, le dice Sergio a Diana al verla romper un folio- o cruzar la raya que separa la burrada del mal gusto –Cambiar de sexo no basta para mejorar como actriz, si no que se lo digan a Antonia San Juan, le espeta Sole a Diana-. También Vaya semanita, el programa de humor de la ETB, puede salirse con su parodia musical de las conversaciones entre ETA y el PSOE –más que un etarra, eres un vasco diferente… canta el dirigente socialista con los acordes del Juntos de Paloma San Basilio- o ser bastante grosero con un sketch en el que la familia postiza de un enfermo terminal celebra con una cuenta atrás sus últimos cinco minutos de vida.

Otros programas son, directamente, especialistas en mal gusto. Homo zapping suele recurrir a los defectos físicos para hacer burla de las personas. El cuello de Pedro Erquicia, por ejemplo, le sirve para reírse no sólo de él, sino por extensión de todos los cuellicortos. Puede uno meterse con Erquicia, claro que sí. Está en un lugar público y expuesto por tanto a la crítica o a la parodia despiadada. Pero no está en su sueldo la obligación de que se haga mofa de algo de lo que no es responsable. Lo del Tomate y sus concursos para elegir miss y mister feo no tiene nombre. Y la defensa de su mal gusto produce más sonrojo todavía. ¿Cómo que los concursantes saben a lo que se exponen cuando participan en un concurso de belleza? ¿Desde cuándo existe el derecho a insultar a alguien? Porque ridiculizar a una persona resaltando sus atributos físicos deformes o sus rasgos faciales supuestamente poco agraciados no es humor. Es desfachatez, matonismo de la peor calaña… y se huele a la legua.

La prueba del algodón es muy sencilla. La detección del mal gusto salta enseguida porque desde niños nuestras madres nos han metido en la cabeza que no está bien reírse de la gente porque lleve gafas, porque esté gorda o porque tenga granos. Y, desde luego, tampoco hacer burla de aquellos rasgos de su personalidad por los que sufra marginación o desprecio. Riámonos si queremos de un negro, de un judío, de un musulmán… Pero no de los negros, de los judíos o de los musulmanes. Porque al reírnos de ellos, en el fondo, estamos llorando por nosotros.

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