¿Es posible dedicarse al periodismo de televisión y
no ser, al mismo tiempo, un egocéntrico vanidoso, un histérico
perfeccionista obsesionado con el autocontrol de las emociones o un
friki que oculta su complejo de inferioridad bajo una capa de
altivez y de menosprecio a los demás?
La flor catódica de esta semana es, en realidad, cinematográfica.
Pero se ha ganado un hueco en la sección por reflejar mejor
que cualquier producto televisivo -salvo, quizás, el
Sports night de Aaron Sorkin- la trastienda
de un informativo. Broadcast news, que aquí se tradujo
como Al filo de la noticia, es precisamente la historia
de esos tres seres tan poco recomendables de los que acabo de hablar:
un egocéntrico, una histérica y un pedante. Podría
haber sido un buen drama pero, como ocurre siempre en la comedia,
basta con alejarse un poco, tomar perspectiva y… Voilá,
reirse de todo.
Han pasado veinte años desde que se estrenó la película
e incluso en lo de las carreras de infarto por los pasillos las
cosas siguen prácticamente igual. Es cierto que ahora se
corre para digitalizar las imágenes de una cinta en vez de
para llevarla a emisión, pero se corre. Se sigue uno fijando
en la cara con la que el presentador recoge tu vídeo y, por
supuesto, montando teorías paranoicas sobre lo que ha podido
significar “ese rictus tan extraño”… Continuamos
denunciando lo poco que se valora nuestro espléndido trabajo
y lo mucho que se premia el del redactor manipulador e ignorante
de al lado. A día de hoy, sigue sin haber un colectivo que
dé tanto el coñazo con su trabajo a los amigos de
fuera del medio –por otra parte tan escasos- como el nuestro.
No hay gremio dispuesto a que le chorree la adrenalina por las orejas
diez horas al día, o doce si hace falta, con menos reparos
que éste. En definitiva, no hay grupo de personas con menos
sentido de grupo. Seguimos confundiendo el trabajo con la vida.
Un buen trabajo, para nosotros, es siempre un triunfo personal.
Y, por supuesto, tendemos a mezclar las relaciones sentimentales
y las laborales. Imagínense… Si la escena más
romántica de la película es ésa en la que el
personaje de Holly Hunter -realizadora- le confiesa
al de William Hurt –presentador- lo unida,
sincronizada y compenetrada que se ha sentido con él mientras…
¡¡¡le hablaba por el pinga!!!, que es -por cierto-
el aparatito que usan para comunicarse en directo el realizador
de un programa y el presentador.
Aún hay quien sería capaz, como Tom Grunick,
de provocarse las lágrimas y meterlas como inserto en una
entrevista con una mujer maltratada. Nuestro organismo sigue expulsando
litros de sudor -como Aaron Altman cuando presenta
su primer informativo- cada vez que nos dan una oportunidad, como
si fuera la última. Continuamos siendo incapaces de vivir
con nuestro trabajo, pero tampoco sin él. Todavía
hoy, qué quieren que les diga, seguimos siendo los seres
más despreciables e indefensos del planeta…
Vean esta película y nos odiarán, pero también
nos querrán, un poquito más. Ah, y en cuanto a la
pregunta del principio… ¡¡¡¿¿¿Es
que siempre tengo que ser yo, con el poco tiempo de que dispongo,
el que les dé respuesta a todo, so mentecatos???!!!
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