Web oficial del Festival Internacional de Benicàssim 2004
BACKSTAGE
La actualidad del Festival de Benicàssim 2004.

10.8.2004
A ras de cielo
Por Jesús Lillo (ABC).


Brian Wilson llegó, se sentó frente al piano y tocó.
Hay canciones que se sirven crudas, como las de Wire; canciones funcionales, como las de Dandy Warhols; canciones con las que contener la respiración fuera del agua, como las de Lambchop; canciones que son flotadores hinchados con gas de anestesia dental, como las de Spiritualized; canciones concentradas y espesas como el helado antes de cuajar, como las de Grupo Salvaje; canciones con las que reiniciar el programa de la «new wave», como las de Franz Ferdinand; canciones que no lo son, como las de Chemical Brothers, y, muy por encima del resto, cerca del cielo, las canciones de Brian Wilson, alma y reliquia de los Beach Boys.

Muchos y notables huéspedes, clase turista superior, acudieron a la jornada final del décimo FIB, en cuya planta noble se alojaron, a muy pocos metros del cielo, Arthur Lee y Brian Wilson. Habitación doble en el Hotel California (año 1967). El primero llegó a Benicasim para interpretar «Forever Changes», glorioso y casi intocable trozo de psicodelia caramelizada que Lee, en lamentable estado de forma y ánimo, no sólo lamió, sino que contaminó con aliento enfermo. Sus músicos le quitaron la guitarra de las manos para evitar males mayores, pero, condescendientes, le permitieron seguir en pie y demoler, frente al horror de miles de espectadores, una obra que no merecía semejante puesta en escena. Quizás un álbum de los Sex Pistols admita lecturas pasadas de rosca, pero no «Forever Changes». No de esa manera y después de tantos años de espera y veneración.

Las camisetas oficiales del anciano Brian Wilson anunciaban desde días atrás la representación de «Smile», el disco que los Beach Boys, en el pulso creativo que mantuvieron con los Beatles, nunca llegaron a grabar y del que, desde hace casi cuarenta años, circulan por ahí maquetas y piezas sueltas. Pero no fue «Smile», del que sólo sonaron sus fragmentos más conocidos -«Good Vibrations» y «Heroes And Villains»-, lo que brotó del escenario principal del FIB, sino los grandes éxitos de la banda californiana, recreados por un espléndido conjunto de instrumentistas y vocalistas que, a siete voces, corearon himnos como «Barbara Ann», «Surfin´USA» o «California Girls». Hasta los fieles del sermón de la montaña -multitud que cada año sigue los conciertos, gratis total, desde una ladera anexa al recinto del FIB- llegó, nítida y alegre, clara y salada, la espuma de las olas que soplaba Wilson.

Sentado, casi inmóvil, oculto por un teclado y dos pantallas en las que leía la letra de sus propios clásicos, el viejo compositor dirigió una función similar, sólo en aspecto, a la de una orquesta de segunda fila, de las que amenizan las cenas en la cubierta de un crucero avejentado. Cada espectador soñaba su canción favorita y la banda lo interpretaba... Todas eran de los Beach Boys. Todas eran de Brian Wilson. Y él estaba allí, con su camisa oscura de palmeras, el estampado de una de las mejores telas de la historia de la música, para sonreír. Dentro y fuera de «Smile».

Viaje de placer con mar de fondo. Bandera roja en la playa. Rompiendo la engañosa y hechicera frivolidad del concierto, surgieron tres monumentales y complejísimas piezas de ingeniería pop, las dos antes citadas, procedentes del álbum perdido de los californianos, y «God Only Knows», de «Pet Sounds».

Arte en movimiento y sin dirección, traducido en edificios cuyos planos fueron trazados en partituras de fantasía por un genio visionario y que, cuatro décadas después de su concepción, siguen sorprendiendo a quienes se aproximan a contemplar sus cimientos de cristal de azúcar. Brian Wilson, en el tejado de su obra, agarrado a una antena que recibe las vibraciones de otro mundo, volvió a tocar el cielo con la yema de los dedos mientras su grupo le susurraba al oído viejas canciones de surf. Todos a sus pies.
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Mayo 2004

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Junio de 2004


"3.650 días", fotoclip de los 10 años, en la FNAC

“3.650 días” y “El ritual de Benicàssim” son dos clips audiovisuales que se acercan a la historia, por un lado, y al comportamiento social, por otro, del FIB. Puedes verlo en:

8.7.2004
Alicante
FNAC Bulevar 19:00 horas

11.7.2004
Madrid
FNAC Callao 19:00 horas

12.7.2004
Zaragoza
FNAC Plaza de España
19:00 horas

14.7.2004
Barcelona
FNAC Diagonal Mar
19:00 horas

16.7.2004
Marbella
FNAC La Cañada
20:00 horas

17.7.2004
Valencia
FNAC San Agustín
19:00 horas

23.7.2004
Asturias
FNAC Principado
20:00 horas
 
Los Planetas, número 1 en singles

"Y Además es Imposible" el nuevo single de Los Planetas se ha colado en la semana del 3-10 julio en el número 1 de la lista AFYVE de singles, entre los éxitos de la temporada.
10.8.2004
Brian Wilson empapa el FIB 2004 de felicidad

Por Nando Cruz y Rafael Tapounet (El Periódico).

Franz Ferdinand, el delirio con un solo disco.
"Y ahora, la gran canción de la noche", anunció Brian Wilson con la naturalidad del un niño más educado. Era God only knows. Ninguno de las más de 30.000 personas que, según la organización, pasaron el domingo por el recinto del Festival Internacional de Benicàssim podría negárselo. Para muchos es la mejor canción de la historia del pop y su compositor la interpretó en la jornada de clausura del FIB 2004. ¿Existe mejor forma de celebrar un décimo aniversario?

Tras el tibio prólogo del jueves, el clásico guión del viernes y la amarga decepción que supuso la suspensión, el sábado, del concierto de Morrissey, el festival recuperó el domingo todo su esplendor con el programa más completo del FIB 2004, varias actuaciones históricas y tres nombres propios con los que tomar el pulso al pasado, presente y futuro de la música. El pasado más glorioso, qué duda cabe, es Brian Wilson. El presente, The Chemical Brothers, que cuentan sus visitas a Benicàssim por victorias. Y el futuro, Franz Ferdinand: con solo un disco ya son capaces de desatar el delirio colectivo.

"Amor y compasión es lo que necesitamos esta noche", canta Brian Wilson en Love and mercy. El domingo no la interpretó. Y tampoco quiso reivindicar la enloquecedora complejidad de Pet sounds y Smile, así que optó por un repertorio de amor y surf, dos medicinas típicas de la costa y el verano. Sentado ante el piano, como un teletubbie recién salido del letargo, se dejó guiar por su espléndida banda de acompañamiento, coló alguna canción de su discreto nuevo disco y empapó de inocente euforia californiana a miles de fibers.

La media hora final, con una batería de hits de la época más playera de los Beach Boys --Help me Rhonda, Barbara Ann, Fun fun fun, Surfin' USA...--, fue una fulminante inyección de felicidad colectiva. Sólo había que alzar la vista para ver miles y miles de personas con una expresión de gozo que no les cabía en la cara. Brian Wilson había logrado su propósito: arrancar una sonrisa más al mundo sólo con su música.

El mérito fue aún mayor si lo comparamos con el desastroso concierto de su coetáneo Arthur Lee. Minutos antes, el líder de Love tenía que recrear la psicodélica dulzura de su disco más clásico, Forever changes, pero la noticia de la muerte de Rick James lo dejó para el arrastre. Salió con visibles problemas de habla, así que lo de cantar, ni probarlo. Entre la borrachera, la tristeza y los sonoros abucheos del público, Lee decidió abandonar el escenario, pero le aconsejaron aguantar y acabar el concierto. Pocos se quedaron.

Entre uno y otro, los ingleses Wire demostraron que el problema de las giras de regreso no está en la edad. Ellos ni siquiera necesitan echar mano de su leyenda para firmar la actuación más rotunda de la jornada. No hay nada más duro, simple, seco, estridente y demoledor que un concierto suyo. Ni siquiera la fresca energía de Franz Ferdinand podría derrotarlos. Pero, ojo, los escoceses siguen cuesta arriba y se hace difícil intuir su techo. Hace medio año no eran nada. El domingo protagonizaron otra apoteósica actuación, la más intensa e incendiaria que se recuerda a un grupo debutante. El FIB se les quedaba pequeño.

Y qué decir de The Chemical Brothers. El festival es medio suyo y su puesta en escena, la más infalible de la música electrónica. Son al techno lo que AC/DC al rock: una máquina implacable. Remataron el show, el festival y al público con sus ritmos gordos y sus excesos de psicodelia bruta. En los bises contaron con Tim Burgess, de The Charlatans, uno de tantos músicos que viene a tocar a Benicàssim y luego no quiere irse.

Ni uno solo de los miles de espectadores que el 20 de junio de 1980 asistieron en Madrid al concierto de Lou Reed en el campo de fútbol del Moscardó olvidará aquella noche. Tras interpretar seis canciones, el hombre de la cara de palo recibió el impacto de un objeto y desapareció con un mosqueo de talla XL. Su mánager trató de convencerle de que volviera a salir, pero Reed dijo que nones. Sintiéndose estafado, el público invadió el escenario, causó numerosos destrozos y robó el equipo de sonido. Era la España de la UCD y el Habla, pueblo, habla. Otra época. Otro país.
El sábado, mister Nueva York dio toda una lección de profesionalidad en el festival de Benicàssim. La estrella de la noche, sin embargo, era Morrissey, el único nombre de todo el cartel (quizá con la salvedad de Brian Wilson) capaz de llevar por sí solo gente a la Costa del Azahar, puesto que a su condición de artista de culto unía el aliciente de haber ofrecido un solo concierto en España en los más de 15 años que dura ya su carrera en solitario.

La prima donna de Manchester dio plantón a última hora alegando problemas técnicos en su avión y el público, en lugar de prender fuego al Escenario Verde como habrían hecho los vikingos del campo del Moscardó, soltó algunos gritos de desahogo y unas lágrimas de decepción. Y punto. Hoy en día, las protestas están muy mal consideradas y son cosa de okupas y gente que no ve la tele. A la pasividad ante el abuso la llamamos civismo. Así nos va.
10.8.2004
Brian Wilson revive el espíritu de los Beach Boys en la clausura del FIB 2004

Por Ramón Surio (La Vanguardia)

Love, el tambaleante Arthur Lee en acción.
Aún con luz diurna, el mítico Brian Wilson acudió puntual a su cita con el FIB, arropado por diez excelentes músicos, entre ellos, tres guitarristas. Era el último concierto de la apretada gira europea de presentación del disco Smile, el eslabón perdido de su época psicodélica.
Parecía imposible que tan legendario autor, con fobia a los escenarios, recuperase su buen estado de forma llegado a los 60 años. Pero el otrora taciturno y huraño individuo se ha convertido en un hombre feliz que parece volver a disfrutar como un adolescente recreando sus antiguas melodías.

Tocaron las canciones de Smile y también otras de su nuevo disco además de un buen puñado de clásicos, entre los que no faltó Good Vibrations, de la época de oro de The Beach Boys, para delirio de los fibers, en el que fue un verdadero festín de armonías vocales y barroquismo pop. Para muchos el concierto de Wilson fue el gran momento de este festival, dedicado en buena parte a celebrar el rock por medio de sus clásicos.

El momento más triste de la décima edición del Festival Internacional de Benicàssim (FIB) se dio durante la actuación del tambaleante Arthur Lee al frente de unos remozados Love. Apenas podía moverse y balbucear palabra en lo que tenía todos los visos de ser una intoxicación etílica. En esas circunstancias la reproducción de su mítico Forever changes fue un dramático desaguisado que se acentuaría por la crueldad de un público que no tuvo piedad, se rió de su estado y lo abucheó.

Deprimidos, lo abandonamos a su suerte no sin pensar que el título de aquel gran disco habría de hacer reflexionar, cara a futuras ediciones, a los responsables del FIB, quienes no pueden dormirse en los laureles ni olvidar la necesidad de renovarse. Lo decimos porque el festival –que han marcado este año los éxitos de Lou Reed y Brian Wilson, y por la caída de cartel de Morrissey– ha pecado de un exceso de conformidad, abusando de los clásicos y también de los repetidores, como The Chemical Brothers, encargados de cerrar el escenario principal con su infalible y colorista espectáculo tecnodélico. Ellos son lo que Jeff Mills para el Sónar: un amuleto de la suerte.

Después de la feliz y desbordante actuación de Brian Wilson, recuperando Smile y los felices himnos surf de The Beach Boys, poco pudieron hacer sus sucesores en el Escenario Verde para superarlo. Los escoceses Franz Ferdinand demostraron tener agallas y un repertorio lleno de canciones con afiladas guitarras y un concepto rítmico que en ocasiones recuerda al de Talking Heads. Spiritualized, en cambio, cada vez parecen más perdidos en la liturgia de sus ensoñaciones lisérgicas, y a The Dandy Warhols hay muchos momentos en que no se sabe por dónde cogerlos. Puestas así las cosas las únicas sorpresas hubo que buscarlas en los escenarios adyacentes. De hecho, se trató de constatar que el grupo Lambchop se halla cada vez más seguro y crecido alterando registros country-folk de cámara con arrebatos rockeros y terciopelo soul. También quedó claro con Wire que para ser un auténtico punk no hacen falta imperdibles ni ninguna clase de los estereotipos del género, sólo un sonido que provoque miedo. La única gran sorpresa de la última noche del FIB fue la impactante actuación del grupo neoyorquino LCD Soundsystem, que lidera James Murphy. Su demoledor punk-funk, formado por un corpus de sincopadas y epilépticas canciones que se inspiran en James Chance y también en grupos como Suicide o Gun Club, sigue la estela y no tiene nada que envidiar a la propuesta del grupo !!!, la gran revelación del pasado Primavera Sound. Como ellos, LCD Soundsystem son capaces de construir un universo propio lleno de trance percutivo, tecno tribal, beats hiper funkies y paroxismo guitarrístico; un pelotazo rítmico que se concretará en un primer álbum, a fin de año.

Teniendo en cuenta que la consumición más habitual del usuario del festival son unos enormes tanques, perdón, vasos, de cerveza de un litro, que se beben de manera individual o sentados en numerosos corros de amigos sobre una alfombra de verde césped que acaba por convertirse en machacada y reseca paja, no es descabellada la idea de que Benicàssim se ha convertido en un evento en el que la cultura del botellón se plantea a nivel de gran parque temático, con guardas oteando, desde sendas torres estratégicamente situadas, para evitar que nadie se cuele en la fiesta indie sin pasar por caja. Pero la benévola orografía permite que muchos puedan ver por la cara las actuaciones del escenario principal, sentados cómodamente en la ladera de la montaña que delimita la parte trasera del gran patio escolar que es el FIB, como las que tuvieron lugar el lunes en una fiesta de despedida encabezada por el dúo belga 2 Many DJ's, el único que puede alardear de haber participado esta temporada en los tres grandes festivales nacionales, a saber, el Primavera Sound, el Sónar y el FIB.
9.8.2004
Despedida con glamour
Por Francisco Chacón (El Mundo).

Dandy Warhols, despejaron las dudas.

Cuerpos al límite para despedir el maremágnum de rock y electrónica que ha vuelto a inundar la
localidad castellonense. ¿Quién sería el rey de la última noche (mejor dicho, madrugada), con miles de fans a medio camino entre el agotamiento y el deseo de exprimir el jugo musical hasta el fondo? Los Dandy Warhols despejaron inmediatamente las dudas. El rock con glamour del grupo estadounidense se impuso a pesar de que su estilizado líder, Courtney Taylor, estuvo a punto de asesinar al micrófono, que no terminaba de funcionar correctamente. Y no ha sido, ni mucho menos, el único problema técnico suscitado este año, por lo que resulta obvio que la organización debería tomar buena nota de ello.

Los Warhols son la banda norteamiercana con un sonido más descaradamente británico. Proceden de Portland (Oregón), aquella ciudad en la que River Phoenix sufría la enfermedad del sueño en la película Mi Idaho privado, de Gus van Sant. Pero muy bien podrían haber salido de los clubes más modernos de Manchester o Glasgow porque las gotas de sofisticación que asoman bajo su psicodelia pop resultan más bien marcianas a la sombra de Seattle.

Taylor domina la escena y sabe que el concierto va a alcanzar su clímax cuando acometa los acordes de Bohemian like you, la canción que los lanzó internacionalmente al ser seleccionada por una firma de telefonía móvil como sintonía de uno de sus anuncios publicitarios. Y efectivamnete ocurre. el público se olvida del cansancio para saltar mientras corea ese estribillo contagioso y el riff de guitarra se eleva hasta el desenfreno. También piezas como We used to be friends o If you were the last junkie on earth consiguen arrastrar a los fibers. Avanza así el recorrido por su brillante discofragfía, que tien muy difícil superar el nivel de su último disco, Welcome to the monkey house.

Un compañero generacional de Courtney Taylor se encumbró asimismo al altar de la gloria. Hablamos del intelectual Kurt Wagner, líder de los envolventes Lambchop, una banda de Wasingontn que aspira a irritar a los inquilinos de la Casa Blanca no con un rock dmeoledor sino con la poesía sutil y los mensajes directos al subconsciente.

Lambchop ya no es aquella formación que deconstruye el country hasta extremos irreconocibles. Sus atmósferas han crecido, se han enriquecido. Y Wagner se ha ganado el respeto de la intelligentsia musical de ambos lados del Atlántico. El piano cobra un gran protagonismo en un itinerario que pone los pelos de punta con sus emociones indisimuladas. Su despedida fue sencillamente apoteósica con una versión majestuosa de This corrosion, uno de los impresionantes clásicos de The sisters of mercy (para cuándo, por cierto, la legendaria banda de Andrew Eldritch en Benicàssim).

El indisicutible talento de los debutantes Franz Ferdinand quedó igualmente al descubierto a pesar de que les tocó salir justo después del histórico Brian Wilson. El rock con actitud arty (sí, como en lo primeros días de Roxy Music) tomó de esta forma el relevo del ex cantante de los Beach Boys. Todo un regreso a la California idílica (se supone) de las chicas, las playas... y la esencia del pop-. Sus juegos vocales engancharon a unos festivaleros que, en su mayoría, no tienen edad para recordar los días en que Wilson paseaba su frescura pop en la América de los 60. Y eso que su espectáculo vocacionalmente retro, con momentos como Good vibration o Surfin USa, parece más propicio para el Casion de Marbella que le festival de la modernidad española.

La velada se cerró (y no es la primera vez en Benicàssim) con los recurrentes Chemical Brothers, ese dúo británico con más de una década de electrónica poop a sus espaldas. Arrancasron con Hey boy! Hey girl! y se lanzaron a ese infalibre repaso a sus grandes éxitos que todo el mundo aguaradba: Block rockin’ beats, Star guitar, etcétera. pero su f´romula ofrece manifiestos síntomas de anquilosameinto. Tal vez deberían mirarse menos en el espejo y estar atentos al camino que siguen sus colegas del otro lado del Canal (como diría Julian Barnes).

La compañía de discos del cantante británico Morrissey, Sanctuary Records, aseguró en un comunicado que tras la cancelación de su actuacón el pasado sábado debida a «problemas técnicos con el avión» que lo trasladaba al FIB, se ofreció a la organización tocar al día siguiente, pero ésta «no fue capaz» de encontrarle acomodo entre el cartel previsto. El recital que iba a ofrecer Morrissey el sábado en el Festival Internacional de Beicàssim fue cancelado después de que el agente del ex íder de The Smiths comunicara a la organización que los problemas técnicos del avión que lo trasladaba desde Londres a Valencia habían obligado a su regreso a la capital británica. Sin embargo, desde el FIB se aseguró ayer que estos problemas habían sido «de salud» por parte del artista. Los hermanos José y Miguel Morán manifestaron en rueda de prensa su «frustración» ante la anulación del que había sido posiblemente el concierto más esperado de este año y el más negociado de la historia del festival. el comunicado de Sanctuary Records, que apareció publicado ayer en la página web oficial de Morrissey (www.morrisseymusic.com) afirma que el motivo de la cancelación fueron los problemas técnicos con el avión que impidieron lelgar a España a la comitiva del artista. «Ofrecimos actuar el domingo y se buscaron otras conexiones aèreas, pero la organización del festival no fue capaz de acomodarnos, y nos vimos obligados a no actuar», añadía la nota. La compañía asegura que Morrissey y su banda tenían mucha ilusión por tocar en el Festival de Benicàssim y que regresarán a España «tan pronto como se acuerden las fechas necesarias».


9.8.2004
El pop de Brian Wilson marca el fin de Benicàssim
Por Luis Hidalgo (El País).

The Chemical Brothers o la noche de los zurriagazos
Brian Wilson cabalgando sobre ollas imaginarias y los Chemical Brothers soltando zurriagazos rítmicos. Dos de las caras de la postrer jornada del décimo Benicàssim, que cerró sus puertas pensando qué quiere ser de mayor. Puede mantenerse apegado a sus principios fundacionales y ser independiente y osado. También puede evolucionar y ser internacional y más grande, jugando la baza de las estrellas musicales que garanticen la vialidad económica de esta efímera ciudad del rock cuyas dimensiones ya son enormes. La primera vía le mantiene en agosto, la otra le conduce a julio. En ésas está el FIB tras cumplir 10 años. Ser o no ser.

Mientras sus rectores optan, la última jornada de su festival repitió algunas sensaciones y generó otras nuevas. Entre las primeras, ese característico olor a curry y comida vegetal que evoca agricultura y «buenrrolismo» alimenticio. Un clásico.

Entre las segundas, esa sensación de concierto verbenero que impregnó la actuación de Brian Wilson, ex cantante de los Beach Boys. Nunca antes en Benicassim el público había bailado tan suelto, moviendo los brazos en torno al cuerpo, sonriendo a sus compañeros, al aire y a las nubes, marcando pasos con los pies. Era una escena de baile antiguo, jovial, de pueblo, conseguida por quien compuso sus mejores gemas cuando la vida era tan feliz que sólo contaban las olas. Música playera al lado de la playa. Fue tan bonito que por un instante el mundo pareció maravilloso.

Da igual que Brian Wilson no esté para trotes. Salió, le sentaron frente a un teclado que no tocó, leyó todas sus letras en unos monitores emplazados frente a su cara, pareció el quinto autómata de Kraftwerk, le doblaron la voz cubriéndola en las subidas y una banda fascinante le arropó en su viaje al paraíso. Brian parecía buscarlo con una mirada errática impropia de alguien de este mundo, y de esa búsqueda brotaron canciones tiernas y alegres edificadadas mediante filigranas vocales y un elaborado trenzado instrumental. Un pedazo de historia, la de los Beach Boys, que sonaba en directo por primera vez en España. un concierto de los de antes. Un tanto del festival.

Antes de que Chemical Brothers devolviesen al público a un mundo hosco y al por mayor pasaron más cosas. Lo común a todas es que pudieron verse en las pantallas con las que cuenta cada escenario, como corresponde a un festival cque como el de Benicàssim es audiovisual.

Lo entendieron The Dandy Warhols, cuyo concierto, por instrucciones explícitas de la banda, se vio por las pantallas en blanco y negro e iluminado con estrobos. Resultó un auténtico espectáculo visual que contrastó el color de la visión ocular con los grises y blancos que ofrecían las tres pantallas del escenario principal. Convirtió en notable un concierto de frecuencia modulada para público generalista. Plásticamente irreprochable.

La inapelable colección de singles de Franz Ferdinand, una banda británica, que seguro volverá al festival; el acurrucamiento de Lambchop y de su música para almas en vilo; el enervante y crispado sonido de los rejuvenecidos Wire, unos clásciso con mucha hiel en su música; los devaneos psicotrópicos de unos Spiritualized que pusieron al público a dormir, y el techno de libro de Hawtin y Villalobos acabaron por rematar al personla.

También Arthur Lee, que completamente pasado de vueltas deparó un esperpento de actuación que no a todos los veteranos les sienta bien el paso del tiempo. Quedaban los Chemical, que llenaron su explanada de rotunidades rítmicas para bailar. Fue la rúbrica de un festival que este año ha podido atravesar su Rubicón llamando a las puertas de los clásicos.

9.8.2004
Lou Reed brilla en la noche rockera de Benicàssim
Por Víctor Lenore (La Razón).

Tiga, dj canadiense.
A las ocho de la tarde del domingo, los legendarios Love saltaban al escenario Fiberfib, totalmente rebosante de espectadores y de expectación. Arthur Lee es uno de los nombres emblemáticos de la psicodelia sesentera, coautor de esa obra maestra que es «Forever Changes» (67).

Volvieron para recordar a los más jóvenes su majestuoso repertorio, lleno de piezas mágicas. Pero su líder y cantante, Arthur Lee, único miembro original de la formación actual, daba muestras evidentes de borrachera y de dolor por la reciente muerte del músico y amigo Rick James. La preciosa «All again or», primera salva de la tarde, se mantuvo con alfileres, pero a partir de ahí comenzó una cuesta abajo en la que Lee se ensañaba con su propio material. «Ven aquí adelante, que se ve muy bien», le decía una chica a su amigo. «La verdad es que prefiero no verlo», replicaba éste.

Hubo intensos abucheos a partir de la tercera canción. Un sector del público se quedó por el morbo de contemplar un ídolo caído y la otra aguantó por respeto reverencial a un mito del pop. La buenas noticias comenzaron con Wire, una banda emblemática del postpunk, quizá el grupo más en forma entre toda la fiebre de reuniones que comenzó en los noventa. Admirados por toda la escena independiente, los británicos ofrecieron una descarga de canciones elegantes y brutales, basadas en la sencillez y la intensidad. Una lección para el rock actual repleto de propuestas previsibles e inofensivas.

Al término de su impresionante concierto, podías empalmar con el gran Brian Wilson, que bordó con un recital de menos a más en el que sonaron casi todos sus clásicos, como «Good Vibrations», «God only knows» y «Wouldn’t it be nice». Hablamos de himnos eufóricos de concordia universal, llenos de armonías y subarmonías reproducidas con eficacia por una banda de primera. Wilson se mostró de excelente humor. Su gira actual está pensada para teatros, pero la adaptó perfectamente al formato festival conquistando al público, que le aplaudió con entusiasmo. Buenas vibraciones para un feliz reencuentro con el mayor genio que ha dado la historia de la música pop.

Las otras grandes estrellas de la noche fueron Chemical Brothers, que cumplieron con un «set» que combinaba emblemáticos «hits» electrónicos («Block rockin’ beats» o «Hey boy, hey girl») con algunos más tranquilos y preciosistas (el dúo británico no es tan elemental como muchos lo pintan). Básicamente, faltó volumen, porque no es normal que a cinco metros de los altavoces la gente hablara perfectamente. En todo caso, una actuación eficiente y placentera. Entre el resto de artistas, destacó el pop romántico de Patrick Wolf, el pegadizo clasicismo mod de Franz Ferdinand (los debutantes con más tirón del festival) y el mordiente soulpunk de los neoyorquinos LCD Soundsystem (que tocaron pese a perder su equipo en un aeropuerto de Londres). El dj canadiense Tiga cerró el festival llenando la carpa Hellomoto de elegantes vibraciones pop. La organización cifró la asistencia de espectadores al festival en una media de 30.000 diarios y se especuló con un posible cambio del certamen a julio para evitar el colapso de la ciudad en el mes de agosto.

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