UN ESPECIAL DE
FALLECE LÁZARO CARRETER
Efe, 4 de marzo de 2004

La muerte de Fernando Lázaro Carreter esta madrugada ha dejado de luto a la lengua española y al sillón "R", que ocupaba en la Academia desde 1972. Pero el guardián de la palabra, el atizador de todo aquel que lanzase "dardos" contra el idioma no sólo ha dejado un hueco entre especialistas, sino entre el público en general, que leía sus artículos y libros, llenos de humor e ironía. Fernando Lázaro Carreter, que nació en Zaragoza en 1923, fue una de las personas que mejor supo ensamblar los términos sabiduría y humanidad, quizá por ese deseo constante de estar en la calle, oyendo y percibiendo las mutaciones del lenguaje, buscando constantemente la excelencia y despreciando la vulgaridad.

"Percibo que una anemia idiomática crece en los hispanohablantes hasta extremos que anuncian una nueva lengua: el guirigay", decía el pasado año, el que fue discípulo destacado de Dámaso Alonso, decano de la Facultad de Filosofía y Letras de Salamanca, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, profesor visitante en muchas universidades extranjeras y también profesor asociado de la Sorbona. Pero, además, también fue el creador de los libros de textos con los que miles de estudiantes de bachillerato se iniciaron en el conocimiento de la lengua, y en los que los chavales de 14 años aprendieron que decir "estoy pa'l arrastre", "estoy hecho polvo" o frases como "Guadalupe, escupe que t'as tragao un pelo" eran una vulgaridad y se debían evitar.

Profesiones docentes que Carreter supo combinar con su amor al periodismo, actividad en la se inició como crítico de teatro y después como articulista en numerosas publicaciones de Europa y América.

Y ello sin perder de vista su trabajo en la Academia de la Lengua, institución que Lázaro Carreter consideraba "un pilar fundamental para el entendimiento del idioma junto con la escuela, la escritura, literaria o no, y la oratoria en todas sus manifestaciones".

Entró en la Academia en 1972 y ocupó durante siete años el cargo de Director, puesto que dejó en 1998, fecha en la que ya simultaneaba sus artículos del uso de la lengua con la publicación del libro en el que reunía estos primeros artículos bajo el título "El dardo en la palabra", editado por Círculo de Lectores, un volumen que fue un verdadero éxito de ventas. Y cuyo segundo volumen, "El nuevo dardo en la palabra", que agrupaba los últimos cuatro años de artículos publicados en El País", suscitó un enorme interés y su presentación, en enero de 2003, reunió a multitud de personas, entre ellas, la ministra de Cultura, Pilar del Castillo, Víctor García de la Concha, Iñaki Gabilondo, Eduardo Haro Tecglen, Antonio Muñoz Molina, Jorge Valdano, o el periodista Lorenzo Milá, quien al finalizar el acto bromeó diciendo que tras leer 'El nuevo dardo en la palabra' "de lo único que estoy seguro que digo bien es mi nombre".

Más de veinte años de estudio del lenguaje periodístico y sus "dardos" que Lázaro Carreter reunió y publicó por primera vez en el diario vespertino "Informaciones" por invitación de su director Jesús de la Serna y que luego continuó en la Agencia Efe, cuando Luis María Ansón fue nombrado su presidente, y donde fundó el Departamento de Español Urgente.

Un amor por la palabra, que no cesaba ni por la noche, ya que debido a su insomnio, Lázaro Carreter se pasaba escuchando la radio y a sus comentaristas en vigilia, siempre observante, una circunstancia que le hacía estar al cabo de todas las tropelías que cometemos los periodistas con el lenguaje. Y que luego recogía en sus "dardos", "infracciones al sentido común" -decía- nacidos, "como un desahogo ante rasgos que deterioran nuestro sistema de comunicación, precisamente en y por los medios que de él se sirven. Por desgracia, sólo los hemos observado en España: de extender la exploración a América el panorama se extendería enormemente". Aun así, Fernando Lázaro Carreter decía que en América se hablaba mejor español que aquí, "el cuidado del idioma es allí una forma de patriotismo, tiene algo de sentimiento nacional. Aquí, no". Pero el mayor enemigo para el idioma, según Lázaro Carreter era la escuela. "La auténtica enemiga de nuestro idioma es la escuela, cuando no cumple su obligación", decía este hombre, al que se le ha olvidado, al parecer, dejar un sucesor antes de irse. ¿O será que muerto el padre tendremos que ser nuestros propios guardianes de lo que decimos y de cómo lo decimos?

MUERE LÁZARO CARRETER
Colpisa, 4 de marzo de 2004

Un fallo multiorgánico ha acabado con la vida del lingüista y ex director de la Real Academia Española (RAE), Fernando Lázaro Carreter. Había nacido en Zaragoza el 13 de abril de 1923. Tenía 80 años. El autor de 'El dardo en la palabra' -recopilación de artículos sobre el buen uso del español que con 300.000 ejemplares vendidos se convirtió en un fenómeno editorial- falleció en la madrugada de ayer miércoles en la Clínica de la Concepción de Madrid, donde fue hospitalizado días antes a causa de diversos desarreglos funcionales. Los restos del escritor y centinela de nuestra lengua serán incinerados mañana viernes, a las 13 horas, en el tanatorio Parques de la Paz, situado en la localidad madrileña de Alcobendas. Lázaro Carreter estaba casado y tenía tres hijos.

La capilla ardiente fue instalada en la sala número 12 del citado tanatorio, lugar por el que, desde primeras horas de la mañana, desfilaron numerosa personalidades del mundo de la cultura y amigos del fallecido. La ministra de Educación, Cultura y Deporte, Pilar del Castillo, destacó su "trabajo incansable para que la lengua española no se vea vapuleada por esos usos incorrectos que son tan frecuentes hoy día". Nada más conocerse la noticia, los Reyes y el príncipe Felipe enviaron al director de la RAE, Víctor García de la Concha, ya los familiares del finado sendos telegramas de condolencia. "Ha terminado mi vida pública. Me recluyo en mí mismo y no tengo nada que decir. No quiero despedidas. Me he despedido de mis compañeros y ya está. Cuando quiera decir algo, lo escribo y lo firmo. No hay que darle más vueltas a este triste momento". Con estas palabras, el ilustre lingüista decía adiós en 1998 a la Real Academia Española (RAE), institución en la que ingresó en 1972 y dirigió desde diciembre de 1991 hasta diciembre de aque año. Fiel a su vocación docente -casi todo lo que escribía y decía tenía una finalidad didáctica-, supo corregir a la comunidad hispanohablante con coscorrones llenos de sentido del humor. A diferencia de otros sabios, Lázaro Carreter no aburría. Enseñaba deleitando. Ahí radicaba su encanto y su originalidad.

Especialista en los siglos XVI, XVII y XVIII, el filólogo zaragozano hizo una labor impagable en la Docta Casa. Modernizó e informatizó la Academia con la creación de dos importantes corpus -el Corpus de Referencia del Español Actual (CREA) y el Corpus Diacrónico del Español (CORDE), con 95 y 50 millones de registros, respectivamente-. Asimismo, abrió la puerta a jóvenes creadores, como Antonio Muñoz Molina, el benjamín del vetusto caserón de la calle Felipe IV. También, durante su mandato, ingresaron dos periodistas, Juan Luis Cebrián y Luis María Anson. Por primera vez, el periodismo tenía voz y voto en la insigne casa.

Uno de sus objetivos fue acercar la Academia a la sociedad. "Nuestro trabajo no puede ser decorativo; tiene que ser útil", solía decir. La actualización y renovación de la vigésimo primera edición del diccionario de la RAE fue tan eficaz que logró unas ventas jamás soñadas: casi un millón de ejemplares. Además, dejó constituida la fundación 'Pro Academia', amparada por la Corona, y saneó la maltrecha economía de la Docta Casa. Con lo que no estaba de acuerdo era con el lema de la RAE: 'Limpia, fija y da esplendor. "Aquí no fijamos nada, porque de hacerlo nos convertiríamos en fósiles; tampoco damos esplendor, eso es labor de los escritores; lo único que busca la Academia es la unidad del idioma, pues en ese barco viajamos más de 400 millones de almas, y, cuanto más unidos permanezcamos, más fuertes seremos".

Maestro de varias generaciones de estudiantes (sus manuales de bachillerato y sus comentarios de texto han facilitado la compresión de nuestro idioma a millones de españoles), Lázaro Carreter impartió clases en la Universidad de Salamanca, en la Complutense de Madrid y en la parisina de la Sorbona. "Lo que más erosiona a la lengua son los anglicismos y las palabras extranjerizantes", pues ellas "engullen los riquísimos matices del español", sentenciaba. Entre sus estudios literarios destaca 'La vida del Buscón llamado don Pablos', un libro "delicioso de leer", recordaba esta mañana en el tanatorio el director del Instituto Nacional de la Artes Escénicas y de la Música (INAEM), Andrés Amorós.

También es autor de otros importante trabajos, como 'El habla de Magallón' (1945), 'Las ideas lingüísticas en España durante el siglo XVII' (1949), 'Diccionario de términos filológicos' (1953), 'Estudios de poética' (1976) o 'Estudios de lingüística' (1980, que le acreditan como un profundo conocedor de la lengua. De similar relevancia son sus estudios literarios, entre los que descuellan 'Significación cultural de de Feijóo' (1957), 'Moratín en su teatro' (1961), 'Menéndez Pelayo; su obra y su época literaria' (1962), 'Estilo barroco y personalidad creadora: Góngora, Quevedo, Lope de Vega (1966), 'Teatro medieval' (1969) y 'Lazarillo de Tormes en la picaresca' (1976). Fue autor de minorías hasta la eclosión, en 1997, de 'El dardo en la palabra', un auténtico fenómeno editorial que le dio a conocer entre el gran público y que le valió el premio don Juan de Borbón. Esta obra tuvo continuidad con "El nuevo dardo de la palabra" que tuvo una excelente acogida.

En la juventud cometió un pecado que tildó de "venial". Lázaro Carreter fue artífice y guionista de la película 'La ciudad no es para mí', que protagonizó con gran éxito Paco Martínez Soria. "La película tuvo y tiene muchos seguidores, pero no me siento orgulloso de mi participación; es un episodio que, si pudiera, lo borraría de mi biografía", manifestó en una entrevista. Además de Académico de la Lengua era académico correspondiente de la Academia Hondureña, de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona y de la Real Academia de Bellas y Nobles Artes de San Luis de Zaragoza. Pertenecía a la Hispanic Society of América y era presidente de honor de la Sociedad Española de Literatura General y Comparada y miembro del Colegio de Aragón.

En su larga trayectoria profesional recibió numerosos galardones. Fue Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes por el artículo 'Perdonar', publicado en el diario 'ABC' en 1996. Fue igualmente Premio de Periodismo Manuel Aznar, Premio Internacional Menéndez Pelayo y Premio Aragón de las Letras. Era doctor 'honoris causa' por las universidades de Zaragoza, Salamanca, Autónoma de Madrid, Valladolid, La Laguna, Buenos Aires, A Coruña y San Marcos. En 1999 el grupo editorial Bertelsmann creó el Premio Iberoamericano de Periodismo Fernando Lázaro Carreter con la intención de "fomentar la calidad lingüística entre los jóvenes de uno y otro lado del Atántico".

Una de sus últimas labores fue la de formar parte de un 'comité de sabios' que, a propuesta del secretario general del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, tenía como misión elaborar un informe que velara por el 'juego limpio' y el buen funcionamiento de los medios públicos de comunicación. El comité lo formaron los filósofos Emilio Lledó y Fernando Savater, la catedrática de ética Victoria Camps el catedrático de Comunicación Audiovisual Enrique Bustamante y el propio Lázaro Carreter. El compromiso de Zapatero consiste en llevar a cabo sus propuestas y conclusiones si gana las elecciones generales del 14 de marzo.

EL SABIO INSOMNE
Ángel Vivas / El Mundo

Si el PSOE ganara las próximas elecciones -digo, es un decir-ya no podrá beneficiarse del previsto consejo de Lázaro Carreter para reformar la televisión. No es el mayor motivo para lamentarse ahora que ha muerto el maestro, pero tampoco es pequeño. no es que la televisión fuera su bestia negra, pero como personas preocupada por el lenguaje, sentía vivamente el maltrato que éste sufría en el medio.

Esa faceta de vigía de la lengua, plasmada sobre todo en sus famosos dardos en la palabra, le dio a Fernando Lázaro una popularidad que no suelen tener los sabios como él. Antes d eso, su nombre fue familiar para varias generaciones de estudiantes por sus manuales de Lengua y Literatura. entre una cosa y otra, Lázaro vivió una vida fecunda y dejó una obra que debe considerarse patrimonio nacional.

Nació en Zaragoza en 1923, el año en que Primo de Rivera le impuso a Alfonso XIII su gobierno dictatorial. En su ciudad natal estudió el bachillerato y empezó Filosofía y letras, donde tuvo como maestro a Francisco Yndurain. Luego, en Madrid, tendría otro maestro ilustre: Dámaso Alonso.

A los 26 años ya era catedrático de Salamanca, ciudad en la que permanecería20 años, periodo que él consideraba su mejor etapa docente. Aquella Salamanca, políticamente, era una balsa de aceite; aunque él recordaba que el gobernador civil organizaba patrullas de falangistas los primeros de mayo "por si se movían los obreros".

Raúl Modor, en sus memorias, le recuerda entonces como un fervoroso tertuliano (¿admitiría el maestro la palabra tertuliano?), cáustico, hablando con ingenio y precisión y escribiendo, casi clandestinamente, obras de teatro. uno de esos textos entonces llegó al cine, interpretado por el arquetípico Paco Martínez Soria, La ciudad no es para mí. La película era un emblema del cine del momento, y muchos años después, frente a cualquier micrófono o grabadora, al bueno de Lázaro no le gustaba nada, pero nada, que le recordaran su paternidad. No participó en el movimiento estudiantil con la fogosidad de su compañero Tierno Galván o, menos aún, la de Aranguren y García Calvo. Pero sí colaboró con tierno en la asociación europeísta que éste organizó en Salamanca. En el boletín de la asociación publicó, asegura Modor, el primer artículo aparecido en España sobre Bertolt Brecht. Y todavía hace un año no tenía empacho en afirmar que, de habérselo permitido su ya quebrantada salud, hubiera acudido a las manifestaciones contra la guerra de Irak.

Pero era, antes que nada, un intelectual y, como tal, prudente y reflexivo. A ese carácter, quizá quepa añadir una cierta hipocondría. De hecho, a poco de cumplir los 60 años empezó a publicar su particular de sensctute. Últimamente sí sufría ya los achaques de la vejez, empezando por la inmovilidad.

El insomnio, otro achaque, le mantenía enganchado en las altas horas de la noche (no de la madrugada, que es lo que viene después, al filo del amanecer) a esos programas de radio a los que llama gente problemática, más o menos inadaptada y de sexualidad alterada en algún sentido.

Decía que le divertían, y si algo le escandalizaba -a estas alturas- no eran las confesiones del oyente, sino, como siempre, las patadas al idioma. Esa fue su batalla permanente, y los locutores deportivos (él era de Zaragoza) los que más le dañaban los oídos. "Los periodistas deportivos son los más resistentes a cualquier tipo de admonición; forma parte de su prestigio utilizar esas palabras", decía él con su ironía característica.

La ironía y el sentido del humor, unido a su perecto conocimiento de la lengua, daban un resultado fascinante en sus conferencias. Era impagable verle poner en la picota a los usuarios de tópicos. Decía, por ejemplo: "España no se ha preparado para el mundial, sino de cara al mundial, y así nos ha ido". O: "hacer falta sobre un contrario no es sólo incorrecto, es una obscenidad". O explicaba la diferencia entre honestidad y honradez, diciendo que la primera era de cintura para abajo y la segunda, de cintura para arriba. En esas circunstancias, le gustaba defender que usar la lengua con corrección no tenía nada que ver con la derecha o la izquierda, y apoyaba su afirmación recordando que el mismísimo Stalin o el Partido Comunista Francés habían favorecido leyes de defensa de sus idiomas.

Los dardos en sus artículos podían ir destinados igual a la ñoñería pija de la calle Serrano que a la pretenciosidad de cierta progresía (uno de sus artículos más desternillantes, recogido en una de las recopilaciones de El dardo en la palabra, tenía como objeto el sermón, cargado de praxis, de un cura progre). Pero, con ser lo más popular de su bibliografía, los dardos no eran sino la punta del icerberg de una vida dedicada al estudio. con ocasión de un homenaje, hace pocos años, Frnacisco rico se divirtió contraponiendo a ese best seller (con permiso, maestro) numerosos trabajos cuyos meros títulos ya daban idea de su carácter académico y minoritario. Obras suyas algo menos especializadas son la edición crítica del Buscón de Quevedo, Las ideas lingüísticas en España durante el siglo XVII, Diccionario de términos filológicos, Significación cultural de Feijoo, Moratín en su teatro, Menéndez Pelayo: su época y su obra literaria. Teatro medieval, Estudios de poética o Estudios de lingüística. Filólogo de primerísima fila y maestro de varias generaciones, aunque se reconocía indisciplinado e incapaz de trabajar en equipo, su familiaridad con todas las corrientes de la filología, la lingüística y la semiología (Lottman, Trubetzkoy, Jakobson, Spitzer...) era absoluta. No menos importante fue su labor como crítico y editor de textos de clásicos.

A esto hay que añadir su faceta de articulista. Además de su frecuente presencia en las páginas de diarios, jugó un papel muy activo en la corta vida de El Sol. El mal resultado de aquella aventura acabó también con su larga relación profesional con el editor Germán Sánchez Ruipérez (era presidente de su Fundación), principal beneficiario, durante años, del éxito de los manuales de Lázaro.

El Círculo de Lectores, que le homenajeó en varias ocasiones de distintos modos, organizó en 2000 el premio de periodismo de su nombre. Con todo, no era muy amigo de entrevistas. Se le atribuía esa frase de difícil paternidad de que una entrevista es un género que hace una persona y cobra otra. Entró en la Academia en 1972, y fue elegido director en 1991, durando en el cargo hasta 1998. Fue un dinamizador de la institución, a la que acercó a la calle y para la que buscó apoyos incansablemente. Entre otros trabajos, puso en marcha la creación de dos bancos de datos, el Corpus de Referencia del Español Actual y el Corpus Diacrónico del Español.

Como coautor del Diccionario, no estaba de acuerdo con el criterio demasiado amplio con que últimamente se admitían algunas palabras. "El director de la Academia", llegó a decir, "no está totalmente de acuerdo con el Diccionario". Reconocía que algunos términos admitidos -contactar, culminar- eran verdaderos goles en propia puerta. No defendía, en fin, la imposible pureza del idioma, sino su buen uso. Fue candidato al Premio Cervantes en el 88 y tenía el Menéndez Pelayo, que otorga la Universidad santanderina, el Blanquerna de la Generalitat y la Cruz de Alfonso X el Sabio, además de los premios de periodismo Miguel Delibes, Manuel Aznar y Mariano de Cavia. Toda su actividad pública de los últimos años contrasta (si no es acaso lo que la explica) con su condición de jubilado y, antes, de funcionario. Pues así es como decía haberse sentido en sus años universitarios de Madrid, donde estuvo en la Autónoma y en la Complutense, por contraste con el entusiasmo con que vivió los de Salamanca. La gran ciudad que es Madrid tampoco era para él, al menos desde ese punto de vista docente. "Madrid disuelve y destroza todo lo que toca", dijo en una ocasión.

De la España actual decía: "Me gustaría que este nido fuera un poco más confortable, más blando, que fuera menos hostigador...". La muerte, a la que reconocía tenerle "un pánico espantoso", le llegó ayer a esa hora en que últimamente escuchaba (¿o sólo oía?) a esos corazones solitarios y desamparados que pueblan los programas de radio nocturnos. Como todos los viejos, se había retirado ya un poco de este mundo violento y zafio. Aunque continuaba ofreciendo su magisterio a través del periódico y seguía atentamente, por supuesto, el habla más actual. Esta le llegaba de labios de sus nietos, por los que confesaba sentir una gran debilidad.

Odiaba esas perífrasis innecesarias ("En la tarde de hoy", "a lo largo de la semana") con que tantos pedantes tratan de tapar los huecos de su incultura. Pero igualmente le pondría de los nervios el lenguaje sincopado que los adolescentes están imponiendo en sus teléfonos inalámbricos. (Debe de ser preferible inalámbrico a móvil, ¿no?) Ay, ya no está Lázaro para sacarnos de dudas. Qué solos nos quedamos, a veces, los vivos.