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El
espíritu de la Navidad |
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UN DÍA SIN DOMINGO
Por Maruja Torres
EPS, 24 de diciembre de 2000
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Mi patológica indignación contra
la Navidad no ha empezado este año en diciembre,
como acostumbraba, sino un mes antes. Justo cuando
entré ene. Tercero o cuarto El Corte Inglés
en la tercera o cuarta ciudad incluida en la gira
del Planeta y comprendí que hasta ese momento
no había sufrido alucinaciones, sino que
realmente la decoración navideña
había llegado ya a los grandes almacenes
que tanto hace por mi promoción y, en el
departamento de perfumería y estética,
por mi autoestima. Era noviembre y la Navidad
estaba en el aire y se podía cortar con
un cuchillo. Me habría encantado hacerla
trizas con una sierra eléctrica como la
de La matanza de Texas.
Como he aprendido a reprimir mis instintos más
básicos, me limité a avisar al encantador
delegado de la editorial que me acompañaba:
-Que nos e me acerque ningún niño
a cantarme un villancico, porque le pego una hostia.
Lo cual, qué quieren que les diga, se me
antoja una excelente frase para describir, en
síntesis, mi estado de ánimo ante
la perspectiva navideña y la infantilización
social generalizada que la caracteriza.
Pero este año hay un perverso elemento
añadido al ya de por sí sobrante
adelanto del aquelarre consumista, y es la tremenda
alegría con que el personal entregado de
corazón a los festejos celebra el hecho
de que Nochebuena caiga en domingo. “¿¡Qué
bien, así tenemos fiesta todo el día!”.
Perdonen, pero a mí me han mangado un domingo
normal.
¿Y qué es un domingo normal? Haraganear
en la cama, leyendo los periódicos de cabo
a rabo, después de haber separado cuidadosamente
los cuadernillos, los suplementos, las revistas
en color como ésta, las secciones de motor
y anuncios económicos (que servirán
durante la semana siguiente para colocar encima
el bebedero del perro), y las fichas, regalitos
y cosechuelas. Un domingo normal es ese día
que sabes que nunca te fallará mieras sigas
con vida, porque la monotonía con que lleno
sus horas constituye un sólido amarre ante
los avatares inesperados. Un rato para la lectura,
un rato para organizar la correspondencia atrasada,
otro para enterarte de qué dan hoy en la
tele, otro para navegar por Internet, otro para
inflarte a comer cosas prohibidas a partir de
los lunes en que siempre empiezas la dieta, otro
para parlotear por teléfono con los amigos,
otro para dudar sobre si al atardecer te sirves
ese whisky que tanto te apetece mientras te preparas
para volver a ver en vídeo la película
que redondeará la jornada y te haces la
única pregunta enjundiosa del día:
“¿Comedia o drama?”.
Un domingo que tiene la osadía de convertirse
en Nochebueena arroja por la ventana tales hábitos
anodinos y tranquilizadores, y te provoca inquietud
desde el primer momento,.porque tanto si sales
comos i recibes en casa te obliga a repasar los
regalos navideños, para ver si te olvidaste
de alguien; a probarte el traje que te pondrás,
por si se le ha saltado un botón o tiene
una mancha o un descosido; a realizar incontables
llamadas telefónicas para comprobar quién
va o quién viene a la cena de autos; a
revisar el menú, a preparar la comida,
a comprobar la bebida. Parece poca cosa, pero
ocupa todo el día. Y lo peor de todo: no
da tiempo a leer los periódicos.
Así que, además de la depresión
que me está entrando por el hurto de domingo
mientras escribo esto dos semanas antes de que
lo lean ustedes, la conciencia de que no lo van
a a leer porque a ustedes también les han
escamoteado el domingo 24 me lena de angustia,
y ya me veo ahí tirada, en cualquier rincón
de la casa, que ha sido preparada y adornada para
la ocasión, envuelta todavía en
el celofán y sin poder salir a respirar
con ustedes. Recuerdo a tiempo que este suplemento
nuestro no lleva funda, pero me ahogo igual, pensando
en el abandono forzoso a que seré sometida
a causa de la Nochebuena de las narices.
Tengo que dejar este artículo, que escribo
durante un domingo normal, porque como siga cabreándome
se me va a fastidiar también este día.
Menos mal que ya he terminado, y, qué demonios:
Feliz Navidad.
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