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El
espíritu de la Navidad |
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LA NAVIDAD YA NO ES LO QUE ERA
Por Almudena Grandes
EPS, 16 de diciembre de 2001
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Ahora, las ramas son ya un puro alambre verdoso
y demoschado.
Cuando lo vi por primera vez, todavía estábamos
a mediados de noviembre y me qué de de
plástico, igual que las bolas que colgaban
de sus ramas aún tupidas, lustrosas. Lo
cierto es que un par de días antes, al
volver del aeropuerto, había pasado por
la calle de Serrano y comprobado, con similar
asombro, que todas las joyerías de las
dos aceras –las que venden joyas y las que
venden otras cosas a precio de joya- estaban ya
engalanadas a base de guirnaldas de pino y acebo,
pero no me imaginaba que los comerciantes d Barceló
sucumbieran con idéntico apresuramiento
a la fiebre de la decoración prematura.
Sin embargo, mucho antes de que mis hermanos empezaran
a llamar por teléfono para cambiar lotería,
mi barrio parecía ya un decorado de La
gran familia, justo cuando va el tonto de Chancho
y se pierde para dejarnos a todos con el corazón
en un puño. Las casas de corcho y las ovejas
de plástico se amontonaban en los escaparates
de los chinos que lo venden todo a un euro, entre
cascadas de espumillón y Papás Noeles
aficionados a bailar el twist, los calendarios
de Adviento con los personajes de Walt Disney
disfrazados de Santa Claus tapaban las portadas
con chicas desnudas –algunas de ellas tocadas
también con gorro de Santa Claus, para
que no falte de nada- en todos los quioscos, y
hasta los bares de copas habían embadurnado
ya sus ventanales con artísticas sombras
de portales y Reyes Magos, a base de pringar los
cristales con esa espuma blanca y bastante asquerosa
que se vende en spray.
Los dos puntos comerciales de referencia ineludible
en el barrio, el Vips de Fuencarral y el mercado,
estrenaron sendos árboles sintéticos
–la sensibilidad ecológica ante todo-
cuando faltaban más de quince días
para que empezara diciembre. Nada de lo que yo
haya podido ver en la calle en los últimos
tiempos me había asombrado tanto.
Ni siquiera la vesania perforadora de este desdichado
Ayuntamiento que, aunque no se lo crean, sólo
unos meses después de triturar las aceras
de mi calle para cambiar no sé que conducciones,
sólo unos meses después de haberlas
triturado a su vez para instalar esa especie de
raquíticos falos grisáceos que impiden
el aparcamiento y que, a falta de un nombre mejor,
todos conocemos como pirindolos, ha empleado el
dinero del os contribuyentes durante este otoño
en triturar de nuevo, ¿cómo no?,
las aceras de mi calle, con un propósito
tan, digamos, pintoresco como el de redondear
las esquinas.
Ya sé que parece una broma, pero no tiene
maldita la gracia. Así no es de extrañar
que Danny de Vito, cuando pasó por aquí
hace poco para estrenar una película, dijera
que Madrid sería una ciudad preciosa cuando
encontraran ese tesoro que andaban buscando. Bueno,
pues ni eso me ha sorprendido tanto como esta
misteriosa epidemia cronológica que parece
haber decretado que la Navidad empieza a finales
de octubre.
Y como lo que no puede ser, no puede ser, y además
es imposible, todo está ya hecho una pena.
A las estrellas de purpurina se les ven las tripas
de poliuretano, las cintas rojas se están
deshilachando por las puntas, las chinchetas han
cedido, las tiras de papel celo se han despegado,
el viento ha vuelto locas a las estrellas, que
ya no marcan el camino de Belén sino cualquier
dirección posible entre Vallecas y Las
Rozas, y los árboles se han quedado huérfanos
al mismo tiempo de púas y de adornos mientras
los estudiantes siguen yendo a clase, los pavo
picotean en el corral, y las angulas duermen en
colchones de hielo dentro de las neveras de ciertos
burdeles, esperando la próxima visita de
algún que otro avispado gestor de fondos
de inversión. Al menos, eso es lo que supongo
yo porque, desde luego, lo que es en las pescaderías
aún no hemos visto ni una.
Claro que siempre se ha dicho que la Navidad es
de los niños, y ellos aprenden con cualquier
cosa. Los de mi barrio se dedican ahora a robar
bolas de colores de los árboles más
expuestos. Pero, ¡qué haces?, oía
a su madre preguntarle ayer a uno de ellos. La
he cogido, dijo el crío con la expresión
más inocentes, para el árbol de
casa, porque como no hay que ponerlo hasta dentro
de un montón de tiempo, pues así
ya no tenemos que comprarlas. El razonamiento
me pareció impecable. Tanto que si el niño
hubiera sido hijo mío, la verdad es que
no sé si le hubiera obligado a devolverla.
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