Un especial de
El espíritu de la Navidad

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EL MILAGRO DEL CARNICERO

Por Almudena Grandes
EPS, 31 de diciembre de 2000
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La Navidad es un estado de ánimo. Más que una fecha, más que una conmemoración religiosa, más que una fiesta pagana, más incluso que unas vacaciones. El carácter de estos días se estrella contra la memoria, contra la conciencia, contra los ahorros de las personas hasta hacer saltar chispas, fuegos de artificio emocionales que suelen repetirse año tras año, como un ritual dotado de su propio sentido. Pero el territorio de las emociones coincide a menudo con el de las paradojas, y por eso, dando un paso más, me atrevería a decir que la Navidad es un estado de ánimo paradójico. Si yo leyera una descripción minuciosa de mí misma firmada por alguien que me conociera bien, deduciría sin esfuerzo que la Navidad no me gusta nada, y sin embargo, no es cierto. A cambio, supongo que debería suponer que el Fin de Año, una celebración neutral, casi aritmética e impregnada de la fría objetividad de las reflexiones inevitables, me resulta mucho más tolerable, pero tampoco es así. De hecho, la Navidad en general me gusta, pero la noche del 31 de diciembre es la que más detesto de todas, incluida la de la víspera de mi cumpleaños, que tampoco está mal.

No es sólo por esa irresistible imbecilidad de la fiesta forzosa, aunque hay que reconocer que la diversión a plazo fijo se enriquece año tras año con alguna nueva y siempre pasmosa muestra de cretinismo innovativo -¿qué me dicen de la moda esta de patearse las heladas con un trajecito de tirantes, unas sandalias sin talón y un chal de tul?, ¿y de las aportaciones foráneas a la superstición nacional que representan las bragas rojas y el oro en la copa, antes y después de atragantarse con l as uvas?, ¿y qué les parece que, en el colmo absoluto de la sinrazón, después del coñazo que tuvimos que aguantar el año pasado, resulte que mañana empieza el milenio otras vez, después de los que sin duda alguna han sido los mil años más cortos del a historia?-. Pero si la Nochevieja me irrita hasta el punto de llegar a ponerme triste es por su apoteósica condición de emperatriz de las listas, los balances, los resúmenes y cualquier otro sistema conocido para empaquetar el tiempo, encapsularlo en pequeñas píldoras de parafina virtual, intervenir la parsimonia natural de la memoria y decretar lo que se debe y lo que nos e debe olvidar del año que termina.

Los recuerdos, como todas las creaciones humanas, carecen de una naturaleza uniforme. Cada uno se comporta según su intensidad, su calidad, su carácter, y obedece a sus propias normas, su propio ritmo, que nunca es caprichoso por más que lo parezca. Yo he seguido leyendo durante todos los días de mi vida algunos libros que cerré en cierto impreciso momento del año 74, o del 76, o del 78, porque ya ni me acuerdo de la fecha. Y he seguido viendo imágenes que registré cuando no levantaba del suelo más de 120, o de 130, o de 140 centímetros, a la misma altura a la que estaban mis ojos entonces. Vivo con personas muertas, y paso junto a otras, que están vivas, sin darme ni cuenta de que no se han muerto. Por eso odio las listas, los balances, los resúmenes, las simplificaciones tramposas y las zancadillas que precipitan el pasado concreto, reciente, en los sótanos oscuros del pasado amorfo, el tiempo sin adjetivos, el infierno donde se amontonan los recuerdos que se mueren de soledad cuando nadie los reclama.

No hace ninguna falta recordar una película, un libro, un actor, un cantante, un acontecimiento, un deportista, una catástrofe, un paisaje o un famoso por año. La memoria trabaja despacio, los recuerdos maduran lentamente, como los vinos y las equivocaciones. Y, por cierto, son tan intransferibles como estas últimas. Pienso en todo esto mientras guardo turno en la tumultuosa cola de la pescadería, contemplando de reojo la desolación pintada en la cara de todos los carniceros del mercado. Me resulta fácil, porque sus puestos están hoy tan despoblados como en cualquier martes del mes de agosto. Ellos deben de tener también buenas razones para estar de mal humor y, pase lo que pase en los doce meses que nos esperan, seguro que no van a olvidar nunca la Navidad de 2000, que parece haber cumplido los peores presagios de los profetas milenaristas sólo para ellos. No hay tristeza mayor que la que se consume en medio de la alegría general. Por eso, ellos se merecen más que nadie un feliz año nuevo de vacas cuerdas, y herbívoras.

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