Un especial de
El espíritu de la Navidad

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CUENTO DE NAVIDAD

Por Almudena Grandes
EPS, 19 de diciembre de 1999
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Las hebras plateadas del espumillón ponen barbas postizas a las ostras, y acarician la piel de los besugos con el tacto aéreo y delicadísimo de una boa de plumas. Los jampones ibéricos tienen la pata más negra, como lustrada con betún, porque un lazo dorado adorna su tobillo. Hasta las uvas, perfectas en sí mismas, en su propia y circular imagen de la plenitud, parecen recostarse con la voluptuosidad de un cuerpo joven sobre su resplandeciente lecho de virutas transparentes. Bolas de plástico de colores, estrellas de cartón recubiertas de purpurina con un letrero que chilla ¡Felicidades!, árboles en miniatura encima del os mostradores, cestas envueltas en celofán con una inmensa moña roja encima… Hoy todo brilla, mañana también. Lo único que adelgaza son los tacos de participaciones de lotería engañados en un clavo que, como un trofeo de guerra, o la cabellera de la mala suerte de cada cual, ofrece cada puesto. Es la fiesta universal. Y, sin embargo, nadie está contento.

El carnicero apunta el enésimo pedido de la mañana, se rasca la coronilla, me mira, y es pregunta a sí mismo en un susurro de dónde va a sacar tantos kilos de solomillo. En Navidad, las terneras son iguales que durante el resto del año, me aclara, y a ver qué hago yo con el resto del animal… Mientras tanto, a mi izquierda, dos amigas se confiesan en el umbral de la batalla más cruenta de sus tradicionales guerras familiares.

-Y es lo que le he dicho yo a mi marido- dice una-, que para darle 15.000 pesetas a su hermana, ya compro yo el redondo, lo aso en mi casa y hasta se lo llevo en taxi, ¡no te digo!

-¡Anda claro!- la otra le da la razón, con vehemencia, pro sigue a lo suyo- y eso que tú no guisas, porque lo que soy yo, tengo que dar de cenar a 18…

EL charcutero aprovecha la presencia de las clientas menos belicosas para ir preparando los encargos que tiene acumulados, pero el espíritu navideño se desorienta en las colas de más de tres personas, y no hay clemencia para la triquiñuela que pasa inadvertida durante el resto del año.

-¡Ah, no, no, no! –esa viejecita tan pacífica se sacude dentro del abrigo para acabar de transformarse en toda una hiedra-. ¡Ni hablar! Ponme lo mío, que tengo mucha prisa. Y el del teléfono, que venga aquí y que se espere, como todos los demás… ¡Hasta ahí podíamos llegar!

Los aplausos llegarían hasta la pollería si no fuera porque allí sólo se escuchan las quejas de un pobre comerciante previsor, abandonado por la aritmética en el cálculo de la cantidad de pavos que guarda en la cámara precisamente este año, cuando todo el mundo ha decidido cenar faisán. El turrón de chocolate se ha acabado ya en todas partes, pero nada es comparable a la tragedia de la pescadería.

Aunque los precios del marisco están escritos con irreprochable claridad en cada etiqueta, a la gente le gusta preguntar, para poder escandalizarse después, y dolerse por último en voz alta. Los pescaderos, que lo saben, hace años que esconden las angulas, y sólo musitan una cifra exorbitante a petición de algún cliente que se levanta la solapa para preguntar por ellas, sintiéndose culpable hasta de su curiosidad. Sus víctimas, sin embargo, se conforman con mucho menos.

-¿A cuánto dices que están los centollos… ¡Qué pecado! ¿Y la merluza? ¡Qué atraco…! ¿Y los percebes…? ¡Qué barbaridad! Desde luego, es que clama al cielo, vamos…

Si alguien estaba todavía contento, ya ha dejado de estarlo. Pero es entonces, precisamente en ese instante, cuando el espíritu de la Navidad decide manifestarse por fin.

-Pues a mí me da igual –dice alguien que no brilla, ni tintinea ni reluce-. Total, yo voy a cenar dos huevos frito sy me voy a meter en la cama a las once, como cualquier otro día…

Todos le miran a la vez. Acaban de recordar que, al fin y al cabo, la paga extraordinaria se hizo para gastarla, enero para adelgazar, y la fe católica para confesarse. Mientras el aguafiestas se aleja, creo distinguir un resplandor rojizo debajo de su abrigo. Y es que la sociedad de consumo no perdona. Ni siquiera a Papá Noel.

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