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El
espíritu de la Navidad |
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ESTO ES LO QUE HAY
Por Arturo Pérez Reverte
El Semanal, 24 de diciembre de 2000
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Es curioso. Deben de ser los años, pero
a medida que envejezco me siento cada vez más
incómodo con la Navidad. Te llama tu anciana
madre, los hermanos y los primos y los sobrinos
y toda la parafernalia, y te dicen felices fiestas,
y qué lástima que no estemos juntos,
etcétera; y tú piensas que debes
de haberte vuelto un perfecto cerdo asocial, porque
en realidad te apetece menos el jolgorio familiar
que ver Río Bravo en la tele.
O puestos a comprobar cómo beben los peces
en el río, prefieres verlos beber a veinte
millas de la costa más próxima,
con un libro de Conrad o Patrick O’Brian
entre las manos y la oreja puesta en el canal
16, atento a si las putas isobaras invernales
vienen apretaditas o llevan holgura, antes que
andar haciendo el chorra frente al belén,
con esa presunta alegría doméstica
que, en realidad, no sé en qué la
justificas ni de dónde carajo la sacas,
cuando acabas de llegar de la calle donde estuviste
empujando a los semejantes en la cola de Carrefour
o de Eroski –“no se cuele, señora,
habráse visto la muy garra”- o dando
bocinazos en los semáforos para llegar
antes a casa y derretirte en gilipolleces de presunto
amor universal que no comprometen a nada, con
la suegra dando por saco con la panderetea, la
sobrina que quiere ser top model zapeando en la
tele en busca de un videoclip de Tamara –que
manda huevos-, y ese cuñado borrachín
que te cae fatal, pero lo tragas porque es el
marido de tu hermana y un día es un día,
y que al final, con cuatro copas encima, termina
siempre contando chistes verdes y tocándole
el culo a tu mujer.
No sé. Tal vez resulta que los años
te secan el corazón, o que pasaste demasiadas
navidades en sitios donde el nacimiento de Cristo
era lo de menos. O quizás lo que ocurre
es que el tiempo cambia ciertas cosas, y también
tú cambias con ellas. Y al final unas te
importan mucho y otras te importan un testículo
de pato.
Llevas vivido medio siglo de éste que termina
el 31 de diciembre –dónde están,
te preguntas, los capullos que tanta barrila dieron
el año pasado con lo del presunto cambio
de milenio-; y cuando miras hacia atrás
compruebas que sólo hubo una clase de navidades
que de veras parecieran Navidad: as de tu infancia.
Aquellas, tan lejanas, tenían la luz de
los escaparates iluminados –entonces los
escaparates sólo se iluminaban en esas
fechas-. El color de los troncos crepitando en
la chimenea, la textura com que tapizaba el suelo
del nacimiento, el olor del pavo asado y las voces
de tus hermanos leyendo en voz alta los pasajes
correspondientes del Nuevo Testamento: “Lo
envolvió en pañales y lo acostó
en un pesebre, por no haber no había sitio
para ellos la posada”.
Después, buena parte de las otras navidades
que ocupan tu disco duro ya nada tienen que ver
con eso: desde la de 1970, a bordo del petrolero
Puertollano con temporal duro de levante frente
al cabo Bon, ala de 1993, con Márquez en
una trinchera de Mostar, hubo inocencias que se
desvanecieron e imágenes que se superponen
sin remedio a otras. Ahora no puedes ver un portal
de Belén sin asociarlo con un tanque Merkava
israelí, ni pensar en la nieve navideña
sin recordar lo que cuesta cavar fosas enelsuelo
helado después de que haga su trabajo la
policía de Ceaucescu. “Es oscura
la casa donde ahora vives”, oíste
rezar un 25 de diciembre a una viuda junto a una
de esas tumbas, en el cementerio de Bucarest.
Y ya me dirás qué villancico sobrevive
a eso.
Quedan, claro, los críos. Te los quedas
mirando con sus gorros de lana y sus bufandas
y te dices que bueno, al fin y al cabo son los
que aún justifican el asunto. Criaturitas.
La inocencia y todo lo demás. El problema
es que, si observas mucho rato seguido a los zagales,
terminas viendo cosas que maldito lo que te apetece
ver. Y comprendes que en este tiempo de perra
tele y de consumo desenfrenado y de superficialidad
irresponsable, los niños se han convertido
en absurdas caricaturas de ti mismo.
Que la Navidad que les deparas es un timo hecho
a tu medida; cajas vacías y envoltorios
arrugados al pie de un abeto imbécilmente
cortado en un país que apenas tiene árboles,
y los que tiene los quema. O tal vez lo que ocurre
sea que los malditos cabroncetes ya no aceptan
otra cosa porque son hijos tuyos, imagen y semejanza
de una sociedad con la Navidad que se merece:
egoísta, venal, demagógica, estúpida,
insolidaria y más falsa que un papá
Noel a la puerta del Corte Inglés. Y los
adultos hemos perdido la capacidad de depararles
a esos hijos hermosas navidades como las que nuestros
padres, más honrados o menos mierdecillas
que nosotros, nos hicieron vivir con su amor y
con su esfuerzo. Cuando no se arreglaba todo con
la tarjeta de crédito, y el juguete se
dejaba para la noche de reyes, y aquella noche
entrañable no era cuestión de regalos
o dinero, sino de calor, amistad y familia.
Así que, impotente, derrotado, consciente
de tu incapacidad para creer en esto o mejorarlo,
incapaz de vivir sin despreciarla una fiesta de
la que eres a la vez convidado de piedra y responsable,
decides pasar mucho de pastorcillos y de zambombas.
Y puesto a vivir falsedades –que al final
son más auténticas que toda esa
farfolla-, te sigues quedando esta noche con Jack
Aubrey y el doctor Maturin a bordo de la fragata
Surprise, o con la trompeta de los malos tocándole
Degüello a John Wayne en Río Bravo.
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