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El
espíritu de la Navidad |
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GODZILLA SIGUE INSACIABLE
Por Javier Marías
El Semanal, 24 de diciembre de 2000
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Esta noche es Nochebuena ya demás hoy es
domingo y además es el 2000, así
que pueden imaginarse cómo tengo la ciudad,
de repugnante, desde hace cosa de un mes. Quizá
recuerden algunos cómo el año pasado
el alcalde de Madrid, ese ídolo mío
y de los taxistas (cada vez cuentan más
atrocidades de él, espero que apócrifas,
pr su bien y el de nuestros vástagos),
ultrajó mis balcones disfrazado de Godzilla
el monstruo (véase mi columna del 12 de
diciembre del 99), cazando sus barrotes con garfios,
alrededor de las cuatro y media de la amadrugada,
para tender desde esllos sus tendidos eléctricos
y metálicos de la iluminación navideña,
más extensa y más hortera cada nueva
temporada.
Tal vez recuerden también que me molesté
en protestarle al responsable municipal de Alumbrado,
el cual reconoció su desconsideración
y atropello y se disculpó torpe y vagamente,
prometiendo en todo caso que no volvería
a ocurrir.
Por supuesto, a estas alturas del artículo
ya sabrán todos ustedes que ha incumplido
su promesa y que este año mis balcones
han sufrido las mismas vejaciones, manoseos, manipulaciones
sádicas, acosos sexuales 6y yo diría
que aun sodomíticos por parte de estas
autoridades, suin pedir ningún permiso
ni tan siquiera dar aviso. Tan sólo tuvieron
el detalle de poseerlos y deshonrarlos e infamarlos
al caer la noche y no en medio de ella, aunque
luego permanecieron hasta las tantas manejando
grúas con las que retocaban las bombillas
o algo por el estilo, cualquier monería
que contribuyera a empeorar el gusto, de ser ello
posible.
Esto sucedió en pleno noviembre, y supongo
que los lectores de El Semanalhabrán padecido
el mismo y demencial adelantamiento de las fechas
navideñas en sus espectivas ciudades, que
–no me es consuelo- imagino gobernadas por
individuos algo menos desaprensivos que Álvarez
del Manzano (más es imposible), pero no
mucho menos. Lo cual significa que lelvamos un
mes (y lo que nos queda, morena) sumidos en el
caos circulatorio, el voceríoa perpetuo
y los pésimos modales. Ya el llamado Puente
de la Constitución estuvo domiando por
todo ello. El 6 y el 8 fueron festivos, pero como
apenas hubo tiendas cerradas, se juntaron el tráfico
de un día laborable cualquiera y el de
los domingueros que van pensando en todo –hasta
en la Misa- menos en el volante al que van cogidos.
Una de las paradojas de nuestro tiempo es que
todo el mundo vaya a los mismos lugares al mismo
tiempo, cuando todo el mundo detesta cada vez
más al prójimo y no soporta las
masas. Hace unos años leí un breve
libro francés titulado Le Dégoout
de l’autre o El asco al otro. Es algo que
va en aumento y que empieza a caracterizar nuestra
época excesivamente. Se tiende a evitar
el contacto, incluso el mero roce. Las personas
que al hablar le ponen a uno la mano en el brazo,
o en el hombro (como la afectuosa Mercedes Milá
cuando entrevista a alguien), están muy
mal vistas y quedan como palurdas, aunque sólo
se trate de una apoyatura expresiva. No digamos
quienes al reír palmean los muslos ajenos,
y aun los propis.
Hay personas que no sólo se niegan a plantar
o recibir un par de besos de un recién
presentado,como es la costumbre española
entre mujeres y hombres y mujeres y mujeresm sino
que procuran no estrechar manos, o, si no les
queda más remedio, van a lavárselas
cuanto antes. No creo que se trate tan sólod
eun inconsciente miedo a fantasmales enfermedades
que se contagiarían por tan inocuos contactos,
aunque en Estados Unidos y en Inglaterra haga
ya mucho tiempo que casi nadie toca a nadie por
estos motivos supersticiososo o patológicos,
y también para no vefrse acusado de hostigamiento
sexual o táctil, en las oficinas casi ni
se miran los empleados, el acoso visual puede
ser delictivo. Creo más bien que se trata
deu n institnto autoprotector, proucot de la saturación
y ela gobio que trae la masificación general
de todo.
Hoy en día es difícil ir a un teatro
o a un cine, no digamos a un cocneirto derock
o a un bar, sin notar el efluvio de humanidad
apretada y cercana: sin tropezarse, rozarse, a
menudo ser empujado, a veces casi aplastado. Lo
mismo en los autobuses y el metro y los grandes
alamacenes, con frecuencia en las calles y en
los restaurantes, en los trenes y aviones, en
los aeropuertos ye staciones, no hablemos ya de
los estadios y canchas o de las sudorosas maratones
ciudadanas. Yo percibo cada vez más espanto
a la muchedumbre, y al mismo tiempo veo cómoc
asi todo el munod l abusca inexorablemente, cómo
casi todos acuden a la vez a los mismos sitios,
y en Navidad más toda´vía.
Es como si la mayoría se sintiera sola
y desamparada is no está rodeada de multitudes
y no es “partícipe” de lo común
y gregario, y a la vez viviera agobiada por ello,
manchada, estrujada, contaminada, ahogada por
ello.
En fin. Que esta noche lo pasen bien en sus casas,
y que nos e depriman si su familia no es tumultuosa,
ni siquiera numerosa. Y si lo es, no se me asfixien.
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