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El
espíritu de la Navidad |
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NAVIDAD
Por Rosa Montero
EPS, 5 de diciembre de 1993
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Estamos de nuevo en diciembre. Me silban los oídos
de la presión del tiempo fugaz; es como
quien va en moto por una autopista y siente cómo
le muerde el viento las orejas. Ya han caído
otros doce meses a la tumba de la memoria y nos
acercamos una vez más a Navidad. Las ames
o las odios, las fiestas navideñas son
fechas cruciales. Tienen demasiada carga social,
demasiada sustancia a las espaldas. Por eso me
silban los oídos más que nunca:
el tiempo se escurre siempre de la misma manera,
pero es en navidades cuando te entra el vértigo.
Y no sólo el vértigo. Las navidades
llevan más de mil años simbolizando
una idea del mundo. Son un mito básico
de nuestra sociedad, aunque cada día más
fragmentado y vacío de contenido. Pero
aún así, aun con las campañas
de regalo del Corte Inglés enfriando el
corazón del mito, todavía guarda
la Navidad oscuramente una buena parte de su antiguo
sentido. ¿Y qué eran esas fiestas
en su origen, sino una glorificación de
Dios, esto es, una celebración de la existencia
del bien, una afirmación de la esperanza
de la vida, del amparo frente al desamparo, del
orden frente al caso, la bondad frente a la malignidad?
Pues bien, ese deseo de felicidad sigue latiendo
aún hoy por debajo de las fiestas de diciembre:
son días en los que intentamos vagamente
querernos, y no discutir, y ser mejores. Todo
estoes lo que hace que la Navidad sea atractiva
y horrible al mismo tiempo. Atractiva porque todos
añoramos el paraíso, y porque además
resulta conmovedor ese esfuerzo tan fútil
y tan tonto por ser buenos. Horrible porque hoy
la sociedad ha perdido la inocencia y sabemos
que ese sueño de bondad perfecta es imposible,
que la bonita escena de dicha familiar adobada
de villancicos y polvorones es una mentira televisiva
de los anuncios de turrón. Y que los dioses
han muerto, y que en la ex Yugoslavia hay hombres
que violan y degüellan a sus vecinas adolescentes,
con las que se cruzaron en la escalera durante
años mientras ellas crecían. Seguro
que esos hombres y esas niñas, y los padres
de esas niñas, se desearon felices fiestas
(feliz fin de año, por lo menos) en tiempos
pasados y brindaron emocionados los unos por los
otros, entrechocando copitas de coñá
y masticando piezas de guirlache.
En el libro La muerte de la tragedia, el crítico
y ensayista George Steiner cuenta que en una ocasión
viajaba en tren por el sur de Polonia (eran los
años sesenta) cuando, al pasar junto a
unas ruinas, uno de los polacos que iba en su
compartimentos explicó que aquello había
sido una prisión en donde los alemanes
metieron a los oficiales rusos capturados. En
el último año de la guerra, cuando
el ejército de Hitler empezó a replegarse,
dejaron de recibir alimentos. Los guardianes saquearon
los alrededores, pero sus perros policías
se volvieron peligrosos por el hambre; terminaron
echándoselos a los prisioneros y los animales
devoraron vivos a varios hombres. Poco después,
los guardianes huyeron, dejando encerrados en
la bodega a los rusos que quedaban; dos de ellos
lograron sobrevivir matando a los demás
y comiéndoselos. Cuando llegó el
ejército soviético les sacaron de
su encierro y les fusilaron, para que los soldados
no vieran el grado de abyección al que
habían llegado sus oficiales.
Tras escuchar este relato terrible, otra mujer
del compartimento de tren contó lo que
le habían hecho a su hermana en el campo
de la muerte de Mauttaausen; Steiner ni siquiera
lo reproduce, porque era un horror, asegura, que
estaba más allá de las palabras.
Después de eso quedaron todos los viajeros
callados durante unos instantes, y al cabo, un
anciano contó esta hermosa parábola
medieval: “En una desconocida aldea de Polonia
central había una pequeña sinagoga.
Una noche, al hacer la ronda, entró el
rabino y vio a Dios sentado en un rincón
sombrío. Se echó al suelo de bruces
y exclamó: “Señor Dios, ¿Qué
haces aquí?”. Dios le respondió,
pero no como el trueno ni como un torbellino de
viento, sino en voz apagada: ‘Estoy cansado,
rabino, estoy muerto de cansancio’.
Allí se ha quedado Dios, o sea, e bien
y la cordura, en un rincón perdido del
mundo del que nadie tiene memoria. Derrotado y
cansado hasta los huesos por la ferocidad de los
seres y de las cosas. Ya digo que es una leyenda
medieval: me imagino en qué contexto surgió,
en medio de qué desesperanza. Imagino una
Edad Media de fulgor sombrío, de pestes
y de barro, de guerras y penumbras vagamente iluminadas
por el brillo herrumbroso de los espadones goteantes
de sangre. Herido por tanto desconsuelo, Dios
se retiró a la esquina más remota
del planeta y aún no ha vuelto. Steiner
cuenta con su prosa magnífica que le contaron
esto, y yo cuento ahora que él lo cuenta.
Con todo, los humanos al menos disponemos del
bálsamo del a palabra; del anhelo de comunicarnos;
de la capacidad de encararnos con el horror e
intentar asumirlo; de la certidumbre, en fin,
de la belleza. Felices fiestas.
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