Un especial de
El espíritu de la Navidad

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VOLVER A LA INFANCIA

Por Terenci Moix
EPS, 5 de diciembre de 2003
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Siempre me ha encantado aquel número de Cole POorter sobre la señorita que llevaba en su interior una gitana que nadie conseguía despertar. Este número, The gipsy in me, lo interpretó hace algún tiempo Frederica von Stade en una extraordinaria grabación de Anything Goes que recuperaba la partitura original: Servía esta producción para confirmar el talento de la señorita Frederica, que pasa de La cenerentola a lo frívolo con pasmosa facilidad, pero al mismo tiempo sirve para recordarme que todos llevamos dentro algo que nadie consigue sacar. Yo, a falta de gitana, llevó siempre un sueño navideño. ¡Ah, sí, pasé los años dorados de la infancia soñando navidades como las del cine, y sólo en el invierno de mi descontento me concedió Disneyworld todos los placeres que no llegué a conocer en mi ciudad mediterránea. No se extrañe el lector que considere aquel parque de atracciones como el lugar ideal para pasar los días que preceden a las fiestas (unos días después ya está abarrotado, con la consiguiente dosis de incomodidad para las almas pacíficas).

En el hogar de Mickey Mouse, calefaccionado por el clima óptimo de Florida, la Navidad se empeña en ser blanca a los acordes inmortales de Irving Berlin, que van sonando a lo largo de mi paseo. A fin de mantener intacta la promesa de un feliz retorno a la infancia, los altavoces pasan de Berlín a Mary Poppins y ésta al cantable con cuya letrilla consolaba Judy Garland a la niña Margaret O’Brien del dolor de crecer: “Have a little ferry Christmas…”.

Y cuando el sol se pone sobre el castillo de Cenicienta (¿o es el de Aurora, la Bella Durmiente?) uno se pregunta por qué es todo tan bonito ene l reino de la falsedad. Esta debe ser, a fin de cuentas, la única ventaja del kitsch: la ternura que provoca al tocar las fibras de nuestra sensibilidad más inconfesable y que, sin embargo, nos complace revivir para hacernos la ilusión de que perdura en nuestro interior un poco de autenticidad.

Atendiendo a la extraordinaria importancia que tiene la Navidad en el mundo anglosajón, Disneyworld adapta su mitología a la de estas fechas, y todo mi infantilismo lo agradece con fervor. Le mundo del a ficción se ha vestido de púrpura y esmeralda y estoy dispuesto a creer que en las tiendas de Orlando se vende el oro, el incienso y la mirra de las fábulas. Y que en el muérdago de las ornamentaciones y en los abetos iluminados cuelgan todas las ilusiones de mi pasado, para uso y abuso de la memoria de hoy. Que a veces se obstina en ser desmemoriada, justo es decirlo.

¿Por qué es tan traicionera la memoria, cuando debería sernos servicial? Ella es capaz de convertir en luto lo que en principio parecía un viaje de placer. Esto es lo que consigue, con criminales intenciones, la atracción conocida como El vuelo de Meter Pan. Se trata de una experiencia culminante para los niños que no quisieron crecer o los que crecieron demasiado rápido. Resuena, como un himno de añoranzas perdidas, aquella canción que era el himno oficial del renombrado País de Nunca Jamás: “Si acaso quieres volar/ piensa en algo encantador/ como aquella Navidad/ que encontraste al despertar/ juguetes de cristal”.

Nunca encontró juguetes de cristal en mis navidades barceloneses, pero sí es cierto que los soñé obsesivamente, igual que mis personajes literarios (los de El día que murió Marilyn, en especial niños heridos que anhelaban una Navidad blanca, mientras veían morir la infancia entonando precisamente el himno que es divisa de los niños eternos).
Nunca sabrá el escritor cuáles fueron en realidad sus sueños y cuáles los de sus personajes. Sólo llega a comprender una evidencia: las más bellas navidades se desarrollan siempre en el recuerdo. Y nunca serán blancas porque éste e sun color que sólo existe en las pantallas perdidas de la infancia.

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