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El
espíritu de la Navidad |
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NOSTALGIA
Por Elena Ochoa
EPS, 5 de diciembre de 1993
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Llegué a Viena allá por diciembre
del año 1912 y me encontré con que
dos de los contertulios que admiraba más
habían dejado de asistir a las reuniones
del hotel Sacher. Uno de ellos se había
establecido en Zúrich y el otro, aunque
seguía viviendo en Viena, nos e dignó
en aparecer nunca más a nuestra cita de
los miércoles. Aquella tarde hacía
un frío espantoso que logré apaciguar
con un café caliente acompañado
de una apetitosa tarta de chocolate y crema.
Yo era ajeno a la materia que allí se discutía,
pero gracias a la peculiar amistad que unía
a mi madre con el jefe supremo y a los empujones
económicos que daba mi padre a la recién
estrenada asociación, se me había
permitido asistir a lo que barruntaba ser la nueva
ciencia de los procesos mentales inconscientes.
Eso sí, sólo en calidad de oyente.
Acababa de cumplir 24 años y ya había
tenido tiempo para ser infeliz, trabajar como
ingeniero, rebelarme contra la riqueza aburguesada
de mi familia y recalar en Cambridge buscando
la respuesta de la filosofía a la fundamentación
de las matemáticas.
Los principios de las matemáticas, de un
tal Bertrand Russell, me habían impactado
tanto que me presenté a él y le
dije: “Quiero que me diga si soy imbécil
y entonces me dedicaré a otra cosa. Pero
si no lo soy, me gustaría dedicarme a la
filosofía”: Me contestó que
hiciera un ensayo de lo que quisiera guante las
vacaciones de aquella horrible navidad que se
avecinaba, en la que a la gente le daba por aparentar
exultante, no recriminar en alto las desgracias
suyas y las del mundo, y sufrir una especie de
aletargamiento absurdo e incomprensible que no
pocas veces terminaba en suicidio. Suicidio en
todas sus modalidades.
Pensando en cómo estructura mi ensayo terminé
la tarta, pagué y me marché a casa
un tanto extrañado por la no comparecencia
de nadie del grupo. Luego, mi hermano Paul me
dijo que el jefe supremo había tenido que
ausentarse por motivos lógicosde las fiestas
y se había suspendido toda disquisición
hasta enero.
Me puse furioso porque no me parecía serio
el motivo de interrupción de aquellas sesiones
que se suponían eran el éxtasis
intelectual en aquellos tiempos en Viena. “Eso
es lo que tú te crees”, me lanzó
Paul con una sonrisa llena de ironía mientras
abría la tapa de su piano, “aquí,
en Viena, en este momento pasan cosas mucho más
importantes que las que discuten esos psiquiatras
y psicólogos.
El otro día escuché a madre que
le comentaba horrorizada a herr Brahms y a herr
Mahler las interpretaciones que le había
dado, ese que tú llamas el jefe supremo,
a una amiga suya que sufre soriasis. La verdad
es que eran escandalosas, pero más que
nada divertidas”.
No quise seguir escuchando críticas de
indocumentados sobre asuntos que eran más
complicados que lo que sus mentes de mosquito
podían imaginar, así que cogí
mi clarinete e improvisamos no recuerdo qué
para esa noche. Porque mi madre era católica
y mi abuelo paterno y mi padre eran judíos
convertidos al protestantismo en casa se vivía
la nochebuena y la Navidad con todas sus consecuencias.
Esto es, las mesas repletas de todo tipo de manjares
que decían eran delicioso y que yo no probaba,
un árbol enorme plagado de lucecitas ridículas
y bolas relucientes que mi espigado cuerpo evitaba
topar cada vez que atravesaba la biblioteca de
mi padre, revuelos de gentes que se abrazaban
y se deseaban una felicidad que ninguno había
tenido el placer de conocer, y un belén
discretamente colocado en un rincón del
salón privado de mi madre, y al que sólo
ella y yo teníamos acceso.
Delante de ese belén, regalo de su amigo
español Salvador de Madariaga, terminó
el ensayo para el profesor Russell; delante de
ese belén me prometí a mí
mismo solucionar todos los problemas de la filosofía
–eso sí, si me confirmaban en enero
que no era imbécil-; mirando ese belén
tuve ciertos atisbos sobre mi vocación
religiosa que luego se repetirían obsesivamente
a lo largo de mi vida.
Y recordando aquel belen ahora, cuando ya han
pasado 39 años y tengo la certeza de que
voy a morir, escucho a mi hermano Paul Wittgenstein
interpretando en su piano el Concierto para la
mano izquierda que Ravel compuso expresamente
para él, y pienso que aquella Navidad y
aquel rincón solitario con el belén
de fondo decidieron mi destino. La posteridad
que juzgue.
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