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El
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DULCE NAVIDAD
Por Tomás Val
El Norte de Castilla, 28 de diciembre de 2002
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HACE ya mucho tiempo que las Navidades se han
convertido en una especie de cajón de sastre
en el que todo cabe; donde, si metes la mano,
lo mismo te sale una felicitación que un
DVD (desgraciadamente ya únicamente llegan
felicitaciones de empresa, de gentes que te desean
lo mejor, pero que, si no puedes comprar sus productos,
se olvidarán de ti como si nunca hubieses
existido. No me desean feliz año más
que las editoriales a las que hago entrevistas,
almacenes de muebles, periódicos en los
que escribo, 'oenegés' de las que soy socio,
hipermercados que conocen mi número de
tarjeta.
Me quieren más las instituciones que las
personas, qué pena más grande; el
amor y los buenos deseos son artículos
de empresa). Es cierto, estas fechas son la apoteosis
del consumo, en la víspera de Nochebuena
y de Reyes, las calles parecen estar bajo la amenaza
de un inminente bombardeo, el día antes
de una larga época de escasez.
Pero el hombre no puede vivir sin los símbolos
y en estos días nos atacan melancolías
extrañas, deseos sociales y familiares
que poco tienen que ver con la sociedad de mercado
que nos rodea. A pesar de sí mismo, de
nosotros mismos, deseamos inmiscuir en el mundo
que nos hemos formado a todos aquellos que, por
el hecho de compartir una sangre parecida o un
parentesco administrativo, se nos antoja que son
cercanos. Suelen ser un desastre estas reuniones.
Satisfecha la nostalgia -que se cura con el primer
abrazo (no hablo de los padres, o tal vez sí,
en muchos casos, sí), con las primeras
palabras compartidas, con las imprescindibles
noticias y los recuerdos y anécdotas mil
veces repetidos (esa infancia no se acaba nunca,
qué tiempo mágico)-, nos damos cuenta
de que esa melancolía, esa añoranza,
es un sentimiento grato para disfrutarlo a solas.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
El símbolo, que sin duda es uno de los
fundamentos de nuestra vida, se convierte en insufrible
cuando queremos hacerlo realidad. Descubres que
tus hermanos no tienen nada que ver con el niño
que compartió terrores y esperanzas, sueños;
que se han juntado a seres abominables; que tus
sobrinos son unos adolescentes insoportables y
malcriados; de los suegros, mejor no hablar. ¿Y
de nosotros, qué pensarán de nosotros?
El infierno son los demás, somos tan parecidos
a ellos. Habría que cambiar las costumbres
y en Navidad alejarse, propiciar la nostalgia
incurable, engañarnos acerca de los maravillosas
que son esas cenas familiares multitudinarias.
Hay que volver cuando nadie nos espera, cuando
la cocina no despide aromas de antaño.
Dulce Navidad que nos desbarata los sueños.
Entre la tristeza por los que no están
y la decepción que nos provocan los que
acuden, nos pasamos estos días suspirando
por que llegue el día 7 de enero, por que
podamos volver a ser nosotros mismos y añorar
a la familia, a la infancia, la felicidad que
proporciona el verlos a todos reunidos en torno
a una mesa y con toda una madrugada por delante
para decirles cuánto les queremos. En fin,
que Feliz Navidad.
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