Un especial de
El espíritu de la Navidad

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BUENA CARA

Por Angélica Tanarro
El Norte de Castilla, 26 de diciembre de 2002
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NO sé si usted pertenece al batallón de los que odian la Navidad o, por el contrario, al de los que la disfrutan con sincero regocijo. No sé si es de los que, ante una pregunta de las múltiples encuestas que nos atacan, sería de los que dibujaría una 'x' en la casilla de 'no sabe no contesta', porque navega por estas fechas entre la sonrisa bobalicona y la asechanza del escepticismo. No sé si odia los villancicos y, por no oírlos, ahorra todo el año y consigue largarse a las antípodas, donde de Papá Noel no han oído hablar jamás ni los renos o es de los que no puede concebir un 24 de diciembre sin oír 'El pequeño tamborilero', versión 'el tamborilero ya es abuelo'. Quizá lo que peor lleve de estos días sean las reuniones familiares obligadas, porque no soporta las caras de sus cuñadas, ni la cháchara de sus suegros o porque en realidad eso que consideramos la familia hace tiempo que dejó de tener sentido en su vida, si es que alguna vez lo tuvo. O quizá esté harto de buenos sentimientos con fecha fija y dedique estos días a denunciar con denuedo la hipocresía circundante, aunque lo haga con tal furor, que quizá lo que no soporte en realidad sea la hipocresía que se regala a usted mismo el resto del año.

Quién sabe si no es usted de los que no puede permitirse el lujo de que le guste la Navidad porque no está de moda o porque es un intelectual y ponga de pantalla a sus hijos -los niños siempre tan socorridos para todo- para celebrarlas de tapadillo. Quizá sea de los que con la edad ha cultivado un hermoso jardín de los prejuicios y piense que, tras pasar determinadas barreras del calendario, lo mejor es irse retirando poco a poco de todo. No sé -ya digo- si pertenece usted a alguno de estos grupos sociológicos o incluso a varios al mismo tiempo. Poco importa.

No hay recetas de supervivencia universales para traspasar la barrera del fin de año al año nuevo, porque tal frontera en realidad no existe. Sólo una cosa he aprendido con los años y no sé tampoco -qué mar de dudas- si es muy universal o no. Pero a mí me sirve. Consiste en tomarse las cosas con relajo y cierta distancia -sí, ya sé que a veces las circunstancias, sobre todo si son de dos patas y tienen carné de identidad, lo ponen difícil- y tratar de encontrar el lado bueno del asunto, que aunque a veces cueste trabajo, suele tenerlo. Porque, bien pensado, ¿qué hay de malo en desearse mutuamente felicidad?
Además, detrás de la calma suelen venir ideas esclarecedoras. Quién sabe si usted en un momento de soledad y silencio obligados no tiene de pronto un buen pensamiento para alguien a quien habitualmente guarda un enquistado rencor, aunque ya no se acuerde muy bien de la causa que lo motivó. Quién sabe si esa persona lo recibe en plan de 'los jueves milagro' y se abre una pequeña vía de esperanza, aunque sea de milímetros, como las del 'Prestige' -y hay que ver la cantidad de materia que cabe por rendijas tan escasas. Y si todo falla, no hay como recordar qué motivó el inicio de todo. Por encima o por debajo de las creencias, lo que celebramos estos días es el nacimiento de la luz. ¡Qué buen momento para poner algo de luz en nuestras vidas!

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