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El
espíritu de la Navidad |
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BUENA CARA
Por Antonio Gala
EPS, 24 de diciembre de 1995
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Quizá no haya fiesta alguna menos privada,
menos doméstica que la Navidad. Por eso,
quizá no haya fiesta más superflua,
más desvirtuada y más marchita.
En ella (eso se dice) nace Dios. Nace un niño
normal, trémulo y frágil, al aire
afilado del a noche de invierno, entre animales,
de unos padres que nadie quiso admitir bajo techado.
Y entonan los ángeles himnos que hablan
de la paz y de los hombres buenos. Y los pastores
se alborozan sin saber bien por qué y se
transmiten su repentino calor unos a otros. Y
llegan Reyes de otras tierras, guiados por un
astro que surca la noche cielo aún más
remoto… Todo sucede a la intemperie, entre
el frío común, el desvalimiento
compartido y la alegría contagiosa. Nadie
sino los posaderos mercachifles cierran puertas
aquí.
El deseo más antiguo de la Humanidad –ser
como dioses-, el deseo por el que fue expulsada
del Edén para siempre, se realiza ahora.
La Humanidad entera está exultante; los
huesos de los muertos se estremecen; se consiguió
por fin: Dios es ya hombre, se hizo carne mortal.
El orden de los factores no afecta el resultado:
el descenso de Dios equivale a la ascensión
del hombre. Va a habitar con nosotros: sobre los
muertos de todos, alentando la esperanza de todos,
nacido de una virgen.
Esto se cree o no. Pero, ¿quién
le ha puesto modazas a esta fiesta; quién
le ha puesto antifaces, Quién barreras,
lindes, rejas, límites precauciones? ¿Quién
cree y no cree a la vez? ¿Por qué
se esconde cada familia a celebrarla? ¿Qué
hombre es éste que desconfía de
los hombres? Aquí pocos, ceñidos,
muy contados, cerquita del calor ye l pavo y el
besugo, somos como pequeñas bombillitas
en las ramas del árbol trasladado del bosque
a este salón. El espacioso bosque es echado
de menos por el árbol: está en exilio,
como los corazones que ya no celebran ni participan
y han alzado los puentes levadizos.
¿Qué harán las bombillitas
en mitad de un incendio? Porque un incendio significa
esta fiesta. El Creador (o eso se dice) no puso
bridas a su amor; su prenda de salvación
fue para todos; se redujo a vestirse de sangre
para todos, a hablarle a todos, a morir más
tarde por todos. ¿Qué hacen, pues,
ensimismadas, tozudas, invisibles en medio del
incendio voraz y jubiloso, estas amortiguadas
bombillitas? Hechas añicos saltarán;
no dejarán ni siquiera ceniza. Y el árbol,
separado de su rebaño verde, morirá
también. Pero no para todos.
No; no se trata de una fiesta privada. No se reduce
a esta y a esta y a esta familia. Porque no hay
más que una muy grande; la que introdujo
su cuña en el tronco bienoliente de la
divinidad. Todas la misma, todos el mismo hombre…
Qué asco y cuánta pena: el hombre,
para crecer, imagina el misterio, lo recibe como
una palpitante luz entre sus manos, como una iridiscencia;
pero luego, para sentirse cómodo, lo convierte
en juguete: un espejuelo que reverbera con el
sol y lanza a voluntad rayitos dirigibles.
Sin embargo, la Navidad no fue pensada para empequeñecerse.
Fue pensada para que cayéramos en la cuenta
–para que tú y yo cayéramos-
de que somos el mismo ser, y a cada uno, a cada
niño como el niño aquel, se le dio
la vida para que la viviera en el más puro
goce y en el más grande amor. Para que
los hombres que consiguen que otros aborrezcan
la vida y sufran y odien; los hombres que encarcelan
y torturan y llevan a otros a la muerte, no descansen
en el himno de los ángeles, no reciban
el confortable vaho del establo, ni las dádivas
de los pastorcillos, ni los dones lujosos e inútiles
de los Magos.
Qué ha de ser la Navidad una privada conmemoración.
¿Qué hipocresía es esta,
qué cobardía que nos encapulla ante
la hostilidad de lo que nos rodea? A la calle,
a las plazas, a secar de sangre los campos de
batalla empapados, a secar de lágrimas
los rostros de l as madres sin leche, de los niños
sin padres, de los viejos extraviados. Fuera de
casa. A abolir las paredes, los cerrojos, las
cortinas. Que entre el que quiera a la posada.
Que las treguas, falsas como esta Navidad de misa
y olla, no concluyan jamás. Con una Navidad
bien celebrada sería suficiente.
Pero no: tenemos miedo e inspiramos miedo. Nos
conformamos con una vaga limosna arrojada desde
arriba; amenguamos el beso a nuestros padres,
a nuestros hijos, a nuestra refitolera y mínima
familia; escuchamos por televisión las
voces de los coros arcangélicos; nos adormecen
la calefacción y el alcohol y la cena…
Todo es mentira aquí. Si Dios nació
(y eso al menos se afirma), nació en vano.
Marró el golpe. Se excedieron los ángeles.
Se quedaron sin causa la madre y la esperanza.
Esto no es Navidad: nadie cree en ella. Es una
fiesterita íntima en la que se miran los
cobardes a los ojos, en la que se humedecen de
emoción los ojos de los egoístas,
en la que se guiña a Dios con la conciencia
tranquilizada, y se le da las gracias porque no
nos hizo pobres como a los pobres, ni violentos
como al os violentos, ni justicieros como a los
que arriesgan buscando la justicia… Está
bien, está bien; pero no digamos entonces
que creemos en el recién nacido.
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