Un especial de
Juguetes y Reyes Magos

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JUGUETES

Por Alfonso Ussía
ABC, 10 de diciembre de 2003
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CON la anunciada visita del usurpador de las barbas blancas procedente de Groenlandia y de los tres Reyes Magos que se acercan desde Oriente, el reclamo fundamental publicitario en las cadenas de televisión es el juguete. Ya están los expertos y los padres a la greña. Los primeros defienden los juguetes «educativos» y los segundos se disponen a comprar los juguetes que han pedido sus hijos. A los expertos pedagogos habría que recordarles que los juguetes, antes que educativos, tienen que ser divertidos. Los juguetes no están para educar. A eso se le llama papanatismo.

Mi aversión por todo lo que sea violento es infinita, excepto en el cine. Un ataque de sioux o apaches a una caravana de colonos me sigue pareciendo un espectáculo incomparable. Y la escena final del bueno que, herido de gravedad, dispara contra el malísimo y se lo carga, se me antoja consecuente, entretenida y educativa. En mi infancia he tenido toda suerte de armas mortíferas. Revólveres y rifles que disparaban balas de corcho y un cañón que arreaba unos pepinazos con un proyectil de goma maciza al que mis hermanos deben más de un hematoma en el culo. Con ese cañón he destrozado poblaciones enteras construidas con tarugos, y de encontrar alguno en una feria de juguete antiguo, lo compraría de inmediato para seguir con mis guerritas.

Los juguetes meramente educativos son un tostón, y los niños no se distinguen por su tontería. Insisto en el cambio de los niños de hoy, que animan al Lobo Feroz y silban a Caperucita. Nosotros éramos idiotas. ¿Consideran los expertos educativas a toda esa pandilla de muñecas con aspecto de putas de Las Vegas que responden al nombre de «Barbie»? ¿O a esas guarras que tienen mocos, se hacen pis y con unas gotitas de color añadidas al agua se levantan con el mesecito?

Nada tienen de violencias, pero son asquerosas. Los niños, para no ser violentos de adultos, tienen que desahogar su innato instinto épico, bélico y justiciero durante su infancia. ¿Qué gusta a los niños de los videojuegos? El riesgo y la victoria sobre el mal. Peor es regalarles un rompecabezas educativo y que terminen tirándose las piezas a la ídem para escapar del aburrimiento.

Los niños pasan por su época de monstruos, ogros y malvados a derrotar. Y como son niños, ganan sus batallas y se duermen tan tranquilos. Pidan al usurpador del trineo tirado por renos o a los Reyes Magos lo que sus hijos quieren de verdad, no lo que los expertos recomiendan. Los únicos expertos en cada niño son exclusivamente sus padres. El mismo juguete en manos de un niño o de otro tiene un significado y una aplicación diferentes. Con los tarugos, mis hermanas hacían casitas. Cuando estaban construidas, colocaban en su interior pequeños muñecos. Alrededor de las casas ponían árboles de plástico y pedazos de tela verde que simulaban un jardín.

Sobre el césped de mentira, animalitos. Gallinas, caballos, perros y patos. Ellas se sentían felices. Entonces llegaba mi turno, cargaba mi cañón y disparaba sobre la «urba». Todo
se derrumbaba. Y yo también me sentía feliz. En este mundo todo es relativo, como decían Einstein y «Tono». Cada uno establecía un valor diferente a la realidad del tarugo. Y ahora nos llevamos de maravilla. Los Reyes Magos son los intermediarios entre la ilusión y el alcance del sueño.

Si a los niños, en lugar de lo que quieren, se les regala lo que los expertos han decidido que quieren, conocerán el resentimiento y se harán malas personas. El resentimiento en la infancia se puede convertir en una enfermedad crónica. No sean pelmazos los llamados expertos y dejen en paz a los niños. Igual que contra el malvado apache disparan contra el forajido cuatrero. Y se divierten, que es lo principal.

Los expertos son como muchos sexólogos, que inesperadamente ligan y pegan un
gatillazo.

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