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ALGO
PRÁCTICO, PARA VARIAR
Por Angélica Tanarro
El Norte de Castilla, 20 de diciembre de 2001
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DE niña, odiaba los regalos 'prácticos'.
No podía soportar que alguien de mi familia
se presentara en un cumpleaños o en una
Navidad con algo 'necesario', ya fuera un pijama,
una bufanda o unas botas para ir al campo. Tenía
una visión idealizada del regalo y éste
tenía que ser una sorpresa, algo que me
hiciera fantasear y no me recordara que la vida
era eso tan distinto a los sueños.
Pero he cambiado de opinión y ha ocurrido
de golpe. Ya sé que pensarán que
son cosas de la edad, que el tiempo nos vuelve
conformistas y que nos da una especie de diploma
para seguir poniendo eslabones en una cadena que
sabemos errónea pero no nos atrevemos a
parar, porque nos la legaron así nuestros
mayores y a éstos, los suyos... Pero se
equivocan. Mi gusto por el regalo práctico
me ha venido de repente, por sorpresa, como todo
lo importante que me ocurre en la vida.
Y para no perder tiempo en mi nueva situación
voy a ser la primera en regalarme algo práctico
no vaya a ser que, acostumbrados a la frialdad
con que los recibo, o debido a las prisas y a
los problemas de cada cual, se les olvide a los
míos hacérmelo estas Navidades.
De entrada, voy a apagar la radio. Ya no quiero
perder tiempo escuchando debates sobre si estas
fiestas -las Navidades, digo- son o no son de
verdad; sobre si nos ponen tristes o contentos;
sobre si nos engordan o nos dejan el hígado
hecho paté; sobre si nos ataca la fiebre
consumista -como si el resto del año fuéramos
eremitas- o debiéramos apuntarnos un par
de meses a una ONG para disimular. Después,
voy a quemar todos los suplementos de colorín
en los que, tras informarnos de 'qué-significa-la
Navidad-para-el-famoseo-circundante' y llorar
un rato con sus historias, nos clavan cien páginas
de regalos clasificados de 10 a no-sé-cuantos
euros.
Por fin, voy a coger todas esas tarjetas de felicitación
que recibo y, en vez de tirarlas a la basura o
amontonarlas en un cajón haciéndolas
culpables de costumbres protocolarias e hipocresías
diversas, les voy a dedicar al menos una tarde
entera. Sí. Voy a coger al vuelo cada deseo
de felicidad que se me ponga a tiro y lo voy a
limpiar de toda sospecha. Lo voy a cuidar, le
daré el lugar preferente en mi casa, lo
miraré agradecida y trataré de aprender
la lección de vida que lleve agazapada
entre sus letras de imprenta. Me desprenderé
de la inquietud que despiertan los buenos deseos
y dirigiré mi 'mosqueo' en otra dirección.
En la de aquellos que se acostumbran a vivir entre
los malos modales, los desaires, las salidas de
tono y las patadas morales. Hacia aquellos incapaces
de regalar una sonrisa o hacia quienes se empeñan
en pagar sus malos rollos con quien no tiene la
culpa, mientras soportan con increíble
estolidez el maltrato que los demás les
propinan envuelto en papel de oro.
Ah! Y Gracias. Gracias a esa gente que incluso
cuando la vida les golpea con dureza son incapaces
de poner una mala cara o dar una mala contestación.
A esos que saben relativizar sus problemas para
no crear más tensión en el ambiente.
A esa gente que tiene la virtud de hacer que la
vida sea un lugar cálido y confortable.
Aunque no sea Navidad.
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