Un especial de
Juguetes y Reyes Magos

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LA CESTA NAVIDEÑA ME PRODUCE INSOMNIO

Por Francisco Cantalapiedra
El Norte de Castilla, 15 de diciembre de 2002
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MI amigo Alberto, que es de barrio aunque ahora viva en una buena casa, me recuerda que los ricos de siempre se ponían generosos con los pobres regalándoles algunos alimentos de los que tenían almacenados en la finca. Esta circunstancia, referida a los de mi profesión, se refleja perfectamente en esa anécdota (o chiste, que no recuerdo muy bien si es una cosa u otra) en la que el mayordomo anunciaba a la marquesa que habían llegado los periodistas y ésta respondía diciendo: «Pobrecitos, que pasen y coman algo».

Dios me libre de intentar insinuar que en el presente siglo las cosas de la vida periodística se parecen en algo a las del cuento que les acabo de contar, puesto que es bien sabido que quienes nos dedicamos a este oficio de juntar palabras estamos muy bien pagados, muy bien considerados, muy bien formados y, sobre todo, muy bien alimentados, por lo que no necesitamos que nadie nos eche de comer.

Pero yo debo ser la excepción de esa regla, porque no me importa reconocer que llevo semana y media sin dormir esperando que alguien me mande a casa una cesta navideña. Mi psicólogo de cabecera me ha dicho que esta fijación mía con las cestas tiene que ser un trauma infantil, porque o no llegaban nunca, o eran tan raquíticas que valía más la propina que se entregaba al repartidor que el contenido de lo que iba dentro. Aun así, debo decir que una cesta, por roñosa que fuera, siempre tocó mi fibra más sensible, hasta el punto de que no es la primera vez que me voy con los de la tuna a cantar unos villancicos debajo del balcón de quien me la manda.

Supongo que haber sido pobre y seguir teniendo alma de ello es lo que provoca estos agradecimientos tan sacrificados, pues, aunque cantar no lo es mío, pongo mucha vocación y, además, me jodo de frío durante las serenatas, que tienen que ser nocturnas para pillar al señorito en casa y batín.

Estarán de acuerdo conmigo en que pocas cosas hay más clásicas que una cesta de Navidad, con sus turroncitos, sus peladillas, sus higos, su lata de espárragos y, sobre todo, su botellita de anís de La Praviana, cuya presencia siempre agrada. Me hace tanta ilusión que me la regalen que cuando, año tras año, llega la Nochebuena sin que haya venido el repartidor, acabo comprándome una, que me envío a casa con una tarjeta de una empresa gorda para que mi familia vea lo
importante que soy. Bueno, lo importante y lo gilipollas, porque hace falta ser memo para pagarte de tu bolso una cesta que te envías a tu propio domicilio con la tarjeta de otro.

La envidia me corroe cuando veo llegar a las casas de algunos de mis vecinos unas cestas de hasta tres y cuatro pisos, que debajo del celofán amarillo dejan entrever buenas cajas de polvorones, un jamoncito, un par de velas de salchichón, muchos botes y una colección de botellas de todo tipo con las que uno podría mamarse hasta el verano sin salir de casa.

Mi amigo Jesús, que también ha sido pobre, me ayuda a salir del trauma diciéndome que en esas cestas tan aparatosas no es oro todo lo que reluce, ya que, según él, hay comerciantes que aprovechan para colar de matute conservas, bebidas y marcas imposibles de vender a lo largo del año. Son esas latas de caracoles que jamás compraríamos sin estar bebidos; o esos botes de albóndigas a la jardinera; o esas latas enormes de piña en almíbar o macedonia que nadie compraría dentro de un mes; o esa caja de frutas escarchadas que, si exceptuamos a mi suegra, nadie en su sano juicio es capaz de merendarse. Y es lo que yo le digo: Jesús, esas cosas pasan en las cestas de medio pelo, que en las del padre de Vicentín se salían los lomos y las botellas de Chivas por los laterales, y eso no creo que sea cuestión de repartirlo entre la familia.

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