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EL
NIÑO JESÚS, AL CAJóN
Por Francisco Cantalapiedra
El Norte de Castilla, 5 de enero de 2002
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COMO me
imagino que ustedes estarán hasta el
coco de los efectos de la implantación
del euro y de cómo ven este enojoso asunto
todos los comentaristas y tertulianos, prefiero
esperar una semana más para hablar del
tema, entre otras cosas porque bastante tengo
yo con los céntimos como para ponerme
a escribir de ello. Así que me decido
por la fiesta de esta noche de Reyes que es,
precisamente, la que más me cabrea.
Se trata, sin duda, de la jornada más
trágica desde el punto de vista económico,
porque en ella se nos van los últimos
ahorros en la compra de cacharros. Pero lo que
me enoja no es gastar mis primeros euros en
juguetes o deslomarme abriéndome paso
a codazos en las tiendas donde se supone que
venden lo que quieren las criaturas, sino ser
consciente de que los padres somos los más
primos del mundo. Y si no, véanlo de
esta manera: te quedas sin pasta, te pisan comprando,
siempre te falta algo, nunca completas del todo
la lista de encargos+ y ellos se lo agradecen
a los Magos de Oriente.
Qué escena más tierna es ver mañana
a un padre con dos o tres hijos cargados hasta
la chepa de juguetes cuando se cruzan con algún
conocido y les pregunta cómo les ha ido
la cosa y contestan que muy bien, porque 'su'
Rey Melchor les ha traído todo lo que
pidieron. El remate se produce cuando el interlocutor
dice que si se lo han echado todo seguro que
es porque el niño ha sido bueno.
Y en ese momento dan ganas de coger al crío
de las solapas, agitarle y decirle «tú
eres bobo o qué; ¿es que no te
das cuenta de que soy yo el que lo paga todo?
Como te vuelva oír hablar de ese Rey,
a mi, que además de tu padre soy republicano,
te tiro los juguetes al contenedor y te meto
una paliza que te enteras, capullo, que eres
un capullo».
Pero, bueno, como no hay mal que cien años
dure ni Windows que no se cuelgue, ya está
todo acabado y dentro de unas horas el Niño
Jesús, su Divino Padre, su Divina Madre,
los Magos de Oriente, los pajes, la gallina,
el que lleva un haz de leña, el gorrino
y la mula que les dio calor se irán de
nuevo al cajón y aquí paz y después
gloria, que vaya tres semanas que me habéis
dado, ricos. Porque esto del belén en
las casas es una cosa muy bonita y familiar,
pero tendrán ustedes que reconocer que
además de ocupar el mejor rincón,
es una marranada. Lo digo yo, que me he hecho
experto en llevarme con el abrigo el pan rallado
que decora el suelo del nacimiento, que cada
vez que me lo pongo arrastro como para dos croquetas
y un escalope milanesa.
Cuando llega el momento feliz de desmontar el
tinglado a veces me pregunto cómo sería
un belén del siglo XXI. Y empiezo a divagar,
siguiendo mi costumbre. Caganet no sé
si habría, pero algún fulano meando
en una esquina, seguro. San José tendría
un teléfono móvil; los Magos llevarían
colgada una mochila de marca; junto al pozo
se vería una lápida recordando
que fue inaugurado por don Fulano, alcalde de
la localidad; detrás del pesebre habría
un bar de copas y en el rincón una botella
de cerveza vacía y media docena de vasos
de cachis de calimocho esperando la llegada
de los barrenderos, que vendrían con
una máquina de esas que hacen mucho ruido.
Así que esta noche, dentro de unas horas,
comenzaremos el acto más bonito de la
Navidad: el desmontaje del belén. Cogeremos
cuidadosamente cada una de las figuritas que
nos han acompañado a lo largo de cinco
meses (es que se me hacen larguísimas
estas fiestas, créanme) y las mandaremos
al trastero debidamente empaquetadas en ese
plástico que tiene como burbujas que
explotan cuando las aprietas con dos dedos.
Mi amigo Raúl, que si pudiera dejaría
el envoltorio más liso que Tierra de
Campos, dice: es que flipas pinchando burbujas.
Y estoy por regalarle metro y medio de plástico
para que él y su novia rompan burbujitas
en lugar de comer palomitas, que te ponen el
sofá perdido.
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