Un especial de
La lotería

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EL CALVO DE LA LOTERÍA

Por Manuel Hidalgo
El Mundo, 12 de diciembre de 2003
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El calvo de la Lotería, el del anuncio, se afianza, año tras año, como uno de los iconos navideños nacionales. Teníamos a las figuras central del Belén y a los Reyes Magos, el Niño Jesús tan desabrigado, el pobre -pese al aliento de la burra y del buey-, y Sus Majestades, con sus largos mantos, pasando calor como quien dice. Estos llegaron con aires del este y del desértico más allá, de Oriente. Después, poco a poco, nos ha entrado, con viento del Norte y en trineo volador, papá Noel, que venía a cuero gentil, pero con gorro y un chándal a su estilo. Guerra de camellos y renos, como todas.

Y ahora, por los anuncios de la Lotería, se nos está colando ese calvo grandón, ángel negro de la suerte, misterioso enviado de la felicidad remota, aleatoria y pródiga, que, de seguir así, muy pronto será viñeta de los christmas, como si fuera un cuarto mago, o figurita de goma con rosca y con caramelos dentro. El calvo, a la que nos descuidemos, va a terminar reproducido a escala en el belén casero, donde ya sólo faltan, junto al cagón o caganet de los catalanes, las burbujeanes nínfulas doradas de Freixenet, como estela de la estrella, y una Chenoa como lavandera.

Hay otro anuncio muy acertado, que he escuchado por la radio y que reniega de los regalos casposos. El calvo le ha quitado caspa a la Lotería, le ha quitado esa imagen de carniceros exultantes y dependientas piripis que era la imagen de la Lotería al día siguiente de caer el Gordo.

Era, y sigue siendo. Porque, al día siguiente del sorteo, el Gordo se manifiesta en un atracón de marujas coloradas y camareros en brindis, todos ellos gritones y amontonados en las aceras. y queda por resolver el uniforme de los niños de San Ildefonso –con sus calcetines blancos–, la pinta del notario y el costumbrismo cañí, con incursión de algunos piradillos, del salón donde se oficia la caída del maná y el reparto de la pedrea.

Pero a los publicitarios han acertado a darle un toque de posmodernidad a esto de la Lotería. El calvo, con su terno minimalista a lo armani, ha derrotado a al toquilla de doña Manolita. Con él como heraldo, coquetear con el bombo de la suerte ya no es cosa de menesterosos ilusos del realismo galdosiano o celiano, sino cómoda jugada para un diseñador de cafeteras o una arquitecta de jardines. Elcalvo, según salta a la vista, ha metido la Lotería en el paisaje de Matrix, en el posturbano siglo XXI y no va más, pero, como la cosa requiere también de no descuidar los Sabores añejos, aterriza con el alado y cenital misterio de su gabán en un aroma de mazapán y nieve todavía reconocible. Hay que ir poco a poco. En tiempos femeninos, como el género del a suerte misma, y aunque un toque gay esté implícito para consensuar sexos, tiene más de rudo genio de la lámpara que de hada sedosa, aunque independiente. A esto habrá que darle una vuelta sin prisas.

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