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EL NIÑO DE LA BUFANDA
Por Arturo Pérez Reverte
El Semanal, 20 de diciembre de 2003
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Días de Navidad. Esa publicidad de la tele.
Villancicos y mucho ding, dong. Mientras aguardo
a que el pistolero de la cicatriz diga: “Sólo
conozco a tres hombres que disparen así.
Uno está muerto. Otro soy yo. El otro se
llama Cole Trotón”, y John Wayne
responda: “Yo soy Thrton”, me calzo,
resignado, quicne minutos largos de mermelada
televisiva a base de banqueros sonrientes porque
realizan el sueño de su vida, que es darte
un crédito para la cuesta de enero. Luego
vienen jóvenes modernos y felices abrazándose
con espontánea camaradería en torno
a un teléfono móvil, papás
Noel que se lo montan en plan amiguete con los
Reyes Magos, Gepetos que bailan con la decrépita
legítima mientras los hijos, nietos y yernos
sonríen comprensivos trinchando el pavo,
honrados maestros turroneros eligiendo cuidadosamente,
una por una, cada almendra y cada avellana. Etcétera.
Y la verdad es que todos se quieren un huevo.
Y me quieren.
Los veo moverse de anuncio a anuncio, mecidos
por la música ad hoc, mientras cae la nieve
al otro lado de la ventana y los abetos decorados
iluminan las esquinas, y gansa me dan de dejar
que Wayne, Mitchum y Caan se las arreglen solos
frente a los malos, apagar la tele y salir a la
calle en busca de la gente, la buena gente, como
dice algún anuncio, moviéndome al
pegadizo ritmo del du-duá navideño
mientras estampo sonoros besos en sus bocas. Smuac.
Smuac. Smuac. Estoy a puntote hacerlo, como digo,
convencido de que amo a mis semejantes y viceversa,
cuando sale un anuncio de lotería, con
un fulano calvo y un niño con bufanda.
Entonces me paro en seco. Un momento, pienso:
Quieto, chaval, y no seas pazguato. Resérvate
los besos, que aquí falla algo.
Como todos los anuncios se repiten, me quedo al
acecho hasta que lo veo de nuevo. Voilá.
Blanco y negro. Ambiente fraternal. Gente encantadora
que irradia amor y solidaridad. Música
que remite a mesas de camilla, braseros, charlas
de familia, palabras y miradas de cuando los seres
humanos se miraban unos a otros a los ojos, y
no como ahora, todos en la misma dirección:
una pantalla de televisión: El anuncio,
dicho sea de paso, es de una realización
técnica perfecta. Buenísimo. De
esos que, además, te escarban adentro y
remueven cosas viejas que humedecen los ojos y
la memoria. Lotería de Navidad. Ilusión.
Sueños. Gente que se mueve por la calle
entre otra gente a la que desea suerte, y con
la que comparte deseos, amor, felicidad. La magia
del anuncio te traslada a tiempos de pantalón
corto y nariz pegada a escaparates. Frío
en las orejas. Zambombas, panderetas, pavos, guardias
de tráfico que siempre parecían
buenos, con cajas de sidra y turrón a los
pies. El basurero le desea felices Pascuas. El
cartero le desea felices Pascuas. Abuelos que
esperaban en casa. Párpados abiertos en
la oscuridad, a la espera del ruido que delatase
a Melchor, Gaspar y Baltasar encaramándose
al balcón. Y el niño de la bufanda
que lo miraba todo con ojos abiertos por la ilusión
y el asombro.
Ahí está el fallo, descubro al fin.
El truco. Ahí está la falacia del
asunto, la nota discordante, lo que hace que todo
lo que me cuenta ese anuncio se vuelva, de pronto,
falso. El niño de la bufanda y la gorra,
vestido anacrónicamente, con la ropa de
otro niño que tú recuerdas bien,
se pasea por el anuncio de la mano del señor
calvo por un mundo cálido en blanco y negro
–nada es casual en la puta tele- mirando
fascinado el mundo feliz que se extiende a su
alrededor. Las sonrisas. La bondad… El calor
solidario de gente que parece conocerse de toda
la vida. Pero tú sabes, porque recuerdas;
porque, pese a todo, no han logrado confundirte
por completo la memoria, las sensaciones, el olor
de aquella Navidad que el anuncio pretende recrear,
apelando a ese niño que conoces mejor que
nadie, para hacerte entrar en el juego. Para vender
más lotería.
Es entonces cuando despiertas. De qué navidades
están hablando, te preguntas. Desde lueo,
no de la del año 2002. No del a que sale
en cada telediario, ni oyes en la radio, ni ves
en la calle. La gorra y la bufanda del niño
encajan mal con las caricaturas de enanos gringos
que viste hace dos meses disfrazados de esa memez
anglosajona llamada Halloween, o con los que encuentras
por la calle, remedos de niños virtuales
que nunca existieron hasta que la tele .-las series,
los anuncios con otros niños en otras épocas
del año, cuando el mensaje que conviene
calar es diferente-, los hizo existir. Y comprende
que ese niño de la gorra y la bufanda es
sólo un fantasma resucitado por el oportunismo
comercial de los de siempre. Ya no está.
Lo mataron en cualquier guerra civil, o emigró
asqueado, o le borraron la memoria en esta España
de curas, banqueros y tertulianos de radio, botijera
de Occidente, que va tan bien y sale tan guapa
.Prestige aparte- en los informativos y en los
anuncios del a tele. Así que al final,
vuelves a John Wayne, y decides que pueden meterse
el anuncio donde les quepa. Quieren conmover,
y sólo consiguen entristecerte. Y cabrearte.
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