Un especial de
La lotería

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OJALÁ NO ME TOQUE LA LOTERÍA

Por Francisco Cantalapiedra
El Norte de Castilla, 22 de diciembre de 2002
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CUANDO ustedes lean este artículo, algunos serán multimillonarios gracias a la lotería de Navidad que, como muy bien saben, se celebra esta misma mañana. Antes de salir de casa a comprar el periódico y leerlo tan ricamente en el bar, se habrán hartado de la matraca que dan los niñitos del colegio ese de Madrid que, además de no sacar nunca el número que hemos comprado nosotros, son unos palizas de muerte.

Es posible que incluso hasta yo sea inmensamente rico y éste sea mi último artículo, porque pienso darme el piro a un sitio lejano con playa y sol y no tendré ganas de enviar tonterías a la Redacción y menos todavía de escribirlas. Aunque a decir verdad, este año tengo menos posibilidades que nunca de ser millonario porque en euros no hay un dios que se haga rico y menos cuando solamente se juegan seis en una participación de la Asociación de Viudas Cristianas de Ferroviarios, que es lo único que llevo. Y si ustedes se preguntan cómo es posible que un vagazo como yo no aproveche esta lotería para tentar la suerte y convertirse en don 'millonetis' gracias a los niños de San Ildefonso, se lo cuento enseguida. Después de este punto y aparte.

Ya les expliqué que fue en agosto cuando vi por primera vez el anuncio de la lotería de Navidad colocado en una marquesina de autobús cuando volvía de la playa. A pesar del tiempo transcurrido, lo recuerdo a la perfección, porque allí estaba, en blanco y negro, el tío calvorota y orejudo del anuncio tentándonos el bolsillo y provocando al personal con una pregunta cuya respuesta llega precisamente hoy: «¿Y si toca aquí?». Pues nada, hijo, si toca aquí, tendremos que hacer lo que hacen los afortunados que salen por la tele: beber cava en vasos de plástico, dar saltitos y mostrar a cámara un décimo con el número premiado. Juro que si me toca a mí también daré saltitos, que un día es un día y los ricos no hacemos el ridículo ni cuando nos ponemos a ello. A lo que íbamos, que me disperso.

Padre, me confieso de haber sido rebelde y no haber hecho caso a la sociedad de consumo, empezando por el organismo Loterías del Estado, a quien sólo he ayudado con esa participación de mil pelillas. ¿Y saben por qué? Pues no crean que mi rebeldía ha sido social e izquierdosa, no. Tiene que ver con el anuncio en sí mismo, que es que me cae como una patada en mis partes, salvando las distancias. A riesgo de que mis amigos publicistas dejen de hablarme, e incluso jugándome que en casa (donde les encanta el anuncio del calvorota aludido) me tiren la sopa encima, les diré que la campaña publicitaria que nos ha metido hasta por las cejas la maldita lotería de Navidad me recuerda demasiado a la época en la que era niño y mi amigo Vicentín me ponía los dientes largos no sólo con sus regalos de Reyes, sino con las cenas que se pegaban en su casa, donde por tener tenían hasta calefacción central, que en la mía no la veíamos ni por el forro.

Es cierto que el niño que sale en el anuncio de ahora no se parece a mí ni en el blanco de los ojos, porque éste tiene cara de sanote y de feliz, pero la bicicleta que lleva es más antigua que el Niño Jesús en el pesebre; los soportales que aparecen se asemejan mucho a los que reflejaba Bardem en 'Calle Mayor'; las calles empedradas me recuerdan a las de las películas de Jack el Destripador; la nieve que cae es más irreal que el amor eterno; y esa estética en blanco y negro me recuerda mucho a la España de mi infancia en la que todo estaba pintado de esos dos colores. Por todo ello, he decidido no gastarme este año la pasta en la lotería, que tiempo habrá de invertirla en otras cosas. He aquí la razón por la que sólo juego esa mísera cantidad que les he dicho.
Sólo faltaba que, encima, me tocase el gordo.

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