Un especial de
Nochevieja y año nuevo

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EL ESPESO SABOR DE LA RESACA

Por Carmen Rigalt
La Revista, 24 de diciembre de 1995
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Pasa el tiempo, pasan las hojas, pasa la vida, y al gente seguimos igual. Igual de gilipollas, quiero decir. No hay moda que se cargue la abyecta tradición de los cotillones de fin de año. Uno de mis recuerdos juveniles –juventud de quince o dieciséis años, extrapolable a la de cualquier otra mujer de mi generación- es la obsesión por estrenar vestido esa noche.

No estaban entonces las cosas para dispendios, pero siempre caía un traje de gasa mal cosido, un frufrú, un lamé de cartón que arañaba los muslos y te tenía toda la noche como metida en una armadura. Ahora, con menos tules y menos armaduras, las jóvenes siguen fieles a esa preocupación, que empieza a tomar cuerpo hacia el mes de octubre y se materializa definitivamente allá por el día del os inocentes, cuando la madre o el padre, hartos ya de escuchar la misma cantinela, se rascan el bolsillo para que su hija no sea víctima de agravios comparativos con las amigas.

El fenómenos se generaliza porque las amigas en cuestión tampoco quieren ser víctimas de agravios comparativos respecto a otras amigas y éstas, a su vez, respecto a unas terceras. A fuerza de no querer agraviarse ni compararse todas acaban yendo de uniforme al cotillón. El mismo carmín cereza, el mismo vestido negro y lamido, la misma tontería.

Con el cuerpo errante, la sonrisa adulterada, los pechos tiritando de frío bajo el escote y un mar de piel blanca donde se vierten empellones, manoseos y whiskies, las chicas viven su noche de estreno y cotillón. Tres cuartos de lo mismo sucede con los chicos, aunque en ellos la preocupación por la indumentaria no va más allá de la corbata,. En eso siempre han salido ganando. Con una americana y una corbata prestada van que chutan.

Para los jóvenes, la noche del 31 constituye la fiesta de la exaltación de la libertad. O sea, de la libertad de horarios. Mientras un sábado cualquiera llegan a casa a la tres o las cuatro de la madrugada, el día de fin de año se permiten el lujo de hacerlo a las tres o las cuatro de la tarde. El alcohol es la gasolina que mueve la juerga. Sin alcohol no hay fiesta que resista. Doy por hecho que mencionar la palabra alcohol me costará las quejas de varios jóvenes adictos al Cola Cao, pero eso no puede echarme atrás.

Negar el protagonismo del alcohol en los ambiente juveniles es como negar la evidencia del calor en los mediodías asfixiantes de agosto. El cotillón necesita, pues, alcohol para sobrevivir. Ahí, en ese rito alineante y multitudinario, en ese amasijo de identidades fotocopiadas que cuajan los cotillones, brotan algunos destellos de felicidad. No se bebe para olvidar, sino para recordar. Sobre todo, para recordar que hay que seguir bebiendo.

Las autoridades, que fingen estar en todo, este año han preparado dispositivos especiales con objeto de vigilar el cumplimiento de la normativa en lo que se refiere a control de aforos y observación de la edad reglamentaria en los asistentes. El negocio cotillonero se presta al desmadre y a la engañifa, esto es, a dar gato por liebre, ruido por música, serpentinas por canapés, o incluso a no dar nada, salvo el inevitable alcohol de garrafa. Pero no sólo los jóvenes beben con frenesí. También lo hacen los mayores, aunque a ellos les gusta compartir la bebienda con algún bocadito y un buen surtido de matasuegras chirriantes. El matasuegras, símbolo del cotillón tradicional, ha sido felizmente desterrado de muchas fiestas. Nada bueno se puede esperar de un objeto que tiene semántica hortera, sonido de pedorreta, etimología de chiste de Arévalo.

Y de la épica de los cotillones, a la lírica de algunos cenáculos privados por donde discurren armoniosamente las ocurrencias. Sin matasuegras, sin brincos, también es posible saborear la felicidad. Es el caso de la fiesta de Fernando Fernán Gómez, un célebre cotillón en el que recalan los cómicos a lo largo de la noche para rendirle homenaje al maestro. Ahí todo es bonanza. Se hacen risas, piropos y amistades. Se hace ingenio. Cuando el año nuevo empieza a teñir de lila el amanecer, María Luisa Ponte lanza una consigna somnolienta. Umbral recoge ceremoniosamente los bártulos y Fernando, cual samaritana, da de beber a los rezagados que buscan cobijo en su noche. La ciudad, para entonces ya ha iniciado el camino de la resaca.


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