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UNA
NOCHEVIEJA EN BUCAREST
Por Arturo Pérez Reverte
El Semanal, 28 de diciembre de 1997
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Aquellas navidades
Ceaucescu acababa de irse al carajo, y por unos
días el pueblo rumano se creyó libre
y dueño de su destino. Había euforia,
barricadas, combates y muchos muertos. Habíamos
llegado a Bucarest en vísperas de Nochebuena,
la mañana misma de la revolución,
tras un viaje de locos a través del os
campos nevados derrapando en carreteras heladas,
por los desfiladeros de los Cárpatos desde
cuyas alturas, como en las películas de
indios, los campesinos armados con escopetas de
caza nos veían pasar, antes de pararnos
en barricadas con tractores atravesados en la
carretera para invitarnos a beber por la libertad.
La Nochebuena había sido muy dura, porque
en Bucarest hacía un frío del carajo,
los francotiradores de la Securitate disparaban
al buen tuntún, no había comida
ni tabaco, ya Jean Pierre Calderón, que
era un viejo amigo del Líbano y otras guerras,
y a un periodista francés cuyo nombre he
olvidado, o no supe nunca, se los cargaron nada
más llegar. Así que la moral de
la veintena de reporteros que cubríamos
el asunto andaba por los suelos.
No sé si la idea fue de Alfonso Rojo, Julio
Alonso, Ulf Davidson o algún otro. Igual
hasta fue mía. Lo cierto es que a mí
se me encomendó ejecutarla porque Nilo,
el chófer rumano al que yo le pagaba cada
día cien dólares de TVE para que
sobornara, robara, consiguiera gasolina y, en
suma, nos buscara la vida, era un ex proxeneta
que conocía al dedillo los antros de la
ciudad.
Habíamos acordado que, a diferencia de
la triste Nochebuena, la última noche de
1989 sería algo especial. Así que
alquilamos una suite en nuestro hotel, el Intercontinental,
y reunimos viruta suficiente para una cena razonable
de mercado negro, con las cantidades de caviar,
vodka y champaña adecuadas al caso. En
cuanto al desequilibrio numérico de sexos
–sólo cuatro entre nosotros eran
mujeres, incluida una productora de la CNN-, había
toque de queda ya demás la mayor parte
de las putas rumanas habían trabajado para
la Securitate, así que andaban escondidas.
De modo que, dispuesto a rehabilitarlas ante la
sociedad, pasé una tarde recorriendo los
burdeles de Bucarest, con Nilo de intermediario.
Recluté a dieciocho: cincuenta dólares
por chica y una buena cena eran argumentos irresistibles.
Y al llegar la noche todos nos pusimos camisas
limpias, y en la puerta del hotel fuimos recibiendo
a las lumis, todas con sus mejores galas, que
Nilo traía en grupos detrás o cuatro
en nuestro coche con el rótulo de TVE,
para ofrecerles el brazo y llevarlas con mucha
ceremonia al lugar de la fiesta.
Hay cosas que uno vive y después, con el
tiempo, comprende que las ha vivido para luego
recordarlas. Aquella fue una de esas veces. Hubo
música, baile, humo de cigarrillos, conversación.
Las matanzas, Ceaucescu y la Securitate quedaron
fuera esa noche, que transcurrió como una
velada perfecta, impecable, donde todo el mundos
e comportó con especial corrección:
las reporteras hembras mostraron una generosidad
y un tacto admirables con las lumis, y los varones,
hasta quienes estaban más mamados, no perdieron
los papeles.
Una china enorme de chocolate que dos colegas
de la TVG habían pasado, ignoro cómo,
a través de aeropuertos y aduanas, hizo
su aparición y fue debidamente honrada.
A las doce en punto, desde la terraza, los más
eufóricos le tiraron bolas de nieve al
de la CNN que estaba en la calle, emitiendo en
directo. La cosa se animó cuando los chulos
de las chicas vinieron a buscarlas y los invitamos
a unas copas, y al final se sumaron también
los camareros en mangas de camisa, y la gente
se iba quedando cocida o dormida en los sofás
y los sillones, y algunos cantaban e grupos, y
otros salían a la terraza cubierta de nieve
a ver amanecer.
Y todavía subieron los soldados que estaban
de centinela en las barricadas cercanas al hotel.
Y hubo un momento en que todos, soldados, macarras,
camareros, putas y periodistas, estábamos
cocidos como cubas pero muy tranquilos y muy a
gusto, a ver si me entiende, y nos pasábamos
los brazos por los hombros y cantábamos
en seis o siete lenguas distintas canciones melancólicas
y canciones de amor. Y los macarras nos contaban
que la vida estaba muy jodida y nos ofrecían
irnos a la cama con sus chicas, a mitad de precio
e incluso gratis, pero casi nadie aceptaba la
oferta. Les dábamos un abrazo a ellos y
besábamos a las chicas y decíamos
que, no, gracias, que no era necesario, que así
estábamos bien. Y ellos sonreían
un poco, entre desconcertados y amistosos. Y nos
daban fuego al cigarrillo.
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