Un especial de
Nochevieja y año nuevo

<<
Atrás

LA NOCHE MÁS PIJA DEL AÑO

Por Francisco Cantalapiedra
El Norte de Castilla, 29 de diciembre de 2002
-------------------------------------------------------

LOS que tienen la paciencia de leerme saben de sobra que las fiestas navideñas no son lo mío. Creo que es un periodo demasiado largo en el que me veo obligado a hacer cosas que no me gustan, entre las cuales destaco el montaje del belén, la compra de lotería en participaciones, la espera interminable a que llegue a se pone todo pringoso en cuanto lo sacas de la caja, que más que turrón parece queso en aceite. Por no hablar de los buenos deseos, de las cenas indiscriminadas, de lo secos que son los polvorones, de lo insulso que resulta el roscón de Reyes o de lo tontas que son las peladillas. En resumen, e imitando a Paco Martínez Soria cuando hacía de paleto, la Navidad no es para mí. De todas formas tengo que decir que esta rareza mía viene de antiguo, quizá de cuando no tenía turrón que zampar y decidí vengarme de estas fechas tan entrañables portándome como un resentido y un antisocial, que es lo que soy y lo reconozco.

A medida que pasan los días de la Navidad voy acumulando una mala baba de la que no me libro hasta que no llega el 7 de enero. El cabreo que me producen los buenos y falsos deseos se suma al hecho de que en la lotería nunca me toca ni una participación, a que me siento mal en las fiestas, a que dedico un montonazo de tiempo a comprar regalos para otros, a que tengo que poner cara de alegría cuando los Magos me dejan en la ventana cosas que no sirven absolutamente de nada, y así sucesivamente. Pero dentro de la desgracia que se cierne sobre mí estos días, lo que llevo peor de lo peor es la tabarra interminable de anuncios en la tele y la Nochevieja, que yo califico sin rubor como la noche más pija del año. Y este calificativo puede aplicarse tanto si sales de casa como si te quedas en pantuflas dentro de la tuya y comiendo las uvas de pie, con una media roja, dos velas encendidas y una docena de petardos de ésos que están prohibidos, pero que todo dios puede comprar libremente en cualquier puesto callejero.

El que sale de casa está obligado, como mínimo, a hacer las siguientes cosas: elegir con antelación el lugar donde piensa tomarse las copas; reservar su entrada pagando por ello una pasta gansa; comprarse un traje y unos zapatos; joderse de frío para ir elegante por la calle; ir de peluquería; ducharse por la mañana y por la noche; buscarse la vida para ir sin coche al local elegido, no sea que la caguemos al volver; ponerse contento con la bolsa de cotillón que dan en el sitio elegido, que suele llevar dentro papelines de colores, un gorrito de cartón y un silbato que molesta; y beberse tres miserables copas en toda la noche porque hay tanta gente que es una odisea llegar a la barra a por más.

Claro que si te quedas en casa el panorama no es mucho mejor, porque hay que elegir entre todas las cadenas de televisión el programa más hortera de todos; dejarse los ahorros de la cartilla en percebes chilenos (que, a falta de gallegos, este año hacen furor) que saben a papel de estraza; vestirse para cenar en lugar de hacerlo como siempre, en chándal; ver caer la bola del reloj de la Puerta del Sol; retirar la mesa baja del salón y bailar con la música de la tele, y lo que es peor: especular con el último anuncio del año 2002 y el primero de 2003.

No me digan que no es castigo estar pendiente de semejante tontería. No me digan que no tienen delito los anunciantes que pagan cifras millonarias por conseguir semejante pijada. Para salirme de la norma este año, además de no salir de casa, pasaré los primeros minutos del que viene planteando las grandes metas que quiero alcanzar en 2003: luchar contra la calvicie y no volver a chupar la parte trasera de las tapas del yogur, que un día me voy a cortar la lengua y, como dice mi señora, ese día me enveneno. Como hay Dios.

<< Atrás