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FELIZ
AÑO NUEVO
Por Arturo Pérez Reverte
El Semanal, 30 de diciembre de 2001
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Era guapísima, pensó. La mujer más
guapa del mundo. Un vestido negro, escotado por
detrás, el pelo recogido en la nuca. Unos
ojos grandes e inteligentes que lo miraron de
esa manera singular con que miran algunas mujeres,
como si se pasearan por dentro de ti, escudriñándote
cada rincón, y esa certeza te erizara la
piel. No sabía cómo se llamaba,
ni quién era. Ni siquiera si estaba con
otro. Pero comprendió que era ella.
Así que venció el nudo que se l
había hecho en la garganta y dijo aquí
te la juegas, chaval, te juegas el restote tu
vida, y a lo mejor haces el ridículo más
espantoso; pero sería peor no intentarlo.
Así que se fue derecho hacia ella, recorriendo
esos cinco últimos metros que ningún
hombre inteligente franquea si no son los ojos
de la mujer los que invitan a recorrerlos. Hola,
me llamo tal, dijo. Y no me perdonaría
nunca dejarte salir de mi vida sin intentarlo.
Ella lo miró despacio, evaluando su sonrisa
algo tímida, la manera sencilla que tenía
de estar de pie ante ella, encogiendo un poco
los hombres como diciéndole ya sé
que lo hemos visto muchas veces en el cine y por
ahí, pero no puedo evitarlo. TE pareces
a esas cosas que uno sueño cuando es niño.
Lo consiguió. La felicidad le estallaba
dentro y el mundo y la vida era una aventura maravillosa.
Bailaron, rieron. Compartieron sus mundos e hicieron
que éstos empezaran a fundirse el uno con
el otro. Música, cine, viajes, libros.
Tiene cosas que yo necesito, pensó. Cosas
que a mí me faltan. A veces se quedaban
callados, mirándose un rato largo, y ella
sonreía un poco, casi enigmática.
Quizá se sienta como yo me siento, pensó
él. Tocó su piel, rozándola
con precaución al principio. Acercaron
los rostros para conversar entre la música,
acarició su cabello, respiró su
aroma, asimiló cada registro de su voz.
Algo hice para merecerla, pensó de pronto.
Los años de colegio, la facultad, el trabajo,
la lucha por la vida. Sentía que era un
premio especial; que una mujer así no caía
del cielo a cambio de nada. Eso lo hizo sentirse
más seguro, más cuajado y adulto.
Y en sólo unas horas, maduró. Se
hizo lúcido y se dispuso a merecerla.
Llegaron las campanadas. Ding, dong. Todos bailaban
y reían, brindaban, chocaban las copas
salpicándose de champaña. Feliz
2001. Feliz año nuevo. Él nunca
había sido muy sociable; tenía sus
ideas sobre las fiestas de año nuevo en
general y sobre la Humanidad en particular, y
no eran ingenuas en absoluto.
Sin embargo, aquella vez amó a sus semejantes.
Los habría abrazado a todos. Con la última
campanada ella se quedó mirándolo
en silencio, la copa en la mano, la boca entreabierta,
y él se inclinó sobre sus labios.
Sabían a champaña y a carne tibia,
y a futuro. Alrededor de los amigos aplaudían
y bromeaban sobre el flechazo.
Ellos seguían mirándose a los ojos
y se besaron de nuevo, ajenos a todo. Y más
tarde, rozando el alba, la acompañó
a su casa. Se besaron de nuevo en el portal, mucho
rato, y él regresó a casa caminando
en la luz gris del amanecer, las manos en los
bolsillos, sintiendo deseos de dar pasos de baile,
como en las películas. Estaba enamorado.
Pasaron los meses y se amaron con locura. Ella
estaba en el último año de carrera;
él, a punto de conseguir el trabajo soñado
durante muchos años. Viajaron juntos y
hubo un verano maravilloso, el mar, los paseos
por la playa, las noches cálidas. Cuando
estaban juntos apenas necesitaban otra cosa. Ella
se le aferraba, jadeante, sus ojos muy abiertos
cerquísima de los suyos, abrazándolo
como si pretendiera hundírselo para siempre
en las entrañas. Te amaré toda mi
vida, dijo él.
Me parece que deseo un hijo, dijo ella. Que se
parezca a ti. Que se nos parezca. El mundo era
una trampa hostil, pero podía ser habitable,
después de todo. Era posible, descubrieron
sorprendidos, construir un lugar donde abrigarse
del frío que hacía allá afuera;
un refugio de piel cálida, de besos y de
palabras. A veces se imaginaban de viejos, con
nietos, libros, un pequeño velero con el
que navegar juntos por un mar de atardeceres rojos
y de memoria serena.
Aquel año consiguió el trabajo por
el que había luchado toda su vida. Un puesto
de responsabilidad en una multinacional importante.
El primer día que fue al despacho, al llegar
a su mesa situada junto a la ventana con una vista
maravillosa de la ciudad, pensó que había
llegado a algún sitio importante, y que
el triunfo también era de ella. Tenía
que compartir ese momento, así que descolgó
el teléfono y marcó el número
de casa donde ahora vivían juntos. Estoy
aquí, lo he conseguido. Estoy en la cima
del mundo, dijo. Y te quiero.
Mientras hablaba sus ojos se posaron, distraídos,
en el calendario que estaba sobre la mesa: martes
11 de septiembre. Luego se volvió a mirar
por la ventana. El día era hermoso, los
cristales de la otra torre gemela reflejaban el
sol de la mañana, y un avió enorme
se acercaba volando muy bajo.
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