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OTRA VEZ AÑO NUEVO
Por Almudena Grandes
EPS, Domingo 29 de diciembre de 2002
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El celofán estaba intacto, tan terso, tan
brillante como si lo hubieran colocado ayer sobre
las figuras de mazapán. Los polvorones
arropados en papel blanco, los mantecados alineados
según su sabor y el color de su envoltorio,
los bombones de coco en su elegante abrigo dorado,
los de guindas en otro más vivo o más
vulgar, rojo rabioso, brillaban a la luz de la
despensa con una tenacidad desesperada, como si
no se resignaran a su caducidad.
La caja era rectangular, aparatosa, y tenía
tanta trampa como cartón, porque un doble
fondo de plástico, dividido en pequeños
compartimentos calculados según el tamaño
de cada dulce, reducir en un porcentaje considerable
el contenido que prometía su tamaño.
Pero era una caja grande, de las mayores, y la
encontré exactamente en su sitio, en el
lugar donde debía estar, el estante de
las provisiones inclasificables, entre un bote
de pimentón y un paquete de láminas
de gelatina que debí de comprar yo misma
alguna vez, mientras planeaba una tarta que nunca
llegué a hacer.
Ahí estaba, ahí estuvo en enero
de este año que termina, y en abril, cuando
comenzó la primavera. Los calores de junio
y la melancolía de septiembre la sorprendieron
ene. Mismo sitio, y por ella pasó octubre
distante e indeciso, noviembre con sus nieblas
y sus lluvias, y otra vez diciembre, frío
y destemplado, ruidoso y manirroto, festivo y
seguramente alegre, pese a todo. Ahí estaba,
ahí estuvo, pero yo no la vi. No la había
visto hasta hace un par de semanas.
Aquella mañana volví del mercado
con una bolsa llena de pequeñas dosis de
Navidad comestible. Todos los años intento
retrasar al máximo la tentación,
y esta vez había logrado ya que el calendario
me pisara los talones. Papá Noel debía
de estar apurando las postreras hieles de la dieta
que le consiente bajar por las chimeneas cuando
yo –las protestas en mi casa, todo un clamor-
me decidí a afrontar por fin el irresistible
escaparate de las mil y una almendras.
Siempre me ha asombrado que un fruto tan pequeño,
tan modesto y seco, haya podido generar tal variedad
de sabores deliciosos, y por eso siempre compro
más de la cuenta, asumiendo mi incapacidad
para pronunciarme entre el turrón duro
y el blando, entre los polvorones y los mantecados,
entre el guirlache y el mazapán.
Luego, también como siempre, repartí
las pruebas de mi indecisión en un abandeja,
la misma que usaba mi madre cada año en
Navidad, y con el ánimo un tanto maltrecho
por esa coincidencia fui a la despensa a guardar
el resto. Entonces la vi, una caja grande, nueva,
intacta, envuelta aún en una película
de plástico transparente. En uno de los
lados tenía un rectángulo blanco,
y en él, una fecha impresa con tinta negra,
consumir preferentemente antes de noviembre de
2002, decía.
Tardé un buen rato en cogerla, en tocarla,
en abrirla. Estaba atónita, paralizada
por el asombro, y asombrosamente triste. Era una
simple caja de polvorones, nada más que
una caja de polvorones, pero llevaba un año
allí, esperando a que la abriéramos
y a que la vaciáramos, y ni siquiera la
habíamos visto. Parece una tontería.
Sé que parece una tontería, y sin
embargo, en ningún otro momento de esta
Navidad, ni siquiera cuando saqué de la
alacena la bandeja de turrones de mi madre, he
llegado a experimentar una tristeza semejante.
El tiempo pasa tan deprisa, y tenemos tantas cosas
que nos sobra, y tan poca capacidad de controlar
lo que sucede a nuestro alrededor, que a veces
parece que la vida se consume sola, arrinconada
en el estante de una despensa, en un lugar que
vemos sin alcanzar a mirar lo que contiene. Por
eso, para el año que empieza, les deseo
a ustedes lo mejor –si son gallegos, algo
mejor que lo mejor- y, al menos, que cuando haya
acabado el invierno, y se haya consumido la primavera,
y el verano haya cedido su espacio al otoño,
y diciembre vuelva a la carga con su canción
sentimental y agridulce, no se encuentren en ningún
armario ninguna caja cerrada, estéril,
caducada. Feliz Año Nuevo.
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