Un especial de
Tradiciones

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VILLANCICOS

Por Francisco Cantalapiedra
El Norte de Castilla, 22 de diciembre de 2002
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El señor Roland Tremper es el responsable de la central sindical alemana de servicios Vendi y acaba de contribuir con su grano de arena a preservar la salud física y mental de los trabajadores de tiendas y grandes almacenaes. Ha pedido con rotundo verbo que los comerciantes berlineses concedan a sus empleados un cuarto de hora más de descanso para que puedan protegerse un poco del martilleo constante, inhumano, trepanador, insoportable de los villancicos que tienen que escuchar ocho horas al día gracias a los ubicuos altavoces o hilos musicales en esta temporada navideña.

Cómo no darle la razón en sus demandas al señor Tremper: por experiencia propia sabemos que ni el más desalmado de los torturadores hubiera sido capaz de aplicar a sus víctimas la horrible sevicia de obligarles a soportar durante ocho horas ininterrumpidas cada día un recital de villancicos. Quien esto firma antes preferiría aguantar el estruendo de un martillo neumático o del bombo de Manolo.

Pero es que hay más: según un exhaustivo estudio realizado por expertos en contaminación acústica, los villancicos son un tipo de música que provoca dolores de cabeza, mareos y trastornos del sueño. Nada sorprendente hay en este diagnóstico certero, pero está bien que los que venimos detestando el sonido inmisericorde de esos melifluos canturreos recibamos el aval de los científicos. Ser obligado a tragarse por tierra, mar y aire y por contrato una tanda de villancicos tendría que ser motivo suficiente para solicitar la baja laboral remunerada y para acumular méritos de cara a la concesión de la medalla del trabajo.

A partir de este momento, damas y caballeros, no nos quedará más remedio que proveernos de tapones de cera o cualquier otro artilugio que alivie la agresión implacable que van a sufrir nuestros tímpanos y nuestro cerebro. Sugiero a nuestros sindicatos locales que aprendan la lección de sus colegas alemanes y exijan a los empresarios que no martiricen a sus empleados cantándoles lo del chiquirritín, los peces en el río, el tamborilero feroz y su santa madre o eso de a Belén pastores que ha nacido el niño.

Y en las carátulas de los discos de villancicos debería inscribirse, al modo de las cajetillas de tabaco, que la audición de ese tipo de música perjudica muy seriamente la salud. Quizá los tiernos infantes encuentren alguna clase de gracia en esas cancioncillas, pero los que ya llevamos unos cuantos años a nuestras espaldas nos hemos ganado a pulso el derecho a que dejen de volvernos tarumbas en cuanto llega diciembre. Toda mi solidaridad para el señor Tremper y sus justas reivindicaciones.


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