Un especial de
Tradiciones

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LA CENA DE LAS CUATRO EFES

Por Andreu Buenafuete / Xavier Cassadó
EPS, 10 de diciembre de 2000
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Llámenme irreverente, pero a pesar de lo que se canta en La Marimorena, yo jamás me he emborrachado en Nochebuena con una bota. Y no por falta de ganas, sino por falta de bota. Porque, en esas ocasiones, todo el mundo tiene necesidad de beber. Vamos, incluso los peces en el río. Si no, es imposible aguantar la noche de las tres efes, fiesta, familia y felicidad. Porque la suma da una cuarta efe: falsedad. Sólo hay una efe que me guste esa noche: filete. Aunque con los filetes me pasa igual que con el edificio de la Sagrada Familia: siempre los encuentro poco hechos. En Cataluña, en Nochebuena hacemos un ágape tras la misa del gallo. Para mucha gente, es su única misa del año. O eso me han dicho. Yo no recuerdo exactamente mi última misa, pero sé que, en aquella época, Mario Conde era un ejemplo de honestidad.

En el centro de la mesa navideña está aquella planta con hojas rojas, que yo no me la creo, como tampoco me creería una rosa verde. Y se produce un auténtico milagro: la música no es de CD, sino de tocadiscos. Raphael sólo canta El tamborilero en vinilo, eso lo sabe todo el mundo. Es una traición, como tantas tradiciones domésticas. Mi amigo Gallardo me contó que una Nochebuena se levantó de la cama para ir al lavabo, tropezó con el árbol y se lo cargó, y desde entonces, la noche del 24 siempre anda descalzo sobre trozos de bolas y papanoeles, para no romper la tradición, se rompe los pies.

En Nochebuena se dan aquellos momentos picantes de reencuentro familiar… Digo picantes por los pelos en las verrugas de determinadas tías a las que hay que besar. Y digo picante también por las cosas para picar. Ves a los sobrinos jugando con los tacos de tortilla de patatas y los quesitos, y dices: ¿Qué hacéis, un pica-pica”. Y dicen: “No, un trivial”. Con todo, no hay nada tan picante como un cuñado después de los carajillos. Pero de eso ya hablaremos otro día.

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