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DE
NO HABER NACIDO
Por Javier Marías
El Semanal, 8 de febrero de 1998
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Estaba yo un día de las pasadas Navidades
haciendo cuatro cosas a la vez (descuiden, no
un artículo, escribir es para mí
incompatible hasta con la música) y con
la televisión puesta sin sonido, como no
es raro que la tenga. Habrán hecho la prueba,
y es un examen fatídico para los que salen
en ella; si se les priva de voz y “discurso”,
que distraen muchísimo de la imagen, uno
percibe con cruel nitidez qué político
miente –aunque ignoremos de qué está
hablando-, qué escritor suelta vacuidades
que no se cree ni él mismo, qué
bailarines son negados, qué actores o actrices
deberían ser retirados, por incompetentes.
Con estos últimos suele ocurrir que los
contemporáneos, salvo excepciones –De
Niro, Connery, Eli Wallach cuando aparece, Keitel-,
parecen por lo general inverosímiles así
vistos, estrellas arcaicas que no saben mirar,
ni andar memorablemente, que gesticulan como si
fueran en efecto del periodo mudo. En cambio,
la mayoría de los intérpretes antiguos
ofrecen veracidad con su sola presencia, y más
que actuar da la impresión de que estén
ahí, vivos, con nosotros asistiendo a sus
vicisitudes.
Aquel día navideño, y como es habitual
en esas fechas, una cadena estaba pasando ¡Qué
bello es vivir!, la célebre película
de Frank Capra. Tiene ya más de cincuenta
años, y así como a un libro que
al cabo de ese tiempo siguiera leyéndose
se le concedería en seguida el estatuto
de clásico, parece como si en el cine,
por ser un arte comparativamente joven, costase
más que los críticos se fiasen de
la sanción del tiempo; y así, pese
a gustar esa película a casi todo el mundo,
no siempre se le reconoce la categoría
de obra maestra. No tenía intención
de verla por duodécima vez, me la sé
de memoria. Sin embargo sus actores sin voz ni
diálogo –James Stewart, Lionel Barrymore,
Donna Reed, Gloria Grahame, Thomas Mitchell, el
ángel Henry Travers- captaron mi atención
de inmediato y me enganché irremediablemente.
Al poco le había restituido el sonido y
había abandonado mis demás quehaceres
(incluido el freír tortillas) para verla
hasta el fin, tal es su intensidad, su complejidad,
su poder de convencimiento.
Y me di cuenta de lo superficiales, obtusos y
repetitivos que pueden ser a veces los críticos,
pues a menudo se han regateado méritos
a esta película por ingenua, popular y
optimista. De ingenua sólo tiene un detalle
de época: la ciudad que habría sido
“de no haber nacido” James Stewart,
en su memorable paseo por lo que no ha ocurrido,
resulta mucho más estimulante –llena
de lugares de perdición y juego- que la
“verdadera” del resto del metraje.
En cuanto a su supuesto optimismo, sólo
podríamos verlo en su estricto final, y
con matices, porque el protagonista ha visto ya
lo que ha visto. La obra de Capra no sólo
es de una complejidad narrativa y temporal extraordinaria,
sino también de una escalofriante ambigüedad;
y no llega a aclarar nada sobre asuntos que toca,
tan graves como la identidad, el ser y el no ser,
lo real y lo hipotético, la memoria como
algo no individual sino compartido como condición
para su existencia, la posibilidad de no haber
nacido que tanto han deseado algunos filósofos.
Y pocas veces se ha mostrado un horror tan puro
como el que vive James Stewart –si es que
lo vive, porque si él no ha nacido, ¿Quién
ve ese mundo que él nunca ha pisado?- durante
esas horas atroces de su no haber existido. El
horror de ser negado por todos y oír una
vez y otra en boca de los seres más queridos:
“No, no eres tú, no eres nadie, note
conozco, yo no tengo marido, yo no tuve ese hijo
que tú quieres ser”. Hay en esa película
una vasta zona de espanto y tiniebla que la envuelve
de arriba abajo y ni siquiera la abandona a su
feliz término. Hay en ella también,
sorprendentemente, una de las escenas más
eróticas que recuerde, en que Stewart y
Reed juntan sus cabezas para hablar a la vez por
el mismo teléfono. Y en lo que respecta
a su “excesiva popularidad”, a su
estreno en 1946 estuvo más próxima
al fracaso que a lo contrario los espectadores,
precisamente, la encontraban demasiado pesimista
para las Navidades y salían de las salas
contrariados y turbados y pensando en sus vidas,
inquietos y desazonados por el abismo a que el
creador, sin ningún aspaviento, los había
llevado a asomarse, y aún peor, a mirarse.
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