DAVID BARREIRO | LA
TERRAZA
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Frank Van Gerjeband
llegó solo a Salamanca desde su Antwerpen natal.
Perdón, llegó sin compañía familiar, pero llevaba
consigo una maleta cargada de libros, un cuaderno
aún virgen y los papeles que certificaban su condición
de estudiante Erasmus de la facultad de filología.
Él pensaba, y el tiempo le dio la razón, que nada
más precisaba para ser feliz en aquel lugar. Era
un martes de septiembre de mil novecientos noventa
y dos y galopaba la ciudad un sol ocre que lustraba
la piedra de Villamayor dejando en el ambiente
el color del pan horneado.
Dos días después, el doctor Schëlnick, neurocirujano
del Hospital Central de Hannnover, conducía a
toda velocidad, a pesar de que aquel jueves caían
chuzos de punta sobre el asfalto de la autopista
local, en dirección contraria a su casa. La razón
era que llevaba a su hija Erika al aeropuerto
donde le esperaba -es un decir, si no llegaba
a tiempo lo perdería- el avión que le iba a llevar
a Salamanca a terminar su carrera de medicina,
tal y como había soñado desde que era muy pequeña
-muy niña, queremos decir, ya que era muy bajita
(y lo sigue siendo)-.
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Una semana después
de su llegada, Frank visitó, como las seis tardes
anteriores, la Plaza Mayor de la ciudad. Le maravillaba
el bullicio de aquel lugar y también que hubiera
sido construida por un arquitecto de nombre tan
imposible como gracioso -"churuiguieria" acertaba
a decir con su castellano de andar por casa en
zapatillas marrones de cuadros-. Aquel martes,
el segundo en la ciudad, decidió tomar una copa
de helado en una de las terrazas de la Plaza Mayor
y aprovechar para empezar uno de los libros que
se había traído en la maleta, una primera edición
original de “Desayuno en Tiffany's” de Truman
Capote, que ya se había leído en el instituto,
pero del que no recordaba ni una palabra.
En el instante en que el camarero servía la copa
de helado a Frank, es decir, cinco días después
de llegar a Salamanca, Erika Schëlnick decidió
sentarse a tomar el sol cayente de la tarde en
una terraza -la misma, claro está- y así coger
un poco de color en sus nevadas mejillas.
Decidió Erika pedir una copa de helado como la
del chico que leía absorto un libro a su lado
porque le encantaba el limón -después se llevaría
una pequeña desilusión porque aquello amarillo
era vainilla y le gustaba regular-. Cuando el
muchacho levantó un poco la vista -cuatro o cinco
pares de minutos más tarde- y descubrió la copa
copiada de Erika, sonrió, y más aún cuando la
levantó unos grados más y vio los ojos marinos
de aquella chica.
Comenzaron a hablar -en un inglés muy correcto
el de ella y algo menos el de él- y les sorprendió
la noche en plena conversación. Ambos sintieron
un calor muy especial en su cuerpo -una mezcla
de amor e insolación- y aquella misma madrugada
se dieron el primero de los 5.693.503 besos que
llevan hasta hoy. Y es que desde aquel día, cada
tarde que el sol se arrima, la ya Doctora Schëlnick
y el ya profesor de Literatura Van Gerjeband,
comparten una copa de helado en esa misma terraza
de la Plaza Mayor de Salamanca.
David Barreiro
es periodista. Escribe semanalmente la
serie Palabras
de arena
E-mail: deividbarreiro@hotmail.com
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