UN ESPECIAL DE
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HÉCTOR JIMÉNEZ | DE NOCHE

Mi amigo el Rodri se quedó tan a gusto aquel día en que se subió a uno de los bancos de La Plaza y dedicó un calvo a todo el que pasara por allí y quisiera atender su espectáculo. Genio y figura, sólo pudo haberlo hecho en ese decorado genial.

Aquel día era, claro, de noche. Más bien de entrada madrugada, ya ni siquiera estaba despierta la maravilla luminaria colectiva que alumbra puertas y ventanas al corazón que marca el ritmo de la ciudad del estudio. Del estudio y de la fiesta.

Era una noche cualquiera. Pudo haber sido otra igual. Como tantas en que la ciudad se transforma al amparo de la oscuridad, cuando la fauna humana que la puebla cambia de rostro, se maquilla, se engomina, se calza zapatos nuevos y sale a pasear sus diferencias con las especies diurnas.

Es el momento cumbre para La Plaza, la nueva vida que parte de sus entrañas de jovena estudianta y supera con sus muchedumbres al ambiente diurno.

En ningún otro sitio del mundo como en Salamanca y en su Plaza, la Grand Place (ya quisiera Bruselas), puede verse espectáculo igual. Cualquier sábado de diciembre, de marzo. Bajo cero, y pensando que es primavera, que luce el sol y hace un hambre que apetecen unos pinchos y unas cañitas. O unos vinos, qué más da. Y todo gracias a la alegría. A la natural y a la inducida, evidente.

La magia del cuadrilátero se agiganta de noche, cuando todos los gatos son pardos y las gatas van de negro porque se acaban de vestir para cazar esa noche. Ratones o lo que caiga. En su mismo centro húmedo recién regado por el abnegado empleado municipal, en los soportales y en sus arcos de entrada puedes conocer, así de repente, a tu mejor amigo y al amor de tu vida. Puedes buscarte la ruina o llamar a la puerta grande de la gloria.

En La Plaza y de noche se puede elegir dónde pecar y con quién. Si uno prefiere confesarse o no arrepentirse para nunca. Si el ánimo de esa madrugada invita a sentirse solo, triste, eufórico o acompañado de una algarabía que (sí, es cierto, son legión) canta la última de esa juerga a voz en grito y sin medida. Pero siempre de noche. Antes de que el sol, que embellece las piedras, marchite las sensaciones.

La Plaza llegará al domingo cansada de tanto pateo, esperará el mediodía y su templanza para volver a recibir a abuelos rondando en círculo, madres con carritos, alumnos aplicados y guiris con ganas de destape al calorcito de abril. Los quioscos abrirán su estructura de papel y tinta a la vida y todo seguirá igual.

Pero siempre esperando al próximo jueves y a la noche que le sigue. Ah, la noche de La Plaza.

Héctor Jiménez es periodista. Escribe semanalmente la serie País de locos

E-mail: hjimenez@sincolumna.com

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