SANTIAGO RIESCO | MI
PLAZA MAYOR
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Durante cinco años
he cruzado diariamente la Plaza Mayor para ir
a la Facultad. Los dos últimos me bajaba de la
bicicleta para que no me multasen los municipales.
Durante otros cinco he ido dejando trozos de vida
en sus muchos rincones. Cientos de citas en “Paulino”
para evitar las aglomeraciones de guiris debajo
del reloj. Un par de cafés con Juan Manuel
de Prada en el “Novelty” cuando Torrente
Ballester aún no estaba petrificado y me recibía
en su piso de la Gran Vía para hablarme del humor
y la religiosidad heredada de Chesterton.
En la puerta del Ayuntamiento, debajo de las banderas
de la fachada principal, el alcalde Lanzarote
hacía unas declaraciones aberrantes sobre cómo
acabar con el terrorismo. Eran mis primeros pinitos
periodísticos. Los aburridos plenos municipales,
las escaleras viejas de la Casa Consistorial,
unas cañas en “Las Torres”, alguna tertulia sesuda
en “Los Escudos”, pintura y vandalismo en el medallón
de Franco, la inauguración en el cuarto
centenario del perfil en arenisca de Villamayor
del gran Fray Luis.
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En la Plaza Mayor
comenzaban nuestras noches de libertad estudiantil.
Una sangría en el “Cervantes” era el banderazo
de salida para beber y vivir la nocturnidad que
siempre acababa en el mismo lugar. Como un ritual.
Tumbados boca arriba al ralente de la madrugada
sobre la loseta central del cuadrilátero dorado.
Desde allí decíamos ver las cuatro esquinas de
la Plaza envueltos en vapores etílicos.
Ferias del libro, conciertos de Celtas Cortos,
Rosa León, Héroes del Silencio y Joaquín Sabina.
Hasta una corrida de toros el año 92. Cuando Barcelona
era olímpica, Sevilla universal y Madrid capital
cultural.
En la Plaza Mayor aprendí a huir de la tuna y
su público aborregado, sufrí la guerra de los
toldos y vi cómo se colocaba la mariseca
en lo alto e la espadaña. Allí se pulsaba el sentir
de la ciudad. Manifestaciones contra el terror,
contra el nacionalismo documental, contra la pobreza,
a favor de la paz.
En la Plaza regaban los veranos las máquinas municipales
para evitar que los visitantes la confundieran
con una playa. Allí los abuelos con sombrero y
bastón hacían negocios de ganado, corrían los
niños alrededor del barquillero, compraba la prensa
y miraba el reloj.
Cada vez que visito mis recuerdos, entro por la
calle Zamora en la Plaza Mayor.
Santiago Riesco
es periodista. Escribe semanalmente la
serie Es
lo que tiene
E-mail: sriesco@sincolumna.com
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