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España, lunes 5 de julio de 2004

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El músculo del tedio
Por PEDRO CÁCERES
El Virus Mutante, 2 de julio de 2004
Es la mejor columna de la semana porque...
Surrealismo. La mejor manera de afrontar las vacaciones, lejos de los medios de comunicación.
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La noche anterior, sin darme cuenta, había visto un informativo, lo que rápidamente empezó a producirme un sarpullido en la inteligencia que pude parar a tiempo porque todavía recordaba cómo se apagaba el televisor. Intenté rascarme, pero el telediario ya había empezado a afectarme al sistema motor y todo lo que pude hacer al mover las manos fue conectar la radio. En ese descuido se me metieron dos o tres tertulias políticas en el oído izquierdo, por el que dejé de oír, mientras que en l derecho una vocecita machacona me recitaba alineaciones, fichajes y anuncios de bebida.

Saqué de la nevera dos píldoras de anti intolerancia y tres de un suplemento vitamínico para el cerebro y me fui a acostar. Antes, apagué el cuadro de mandos de la casa, porque uno no sabe si durante la noche se le puede meter un portavoz del Gobierno en el microondas y montarle un debate.

Pasé toda la noche con unas pesadillas en las que un señor repeinado me llamaba miserable por irme a dormir al sofá en vez de a la cama, mientras un coro de niños con bigote me decía que era un amigo de los terroristas; luego, un futbolista dio la rueda de prensa del Consejo de Ministros.

Por la mañana me sentí mejor. Las pastillas habían hecho su efecto y los delirios de l noche parecían olvidados. Bajé al bar a tomar algo, compré el periódico y me puse a mirar los titulares. Cuando estaba intentando descifrar el primero noté que la mano con la que sostenía el café empezaba a quedarse rígida.

-Hay una llamada de un oyente-, me dijo.

Intenté convencerla de que se moviera, pero el oyente no me dejó hablar y tuve que despedirlo bruscamente para terminarme el café. Con la otra mano quise sacar un cigarrillo, pero me dijo que rea el momento para las portadas de los diarios llegadas a la redacción y que no me podía atender. A esas alturas, el sarpullido de la noche anterior se me había empezado a extender a todo el cuerpo y necesitaba rascarme aunque fuera con los pies. Me preocupaba lo que pudiera pensar el camarero, pero con el rabillo del ojo pude ver que estaba de espaldas siguiendo un programa desayuno. Conseguí usar el codo para tirar el diario bajo la mesa y comencé a levantarme, pero en ese momento mi pierna derecha empezó a discutir con la izquierda sobre cual tenía que moverse primero y tuve que introduce una pausa publicitaria para que se pusieran de acuerdo.

Al salir por la puerta camino del hospital todavía tuve tiempo de ver en la pantalla a un tío con pinta de alcalde de Benidorm recriminándome por poner en peligro la estructura territorial del Estado. No quise saber qué hacía yo en la tertulia de la tele cuando al mismo tiempo me estaba dando un ataque en plena calle y, como pude, le expliqué a mi cuerpo que ya habíamos terminado el programa y conseguí convencerlo para que me acompañara a la consulta.
-Tiene usted irritada el músculo del tedio- me dijo el médico.
-¿Es grave? -le pregunté.
-No lo sé -bostezó- tómese unas vacaciones.