La
noche anterior, sin darme cuenta, había visto un informativo, lo que rápidamente
empezó a producirme un sarpullido en la inteligencia que pude parar a tiempo porque
todavía recordaba cómo se apagaba el televisor. Intenté rascarme, pero el telediario
ya había empezado a afectarme al sistema motor y todo lo que pude hacer al mover
las manos fue conectar la radio. En ese descuido se me metieron dos o tres tertulias
políticas en el oído izquierdo, por el que dejé de oír, mientras que en l derecho
una vocecita machacona me recitaba alineaciones, fichajes y anuncios de bebida.
Saqué de la nevera dos píldoras de anti intolerancia y tres de un suplemento
vitamínico para el cerebro y me fui a acostar. Antes, apagué el cuadro de mandos
de la casa, porque uno no sabe si durante la noche se le puede meter un portavoz
del Gobierno en el microondas y montarle un debate.
Pasé toda la noche
con unas pesadillas en las que un señor repeinado me llamaba miserable por irme
a dormir al sofá en vez de a la cama, mientras un coro de niños con bigote me
decía que era un amigo de los terroristas; luego, un futbolista dio la rueda de
prensa del Consejo de Ministros.
Por la mañana me sentí mejor. Las pastillas
habían hecho su efecto y los delirios de l noche parecían olvidados. Bajé al bar
a tomar algo, compré el periódico y me puse a mirar los titulares. Cuando estaba
intentando descifrar el primero noté que la mano con la que sostenía el café empezaba
a quedarse rígida.
-Hay una llamada de un oyente-, me dijo.
Intenté convencerla de que se moviera, pero el oyente no me dejó hablar y tuve
que despedirlo bruscamente para terminarme el café. Con la otra mano quise sacar
un cigarrillo, pero me dijo que rea el momento para las portadas de los diarios
llegadas a la redacción y que no me podía atender. A esas alturas, el sarpullido
de la noche anterior se me había empezado a extender a todo el cuerpo y necesitaba
rascarme aunque fuera con los pies. Me preocupaba lo que pudiera pensar el camarero,
pero con el rabillo del ojo pude ver que estaba de espaldas siguiendo un programa
desayuno. Conseguí usar el codo para tirar el diario bajo la mesa y comencé a
levantarme, pero en ese momento mi pierna derecha empezó a discutir con la izquierda
sobre cual tenía que moverse primero y tuve que introduce una pausa publicitaria
para que se pusieran de acuerdo.
Al salir por la puerta camino del hospital
todavía tuve tiempo de ver en la pantalla a un tío con pinta de alcalde de Benidorm
recriminándome por poner en peligro la estructura territorial del Estado. No quise
saber qué hacía yo en la tertulia de la tele cuando al mismo tiempo me estaba
dando un ataque en plena calle y, como pude, le expliqué a mi cuerpo que ya habíamos
terminado el programa y conseguí convencerlo para que me acompañara a la consulta.
-Tiene usted irritada el músculo del tedio- me dijo el médico. -¿Es
grave? -le pregunté. -No lo sé -bostezó- tómese unas vacaciones.