info@sincolumna.com
España, lunes 20 de septiembre de 2004

:: Inicio >> El columnazo >> Columna

Seis meses
Por EDUARDO JORDÁ
Huelva Información, 14 de septiembre de 2004
Es la mejor columna de la semana porque...
La comparación, aunque complicada de enlazar en el planteamiento, termina bien hilvanada y resuelta. Una forma acertada de unir dos historias, en principio, muy separadas entre sí.
Opina en el foro
EN algunos lugares de África existe la costumbre de que una persona que haya estado enferma se cambie el nombre cuando se restablezca de su enfermedad, para que así todo el mundo sepa que la persona que un día estuvo enferma ya ha dejado de existir. La persona que se ha curado ya no tiene nada que ver con la persona que una vez estuvo enferma, de modo que lo más natural es que su nombre tampoco tenga nada que ver con el nombre que antes tenía. Por supuesto que esto sólo puede ocurrir en lugares donde los nombres oficiales siguen teniendo muy poco valor, ya que la gente usa los apodos con que conoce a sus familiares y vecinos, unos apodos que se les atribuyen dependiendo de las circunstancias de la vida de cada cual. Hay gente que puede llegar a tener cuatro o cinco nombres a lo largo de su vida, aparte de su nombre oficial, que sólo figura en un pedazo de papel que a menudo no tiene ninguna utilidad. Uno puede ser, por ejemplo, "Nacido por el camino" si es un bebé que nació mientras su madre viajaba a pie hacia algún sitio, y "Siempre soy el último" cuando es un escolar remolón que llega tarde al colegio, y "Sólo sé beber" cuando es un hombre casado que se pasa la vida en una cantina, y "No volveré más" cuando es un anciano que sabe que va a morir muy pronto.

El sábado pasado me acordé de esta costumbre africana cuando vi en un canal televisivo los testimonios de los supervivientes y de los familiares de las víctimas de los atentados del 11 de marzo en Madrid. Han pasado seis meses desde aquella matanza –la peor de la historia europea–, y una sociedad normal, me dije, tendría que haber cambiado de alguna forma después de lo que pasó aquella fría mañana de marzo. Igual que los africanos que se cambian el nombre después de haberse curado de una enfermedad, nosotros deberíamos haber aprendido a valorar aquel sufrimiento indiscriminado que se abatió sobre cientos de personas que iban a su trabajo y que de pronto vieron cómo se desataba el Apocalipsis delante de sus narices. De alguna forma, esta sociedad tendría que haberse vuelto más sensible al dolor y más respetuosa con la vida.

Pero nada de eso ha ocurrido. Mientras los supervivientes y los familiares de las víctimas hablaban de su aflicción y de su lucha por salir adelante (una mujer, por ejemplo, reconocía que aún no había podido cambiar las sábanas de la cama de su hijo muerto aquel día), otra cadena de televisión emitía una película de Bruce Willis en la que se sucedían las muertes violentas como si fueran bromas muy divertidas, y nuestro Canal Sur emitía un programa argentino que sólo puede hacer reír a un idiota, y una cadena local emitía anuncios de fajas que eliminan la grasa del culo gracias a un vibrador eléctrico dotado de poderes sobrenaturales. Y esto no es lo peor de todo. La comisión parlamentaria que tenía que averiguar lo que pasó el once de marzo no ha llegado a ninguna conclusión después de un mes y medio de debates, así que seguimos ignorando quién planificó la matanza y quién dio la orden de ejecutarla. No sé si lo hacemos por indiferencia o por comodidad o por cobardía, pero seguimos llamándonos "Preferimos ser tontos" o "Nunca sabremos nada", cuando lo natural es que nos llamásemos "Ahora sí sabemos cuánto vale la vida".