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| Seis meses |
Por EDUARDO JORDÁ
Huelva Información, 14 de septiembre de 2004 | |
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Es
la mejor columna de la semana porque... | |
La comparación, aunque complicada de enlazar en el planteamiento, termina bien
hilvanada y resuelta. Una forma acertada de unir dos historias, en principio,
muy separadas entre sí. | Opina
en el foro | | | EN
algunos lugares de África existe la costumbre de que una persona que haya estado
enferma se cambie el nombre cuando se restablezca de su enfermedad, para que así
todo el mundo sepa que la persona que un día estuvo enferma ya ha dejado de existir.
La persona que se ha curado ya no tiene nada que ver con la persona que una vez
estuvo enferma, de modo que lo más natural es que su nombre tampoco tenga nada
que ver con el nombre que antes tenía. Por supuesto que esto sólo puede ocurrir
en lugares donde los nombres oficiales siguen teniendo muy poco valor, ya que
la gente usa los apodos con que conoce a sus familiares y vecinos, unos apodos
que se les atribuyen dependiendo de las circunstancias de la vida de cada cual.
Hay gente que puede llegar a tener cuatro o cinco nombres a lo largo de su vida,
aparte de su nombre oficial, que sólo figura en un pedazo de papel que a menudo
no tiene ninguna utilidad. Uno puede ser, por ejemplo, "Nacido por el camino"
si es un bebé que nació mientras su madre viajaba a pie hacia algún sitio, y "Siempre
soy el último" cuando es un escolar remolón que llega tarde al colegio, y "Sólo
sé beber" cuando es un hombre casado que se pasa la vida en una cantina, y "No
volveré más" cuando es un anciano que sabe que va a morir muy pronto.
El
sábado pasado me acordé de esta costumbre africana cuando vi en un canal televisivo
los testimonios de los supervivientes y de los familiares de las víctimas de los
atentados del 11 de marzo en Madrid. Han pasado seis meses desde aquella matanza
–la peor de la historia europea–, y una sociedad normal, me dije, tendría que
haber cambiado de alguna forma después de lo que pasó aquella fría mañana de marzo.
Igual que los africanos que se cambian el nombre después de haberse curado de
una enfermedad, nosotros deberíamos haber aprendido a valorar aquel sufrimiento
indiscriminado que se abatió sobre cientos de personas que iban a su trabajo y
que de pronto vieron cómo se desataba el Apocalipsis delante de sus narices. De
alguna forma, esta sociedad tendría que haberse vuelto más sensible al dolor y
más respetuosa con la vida.
Pero nada de eso ha ocurrido. Mientras los
supervivientes y los familiares de las víctimas hablaban de su aflicción y de
su lucha por salir adelante (una mujer, por ejemplo, reconocía que aún no había
podido cambiar las sábanas de la cama de su hijo muerto aquel día), otra cadena
de televisión emitía una película de Bruce Willis en la que se sucedían las muertes
violentas como si fueran bromas muy divertidas, y nuestro Canal Sur emitía un
programa argentino que sólo puede hacer reír a un idiota, y una cadena local emitía
anuncios de fajas que eliminan la grasa del culo gracias a un vibrador eléctrico
dotado de poderes sobrenaturales. Y esto no es lo peor de todo. La comisión parlamentaria
que tenía que averiguar lo que pasó el once de marzo no ha llegado a ninguna conclusión
después de un mes y medio de debates, así que seguimos ignorando quién planificó
la matanza y quién dio la orden de ejecutarla. No sé si lo hacemos por indiferencia
o por comodidad o por cobardía, pero seguimos llamándonos "Preferimos ser tontos"
o "Nunca sabremos nada", cuando lo natural es que nos llamásemos "Ahora sí sabemos
cuánto vale la vida". | |