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España, lunes 25 de octubre de 2004

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La telecensura
Por RAÚL DEL POZO
El Mundo , 22 de octubre de 2004
Es la mejor columna de la semana porque...
Afilada, directa, casi perfecta, la prosa de Raúl del Pozo. También esta semana.
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En agosto subió el nivel de la mugre de la telebasura y la cloaca se bifurcó en otoño; llegó la inquietud a los palacios, a las celebridades, a los adúlteros y a las busconas. En un lenguaje barriobajero, de patio de prisión, los trabajadores de la calumnia, enumeraron los cuernos, los picos, la tiza y la raya de los famosos, de los matadores y hasta se deshonraron claros linajes. La porquería alcanza todavía a la altura de los consejos de administración y a los palacios del Rey y del Gobierno, pero nadie sabe hasta dónde puede desbordarse la torrentera de mierda.

Lo malo es que con la difamación se coló una hermana tan vil que en otras épocas se llamó censura, índice u hoguera. La censura es una vieja dama que siempre se cuela entre un grupo de sabios, de periodistas sensatos, de editores responsables, para dictar lo que se puede y lo que no se puede oír, escuchar o ver, sin tener en cuenta el criterio o la libertad de elección de los ciudadanos. Unas veces viene disfrazada de Daniel Volterra para cubrir las partes púdicas de la Capilla Sixtina y siempre encuentra voluntarios para que hagan de braghettoni. Trae escondidas prohibiciones, bozales y mordazas y ya se sabe lo que le ocurrió a Groucho Marx: no bebió alcohol hasta el día que lo prohibieron.

Siempre vuelve, nunca se va, la vieja guadaña. En el Siglo de Oro el propio Cervantes se refiere a los recitantes que representan cosas en perjuicio de los reyes y el deshonor de los linajes y propone que todos los inconvenientes cesarían con que hubiese en la Corte una persona inteligente y discreta que examinase las comedias antes de que se representen. Hasta el Manco de Lepanto puede tener un día malo.

La telebasura, esa ruina, esa corrala, esa pornografía, conculca y pisotea libertades y derechos, pero es muy excitante y engancha. A mí el primero. Es divertido mirar por la cerradura la intimidad y escuchar a los descendientes de los ciegos de las coplas y de los bufones, aquellos hombres de placer que podían decir las verdades más rudas incluso ante los príncipes.

Claro que la libertad provoca desmanes y a veces es nociva como el ácido, pero no hay democracia sin libertad de sátira, de epigrama, de burla.

Los editores están asustados. Alejandro Echevarría dice que hay mucha hipocresía y demagogia ante la telebasura pero admite: «Somos partidarios de la autorregulación». Autorregulación, es decir, autocensura. Se muestra partidario de un Consejo Audiviosual, pero ha advertido de que no le gustan las imposiciones. Alertó del peligro que corre la libertad de expresión, en caso de control externo.

Tiene razón. Lo sensato no es fijar límites a la tolerancia como creían los primeros padres de la democracia. Los límites no deben estar en la censura ni en la autocensura, en los colegios de periodistas o en los comités de sabios, sino en el Código Penal.