Sigue la presencia de Ramona Maneiro en la tele. O sea, Sampedro
se sigue muriendo. No es culpa de ella. Es el medio, es la televisión, que tiene
tendencia a transformar en chicle todo lo que toca. Estira los temas con audiencia
hasta límites tremendos. El lunes estaba Ramona en el programa de debate 59 segundos
(TVE-1). Se armó el pollo. El jefe de informativos de la COPE, Ignacio Villa,
lanzó al ruedo un bárbaro razonamiento: comparó la eutanasia con los trabajos
de la selección de la especie que practicaban los nazis cuando buscaban la raza
pura y gaseaban a los judíos en los crematorios. O sea, siguiendo el silogismo,
Ramona es una nazi de primera porque ayudó a eliminar a un tetrapléjico. Como
pueden comprender, el cacao que se armó fue antológico. Estuvo acertado el periodista
Carlos Carnicero saliendo al paso de esta acusación, diciendo: "Los que
deciden qué colectivos hay que eliminar son otros. Son los que bombardean Faluya,
por ejemplo". Bien visto. La distrofia reinante es enorme. Un hombre desvalido
y con el cuerpo muerto pide que le ayuden a morir, porque él solo no puede, y
la ley prohíbe que nadie le asista en sus deseos. En cambio, la ley calla ante
los bombardeos en Irak, por ejemplo, que causan docenas, cientos, de muertos.
Muertos que han muerto porque alguien se empeñó en encontrar armas de destrucción
masiva que nunca existieron. "Es vergonzoso -exclamó Ramona, airada, al escuchar
el perverso silogismo que pretendía pintarla como nazi horrorosa-. Hipócritas.
Manipuladores. No me siento delincuente. Me siento orgullosa de haber ayudado
a Ramón". No sabría decirles si el via crucis de esta mujer por las teles -desde
el lunes 10, con Ana Rosa- está sirviendo para algo más que transformar
la muerte de Sampedro en espectacular cotilleo. Pero lo de asimilar la
eutanasia al gas Cyclon-B de los nazis, como perversión, tiene mérito.