España, lunes 31 de enero
de 2005 | ::
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| Sobre las víctimas |
| Por JOSEP RAMONEDA
El País, 30 de enero de 2005 | |
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Es
la mejor columna de la semana porque... | |
En una semana donde los gritos han proliferado en las columnas (si las negritas
hablaran), la mesura de Josep Ramoneda es de agredecer. | Opina
en el foro | | |
En principio hay tres tipos de víctimas del terrorismo: aquellas personas expuestas
por razón de su profesión de servicio al Estado, por ejemplo, los miembros de
las Fuerzas de Seguridad; aquellas personas que asumieron libremente el riesgo
de morir "por defender su propia coherencia ética, esto es, su derecho a vivir
como han elegido hasta el final" y "han integrado el morir como acto final de
su propia trayectoria y han impedido que la muerte que les han causado sea una
derrota", para decirlo con palabras de José Ramón Recalde en Fe de vida, y aquellas
personas que nunca habían pensado que les podría ocurrir una cosa así, y que tuvieron
la desgracia de estar en el tren, en una esquina o en un supermercado en el momento
en que los verdugos hicieron explotar las bombas. Víctimas escogidas por los verdugos
por su responsabilidad profesional; víctimas escogidas por los verdugos por su
responsabilidad moral y política; víctimas escogidas por los verdugos arbitrariamente
para demostrar que nadie está a salvo del terror.
Entre el millar de víctimas
de ETA hay gentes de los tres tipos descritos. La convivencia cotidiana con el
terror durante casi cuarenta años hace que sean muchos los que se sabían y se
saben expuestos y han decidido no claudicar. Las víctimas del 11-M respondían
todas al último grupo, ciudadanos anónimos que cayeron simplemente por hacer el
camino de todos los días. Son la figura del antihéroe, el que ve su vida robada
por el verdugo sin siquiera saber por qué.
Todas las víctimas merecen
el respeto y reconocimiento por parte de la sociedad. La maldad de la acción terrorista
es la misma en todos los casos. La condición de personajes públicos de algunas
de ellas, comprometidas en la defensa de las libertades y sabedoras de los riesgos
que corrían, hace que la memoria de las víctimas sea desigual. Unas tienen instituciones,
partidos, organizaciones, medios de comunicación que les recuerdan; otras necesitan
la atención del Estado, tanto para salvar la memoria y el reconocimiento como
para conseguir la asistencia necesaria.
Las asociaciones de víctimas del
terrorismo agrupan a los supervivientes y a los familiares de las víctimas. Del
mismo modo que la condición de víctima no es ninguna elección, las víctimas tienen
todo el derecho a no ser utilizadas políticamente si ellas no quieren. Estos días
ha vuelto el fantasma de la manipulación de las víctimas. En una escena pública
tan coloreada de tensiones partidistas, en la que el rival todavía es visto como
enemigo más que como adversario, cualquier acontecimiento que irrumpa en ella
es inmediatamente pintado en azul o en rojo. Las víctimas del terrorismo no han
podido escapar a esta lógica.
El Gobierno del PP dio a las víctimas un
reconocimiento que quizá no habían tenido antes. Pero quiso quedarse con el monopolio
de la compasión. Y se produjeron crisis profundas, como la que en 2002 separó
a los catalanes de la AVT. Lo que hay que evitar es la confusión. Confusión son
los intentos de manipulación partidaria, como por ejemplo cuando el PP convierte
una manifestación de víctimas en un acto partidista contra el Gobierno. Confusión
es que una organización se presente como unitaria y actúe de modo partidario.
Confusión es que se nombre al comisionado para la atención de las víctimas del
terrorismo sin pactarlo con las demás fuerzas políticas. Y confusión es que un
ministro se meta de modo calculadamente imprevisto en una manifestación de víctimas
buscando un reconocimiento que no encontró.
Si la Asociación de Víctimas
del Terrorismo se siente próxima al PP, sus dirigentes sólo tiene que decirlo
y que cada miembro obre en consecuencia. Y si quiere ser realmente unitaria, debe
saber jerarquizar las urgencias: pedir la dimisión de Peces-Barba, independientemente
de los errores que éste haya cometido, no parece que sea la prioridad en las necesidades
de las víctimas del terrorismo.
Reconocer las víctimas es también dejar
que se organicen libremente y sin tutelas. Porque tan criticable es su manipulación
política por el Partido Popular como que el comisionado les exija que "se alejen
de fines partidistas". ¿Va a ser ésta una condición para atender sus demandas?
En una sociedad plural, lo lógico es que las víctimas se organicen también pluralmente.
Sin que ello deba menguar el respeto por todas y cada una de ellas. Es la única
vía de transparencia. Que las víctimas se expresen como crean conveniente y que
los Gobiernos sepan escuchar y atender. | |