España, lunes 28 de febrero
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| Gigantes de Madrid |
| Por CLARA SÁNCHEZ
El País, 20 de febrero de 2005 | |
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Es
la mejor columna de la semana porque... | |
Es una gran fotografía. | Opina
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El sábado 12 ardía en Madrid una de mis musas favoritas, el edificio Windsor.
Ardió mucho y durante bastante tiempo, porque las musas, cuando nos dicen adiós,
han de ir consumiéndose poco a poco entre el resplandor de miles de miradas y
de sueños. Las musas inspiran, hacen pensar, nos hacen encontrar sentido a miles
de cosas que sin ellas no tendrían ninguno. Por eso la lenta muerte del Windsor
no sólo ha dado para cientos de páginas en los periódicos con todo tipo de reflexiones
y de imágenes sugerentes, sino que por sus mismas ventanas fueron despedidos miles
de folios, que algunos se apresuraron a recoger al vuelo, como souvenir, del mismo
modo que se atrapan las ideas y las intuiciones.
De pronto, a la calle
saltaron posibles historias, vidas, personajes, argumentos, aunque fuesen arrancados
de los expedientes desperdigados del bufete Garrigues. Y ante nuestros ojos, los
folios estuvieron revoloteando con las cenizas y las chispas en una neblina de
humo espeso, que es lo más parecido que he visto al hecho de escribir. Para mirarlo
por el lado positivo, casi nos lo podríamos tomar como un homenaje a un oficio,
dedicación, actividad o lo que sea esto de escribir, vapuleado y envidiado a partes
iguales. Algunos incluso pretenden convertir la literatura en un club privado
con matones a la puerta que restrinjan la entrada. Algo que no puedo secundar
de ninguna manera porque se empieza por no dejar entrar a los que llevan calcetines
blancos y se acaba pegándole una paliza al que no sea de la pandilla. Y es que
algunas cabezas están pidiendo a gritos que un bombero les enchufe con la manguera.
Tampoco estaría mal que otro de estos héroes con casco y hacha en mano nos pasara
de vez en cuando entre las neuronas derribando una manía por aquí, una obsesión
por allá, un ataque de mala leche, un odio enquistado, en fin, haciendo sitio
para, por ejemplo, enamorarnos, ahora que viene la primavera.
Y ya que
me ha salido la palabra primavera, diré que para mí el lugar más romántico de
Madrid no es el Retiro ni la Rosaleda, sino precisamente lo que estos días en
la prensa se ha llamado la zona financiera, el entorno del Windsor. No lo puedo
remediar, me gusta su ambiente al mediodía cuando todo el mundo baja de las oficinas
para comer en los restaurantes cercanos con aire de personajes de películas tipo
L'amour l'après-midi, Enamorarse o Breve encuentro. Historias de ciudad, historias
de gente que trabaja y vive. Es agradable ir paseando bajo el sol desde Nuevos
Ministerios hasta internarse entre las torres de Azca con la posibilidad de sentirse,
si no se es muy minucioso con los detalles, en cualquier ciudad del mundo. Es
una manera de viajar sin salir de casa. Ahora bien, si alguien quiere disfrutar
de la soledad en estado puro, que no se marche al desierto, que se acerque a este
mismo sitio un domingo por la tarde preferiblemente gris y ventoso. Vagará entre
gigantes abandonados y solitarios, en los que parece que hemos dejado la tristeza
de que somos capaces.
Pero salgamos de la ficción porque desde la realidad
las cosas se ven de otra manera. Si no, que se lo digan a la aseguradora del edificio,
a los comercios de los alrededores y a los ciudadanos en general. Ah, y a los
empleados de las oficinas, que tras esta experiencia procurarán no guardar la
escritura de la casa en el despacho. Yo misma en la vida real jamás viviría y,
de poder evitarlo, tampoco trabajaría en esas alturas. Solamente una vez me arriesgué
a alojarme en el piso cincuenta de un hotel en Atlanta y no podía acercarme a
la ventana porque me mareaba. Para colmo, tuve que arrastrar la maleta escaleras
abajo hasta el vestíbulo por un corte de energía que duró ocho horas. Y, sin embargo,
soy de esa gente a quien le resultan exóticos los aeropuertos, centros comerciales,
hospitales, polideportivos, polígonos industriales, edificios de oficinas, urbanizaciones
a las afueras, hoteles y ascensores. En estos sitios suelo imaginarme bastante
bien a la gente que conozco y a mí misma, mejor que paseando por Venecia en góndola.
El Windsor fue uno de los primeros rascacielos, cuya fachada parecía los
cristales ahumados de unas gafas de sol, que veía en la calle y no en la pantalla
de un cine. Y cuando muchos años más tarde escribía sobre la Torre de Cristal
de mi novela Un millón de luces, su imagen borrosa venía una y otra vez en mi
auxilio insinuándome un puñado de historias que podrían estar sucediendo en sus
despachos. Pero lo que es la vida, mientras yo le daba a la novela un final lo
más real posible, no podía imaginarme que el final del Windsor fuese a ser tan
novelesco. | |