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España, lunes 7 de marzo de 2005

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Los dos espectros

Por JAIME CAMPMANY
ABC, 4 de marzo de 2005

Es la mejor columna de la semana porque...
Humor, ironía... y además está muy bien escrita.
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No me encuentro en condiciones de asegurar que las dos figuras fantasmales que aparecen en una de las ventanas del edificio Windsor en pleno incendio pertenezcan a Jesús Caldera y a Pepiño Blanco.

Bien es verdad que son varios los datos que conducen a esa hipótesis. La diferencia de altura entre las dos siluetas de ambos espectros trasladada a una dimensión real de los cuerpos arroja exactamente la diferencia de altura de los dos personajes zapateriles, zapateristas o zapatereños. Además, la más baja aparece claramente algo más tripuda y rechoncha que la otra. Clara coincidencia.

Tercer dato. Por su apellido, Jesús Caldera es un sujeto habituado a tratar con fuego y a resistir altas temperaturas, y si, como apunta Lope de Vega y repite el inalcanzable Paco Umbral («en una de fregar cayó caldera»), fuese caldera de fregar, el trato con el fuego sería diario, incluso varias veces diario, que aquí todos los días hay fregados, barridos y lavados, y de ahí que Pepiño exhiba siempre su Blanco.

La identificación que hago de los dos fantasmas no es una afirmación segura, pero lo que ya parece claro es que las dos siluetas no tienen naturaleza de espectros, fantasmas, ectoplasmas, espíritus, reflejos o ilusiones ópticas. Se trata sin duda de dos seres aproximadamente humanos, con apariencia probable de maromos más que de jais, o sea, de ciudadanos más que de ciudadanas.

Lo ha dicho la Policía, Policía Científica nada menos. Las sombras en la ventana del Windsor son de carne y hueso, y ahora lo único que falta es que les pongan nombre, apellido, sexo, profesión y domicilio y que el juez les pregunte qué hacían allí a aquellas horas con todo lo que estaba ardiendo, si atizar el fuego, rescatar documentos secretos o importantes o salvar unos fajos de billetes de la quema. Es decir, que los documentos pueden ser igualmente del Ministerio de Defensa que del Banco Central Europeo.

También es posible que los dos visitantes que aparecieron en la ventana entraran al edificio ardiendo para adorar a Prometeo, aquel griego que robó el fuego, quizá por entretenerse, y hay que ver la que organizó en el Universo; en el Universo y en Madrid, que todavía sufre las consecuencias del incendio del Windsor.

Por otra parte hay que tener en cuenta que los españoles somos desde antiguo muy amigos de jugar con fuego. En sus guerras, los iberos lanzaban contra los ejércitos enemigos manadas de toros con estopa encendida entre las astas. La Santa Inquisición quemaba vivos a los herejes.

Las fallas valencianas son una exaltación del fuego. Por San Juan hay que encender hogueras. Con razón Falla compuso «La danza del fuego». Y nuestros izquierdistas de los años 30 empezaron la conquista del poder quemando los conventos, las iglesias y las imágenes. Hay que reconocer que estos izquierdistas de ahora han perdido personalidad: sólo quieren quemar las clases de Religión y el sentido tradicional del matrimonio.

Lo que vaya a salir de los rescoldos del edificio Windsor nos tiene a todos intrigados. De una lengua de fuego lo mismo puede salir el puchero que la ceniza, Luzbel o el Espíritu Santo.