España, lunes 14 de marzo
de 2005 | ::
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| De lo contrario, Auster
sería yo | | Por ENRIQUE
VILA MATAS Letras libres, marzo 2005 |
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Es
la mejor columna de la semana porque... | |
Es una pena que Vila Matas no se deje caer más por los periódicos y tengamos que
conformarnos con columnas esporádicas. La de este mes en Letras Libres es un gustazo.
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en el foro | | | Si
me encuentro con una entrevista con Paul Auster, la leo inmediatamente.
Es un autor que siempre me aporta ideas. Pero eso sí, nunca puedo terminar esas
entrevistas que le hacen, porque me entran tales ganas de ponerme a escribir que
debo dejar la lectura. En la que acabo de dejar de leer para ponerme a escribir
estas líneas, le preguntan por los muchos autores que han influido en su trabajo
y le citan a Cervantes, Dickens, Kafka, Beckett y
Montaigne. Son precisamente los autores que forman el eje central de la
novela que ando yo en estos días terminando. "Los llevo a todos conmigo", dice
Auster, "llevo a docenas de escritores conmigo, pero no creo que mi trabajo se
parezca a ninguna de sus obras. No estoy escribiendo sus libros, sino los míos".
Yo estoy seguro de que podría decir exactamente lo mismo. "Los llevo a
todos conmigo" es una frase que viene a corroborar esa sensación que tiene Auster
—que tengo yo también, con perdón— de que cuanta más experiencia de la soledad
tiene uno, más paradójicamente vive la sensación de que esa experiencia no es
precisamente de ostracismo o de aislamiento, sino de apertura hacia los demás.
"Es sorprendente que no podamos comenzar a comprender nuestra relación con los
demás hasta que estamos solos. Y cuanto más solo está uno, cuanto más se hunde
en la soledad, más profundamente siente esa relación", dice Auster.
Los
otros (incluidos los otros escritores, y de entre éstos sólo los que nos gustan,
los que llevamos con nosotros) actúan de un modo extraño que hace que nos resulte
imposible aislarnos de ellos. Por lejos que uno se encuentre en un sentido físico
(aunque esté en una isla desierta o encerrado en una celda solitaria), descubre
que está habitado por otros. Qué lejos esta sensación o esta idea de aquello que
le sucedía al siniestro Unamuno, pensador de primer orden pero egotista ridículo,
que llegó a sospechar que los otros no existían, que eran sólo una invención suya
para evitar la angustia que le provocaría descubrir que estaba solo en el mundo.
A veces, estoy hablando con los amigos y me acuerdo de la idea siniestra de Unamuno
y juego a verlos como una invención mía. No logro nunca que digan lo que yo quisiera
que dijeran, pero sí es cierto que a veces, vistos desde esta forma unamuniana,
me parecen formar parte de algún extraño juego teatral y conspirativo, como de
trama de película de Mamet.
No hay mayor sentido del desprecio hacia
el otro que pensar que lo hemos imaginado. Unamuno miraba hacia lo más profundo
de su ser y se encontraba sólo a sí mismo y solo, además, en el mundo. Auster,
por lo contrario, hace lo mismo, mira hacia lo más profundo de su ser, y lo que
ahí encuentra es algo más que a sí mismo, encuentra el mundo. ¿Leer a Auster es
encontrar mi mundo? Todo lo contrario, es encontrar al otro. Y aprender a llevarlo
conmigo cuando me encuentro sentado ante mi ordenador, como ahora mismo en esta
mañana invernal. Pero en el fondo es todo un gesto de disidencia hacia Auster
el que me haya sentado ante el ordenador y no ante la máquina de escribir. Porque
lo que realmente esta mañana me ha empujado a hablar de Auster han sido unas palabras
suyas acerca de su necesidad de no abandonar su máquina de escribir: "La tengo
desde 1974, ahora ya más de la mitad de mi vida. Nunca se ha estropeado. Todo
lo que tengo que hacer es cambiar las cintas de vez en cuando, pero vivo con el
temor de que llegue un día en el que no haya más cintas a la venta, y entonces
tendré que usar el ordenador y entrar en el siglo XXI."
Esta confesión
de amor hacia su máquina me ha llenado de vergüenza, porque me ha recordado la
frivolidad (no tuve paciencia para buscar más) con la que me pasé al ordenador
hace tres años, cuando di dos vueltas enteras a Barcelona en busca de cintas para
mi máquina de escribir y, al no encontrarlas, me di por rendido. No hallé las
cintas ni siquiera en una pequeña tienda cercana a la plaza de Urquinaona que
resistía al empuje de los avances técnicos de nuestra época y seguía vendiendo
cintas y máquinas de escribir: una tienda que yo visitaba con la impresión de
que todo aquello era un milagro y sus dueños (lo había deducido por su manera
fanática de hablarme de las máquinas Olympia) unos fervorosos defensores del antiguo
tecleo eléctrico.
Ignacio Martínez de Pisón, a quien le conté la
historia de los dueños de ese comercio (un extraño matrimonio que luchaba contra
la modernidad), llegó a escribir un cuento en el que se inventaba que, delante
de los vendedores fanáticos de las máquinas Olympia, alguien montaba una tienda
de ordenadores, que constituía la ruina de la pequeña tienda resistente. Parecía
que iba a ser un cuento profético, pero el matrimonio fanático, temeroso de que
ocurriera realmente lo que relataba Martínez de Pisón (debieron leer su cuento),
se pasó de la noche a la mañana a los ordenadores y me obligó a hacerlo a mí también,
pues nunca he dudado de que esa tienda de máquinas de escribir fue la última de
la ciudad.
Más suerte tuvo Paul Auster, que puede seguir fiel a su Olympia,
pero eso se debe seguramente a que vive en Nueva York. Que seamos él y yo distintos
en esto (y en tantas otras cosas que ahora se me ocurren) me produce un gran alivio,
porque me permite seguir estando solo, aunque llevando a todos mis escritores
preferidos conmigo y escribiendo no sus libros, sino los míos. De lo contrario,
Auster sería yo. Y eso yo no lo podría permitir. Y menos aún los otros. |
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