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España, lunes 11 de abril de 2005

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Los primeros artículos

Por JUAN MANUEL DE PRADA
El Semanal, 3 de abril de 2005

Es la mejor columna de la semana por...
cuanto tiene de experiencia y relación con el mundo del columnismo.
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Recuerdo que, hace apenas diez años, cuando empecé a colaborar en prensa, enviaba mis colaboraciones por correo. El paseo hasta el buzón tenía un ingrediente como de azarosa inquietud, porque siempre existía la posibilidad de que el artículo no llegase a su destino, o de que si llegaba se perdiera entre la avalancha de cartas misceláneas que apedrean la redacción de un periódico. Aquel sistema de envío tan rudimentario incorporaba a mi vida ribetes de sobresalto que luego se han extinguido. Así, entre los momentos más emocionantes del día figuraba aquel en que compraba la prensa en el quiosco de la esquina (no tenían cliente más madrugador e insistente); acuciado por el temblor, hojeaba las páginas de apretada tipografía del periódico, en busca de mi firma: si no la hallaba, me volvía a casa con el alma en los zancajos (y el quiosquero me despedía con un ademán compungido); si, por el contrario, el artículo aparecía, aunque fuese en el lugar más rezagado del periódico, empezaba a pegar brincos en mitad de la calle y a enarbolar el periódico como si fuese un trofeo o un estandarte de mi orgullo (y entonces el quiosquero me miraba con aprensión y regocijo, como miramos a los lunáticos). Sin dejar de pegar brincos, regresaba a casa y me repantigaba en el sofá, donde me tiraba hasta tres y cuatro horas, contemplando con arrobo e infinita delectación la página que propagaba a los cuatro vientos mi nombre insignificante, convertido, gracias a la imprenta, en un nombre celebérrimo con el que se estarían desayunando cientos de miles de personas anónimas, admiradas de mis osadías verbales y del súbito esplendor de mis metáforas. Una vez digerido el éxito, volvía a la calle, con el periódico doblado debajo del brazo, y me paseaba (me pavoneaba) por las plazas más concurridas, mirando a los transeúntes con algo de jactancia y algo de enconada fiereza, como exigiéndoles que me expresaran un juicio –que, naturalmente, habría de ser ditirámbico– sobre mi artículo. Para mi estupor, jamás ningún viandante me comentó ninguno de mis artículos; en cambio, con cierta frecuencia alguno se cambiaba de acera a mi paso. Imagino que, al reparar en mi mirada retadora e inquisitiva, me tomarían por un camorrista o un simple venado.

Esta indiferencia ambiental no bastaba para empañar mi júbilo, sin embargo. La achacaba al espesor característico de las ciudades provincianas; y me consolaba pensando que, a esas mismas horas, en los foros más campanudos de la capital, mi artículo ya se habría convertido en comidilla y escándalo. Para captar la temperatura de la conmoción, llamaba al periódico y solicitaba que me comunicaran con el jefe de colaboraciones, un hombre de voz jocunda y atronadora llamado Santiago Castelo, quien, sin apenas conocerme, me había brindado su amistad, hospitalaria como una placenta con calefacción central. Castelo, poeta superlativo y apacentador de aprendices de escritor, disipaba mis temores, asegurándome que, en efecto, el artículo de marras (que, a buen seguro, los lectores del periódico ni siquiera habrían leído, disuadidos por el nombre más bien ignoto de su autor) había sido comentadísimo y que en la centralita no dejaban de recibir llamadas, interesándose por la identidad de su autor. Pronto descubriría que Castelo era (amén de un coñón impenitente) una cornucopia de generosidad y uno de esos rarísimos especímenes de escritor que disfrutan con la dicha ajena, pero en mi candor de articulista primerizo creía que en sus palabras encomiásticas no interfería la hipérbole. Antes de despedirnos, me conminaba a escribir otro artículo, que yo por supuesto pergeñaba esa misma tarde, aprovechando el subidón de adrenalina que me había provocado su estímulo.

Por la noche, antes de acostarme, volvía a hojear el periódico, hasta dar –así como por casualidad– con mi artículo, cuya tinta ya había empezado a borrarse de tanto manoseo. Entonces descendía sobre mí ese sueño reparador y voluptuoso que nos visita tras las explosiones de alegría. Aún tardaría algunos años en conseguir que mis artículos se hiciesen un hueco fijo en el periódico; pero aquella trepidación que cada mañana sentía al bajar al quiosco la recuerdo ahora como uno de los placeres más exultantes y fértiles de mi vida, uno de esos estados de excepción en los que uno siente que el mundo se inaugura cada mañana, dispuesto a albergar el milagro, dispuesto también a albergar mi bendita zozobra, mi bendito gozo, mi bendita arrogancia, mi bendito entusiasmo. El calendario tenía por entonces todas las fechas señaladas en rojo.