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España, lunes 18 de abril de 2005

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Pasajero en tránsito

Por JOAN BARRIL
El Periódico, domingo 17 de abril de 2005

Es la mejor columna de la semana porque...
Ya tocaba un pequeño homenaje a los grandes cuentos con forma de columna (o viceversa) que Barril publica cada domingo en El Periódico.
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Un aeropuerto para un pasajero en tránsito es un purgatorio del espíritu. El punto de partida ya ha quedado lejos y aún no se sabe nada del lugar de llegada. Eso es lo que le sucedía a Max Soler, recién desembarcado en el aeropuerto de Miami y con cinco horas por delante antes de que otro avión le llevara a México DF, donde debía asistir a un congreso internacional de buenas intenciones. Max Soler sentía nostalgia del futuro. No sabía lo que haría en los próximos meses y sentía un extraño dolor en el alma, aquello que los románticos afectados llaman el spleen. Llevaba una bolsa con un libro equivocado. A veces los libros se equivocan de lector y aquél era el caso.

Durante las largas horas trasatlánticas Max Soler lo había abierto al menos 10 veces y en ninguna había logrado que despertara su curiosidad. Ahí afuera, en la calle, un constante ir y venir de maletas, de hombres con guayabera y de mujeres con gafas de sol. Y, naturalmente, el sol. Ese astro que hace milagros en las naranjas del estado de Florida. Max no se lo pensó más. Miró su reloj. Tenía mucho tiempo por delante. Se subió al primer taxi de la cola.

El taxista le habló en esa mezcla de inglés y cubano que tanto se lleva en aquella parte del mundo. Max Soler se pasó directamente al español. "Mire, señor. Dispongo de unas cuatro horas. Lléveme a donde le apetezca y enséñeme Miami". El hombre pareció feliz de un encargo así. A toda velocidad, enfiló una autopista flanqueada por palmeras, puso música caribeña y empezó su personal gira turística: "Eso de ahí es es un parque con la fauna de Florida. Por aquella carretera se va a Cabo Cañaveral, ya sabe, lo de la NASA. Aquella casa que se ve a lo lejos es la del gobernador de acá, un hombre poderoso, el hermano del presidente, ¿sabe?" Max Soler miraba el paisaje casi con resignación. Todas las autopistas del mundo forman una misma patria longitudinal y todas se parecen. Tal vez hubiera sido mejor quedarse en el aeropuerto y dormitar en alguna butaca de la terminal como un aligator de las marismas de Everglades.

El taxista, advirtiendo el desinterés de Max, dejó de contar cosas exteriores y se refugió en interrogatorios interiores. "¿A qué se dedica? ¿De dónde viene? De España, sí. Pero ¿de dónde?". Max dijo que de Barcelona y el taxista, a 70 millas por hora, giró la cabeza y un rastro de felicidad le alumbró el rostro moreno. "¡Un catalán! ¡Qué casualidad! ¡Mi mujer también es catalana! ¡De Reus! ¡Qué contenta se va a poner mi negra!". Y sin dudarlo sacó su móvil, marcó un número y se puso a gritar: "¡Misericordia! Que llevo en el coche a un catalán. ¡Te lo paso para que habléis!". Y dirigiéndose a Max le decía: "Háblele, le hará bien". Y Max Soler se encontró de pronto hablando por hablar con una mujer desconocida. Sólo para darle el placer de unas sílabas, de unos acentos, de unas palabras olvidadas en el desván de la infancia.

El taxista, mientras tanto, mascullaba para sí: "¡Qué contenta que va a estar mi negra!". Mientras, Max Soler contaba cómo estaban las cosas, qué hacía el Barça y que si ahora Misericordia regresara a su país después de 30 años no lo conocería. El paisaje se había difuminado en las ventanillas. No tenían nada que decirse, pero tenían el cómo decirlo. Tras un largo rato de silencio, la voz del teléfono le pidió permiso para pedirle algo. Misericordia, desde algún barrio humilde de la pequeña Cuba de Miami, le pedía si podía cantar con él las Paraules d'amor de Serrat. En aquel momento el taxi se había detenido ante un semáforo y Max Soler empezó a canturrerar: "No en sabiem més, teniem quinze anys...". Al otro lado del teléfono la voz emocionada de una mujer más que madura le seguía. El taxista detuvo el coche y aguardó en respetuoso silencio: "Mi negra está cantando. Hoy es un día feliz". Al acabar nadie aplaudió.

Max había propuesto un viaje superficial por Miami y se había encontrado en un viaje hacia el fondo de sí mismo. Se dieron las gracias y el taxista miró el reloj. "Señor, no vaya a perder el avión". Max Soler colgó el teléfono y se abrochó el cinturón de seguridad. De nuevo las prisas. "Gracias, señor, por cantar con ella. A veces una lengua es un mundo. Y decirla en voz alta es una manera de viajar". Volvió a sonar la música caribeña y el taxista le mostraba una casa enorme a la derecha: "¿Ve? Ésta es la casa de Julio Iglesias. Pero no es lo mismo, ¿verdad?". Efectivamente, pensó Max, no es lo mismo.